La música resonaba en mis oídos a la vez que no podía dejar de bailarla, sin siquiera saber lo que estaban poniendo. Era como un acto reflejo, bailar, moverse, al ritmo de la música o no, el caso era no parar quieta. Kate estaba a mi lado, mientras hablábamos repetidamente con diferentes personas sin seguir una conversación en regla. Hablar, bailar, beber. Todo sin pensar, sin ser consciente de nuestros actos. No tenía intención de pensar en esos momentos, cada noche era igual, cambiando los lugares que pisaba, la gente con quién iba, no podía dejar ni un instante que mi cabeza pudiera pensar en la realidad. Tenía que huir como fuese. Sabía perfectamente que no era esa la solución ante los problemas, pero hacía tanto tiempo que seguía esa rutina que ni recordaba lo que era la vida real. Esa era mi realidad ahora.
Los minutos pasaban, sin darme cuenta de que hora era, no me importaba. Un cubata detrás de otro, sacaba mi billetera sin contar lo que llevaba encima, eso tampoco me importaba.
- Oye Chris. – chilló Kate acercándose a mí para que pudiera escucharla con el ruido de la música.
- Dime.
- Esa chica no para de mirarte, deberías decirle algo.
Miré la chica que Kate me señalaba. Tenía el pelo largo, color negro, y bailaba cómo una diosa. Me dio la sensación de haber tenido un flechazo, pero al estar acostumbrada a que siempre me pasara eso no le puse extremada atención. Tenía por costumbre cada chica que mee atrajera, me imaginaba un futuro perfecto a su lado, y por la razón que fuese siempre salía algo mal, por lo que la experiencia me demostró que tenía que ser paciente y dejar que el tiempo y los hechos dieran a luz esos sentimientos. En mi interior sentía que tenía que acercarme pero por otra banda no quería mostrarme como la típica chica enamoradiza que quiere juntarse con alguien y pasar toda la vida con esa persona, aunque fuera eso lo que en el fondo deseaba.
- No está mal. – le contesté a Kate de inmediato, como si los pensamientos que tuve en ese momento no me hubieran pasado jamás por la cabeza. – pero no sé yo si tendría que decirle algo.
- Acércate cielo, tal vez sea tu oportunidad para conocer el amor de tu vida. – me contestó ella con una sonrisa.
- No sé, sabes que no creo en el amor.
Después de las palabras de Kate no podía alejar la mirada de esa chica. Ella no paraba de mirarme, y el efecto del alcohol y las pastillas me dejaban en un mundo irreal. No sabía lo que era verdad y lo que no, tan sólo dejaba que el cuerpo siguiera al ritmo de la música. Cada vez se acercaba más a mí, y un sentimiento de timidez, miedo, y a la vez deseo rondaba por mis pensamientos. No sabía cómo actuar, decirle algo, o dejar pasar esa oportunidad para hablar con esa misteriosa chica.
El tiempo seguía pasando, mi cabeza estaba repleta de pensamientos y sentimientos que no quería aceptar, esos eran los momentos que más odiaba de mí misma. Confusión, miedo, desgana, hiperactividad, todo se juntaba en mi cabeza, sentía que en cualquier momento iba a caerme al suelo pero no podía dejar que eso sucediese. Tenía que estar bien, tenía que aguantar, tenía que seguir con mi vida. La vida que había creado durante todo este tiempo. Kate seguía a mi lado, su rostro confuso se posaba en mis ojos, no era capaz de adivinar lo que estaba pensando en ese momento. ¿Quieres hablarle? ¿Quieres que me vaya? ¿Quieres seguir bebiendo? Era algo normal esa sensación dentro de mí, pero había veces que no sabía cómo llevarla.
- ¿Estás bien? – la chica misteriosa se acercó a mí con cara de preocupación y a la vez deseo.
- Si, tranquila. – contesté sin pensármelo dos veces.
- Me llamo Elizabeth, ¿y tú?
- Yo Christine. Pero prefiero Chris. – contesté al instante. Elizabeth, era un nombre bastante común, por lo que podría recordarlo con facilidad. No se me daba bien recordar nombres, era algo que siempre me sucedía, no por el hecho de estar siempre con alcohol o drogas en mi sangre, sino porqué no era algo que me importara mucho.
- A mi puedes llamarme Eli. – dijo ella con una sonrisa en su cara.
Le sonreí, sin saber muy bien que decir, normalmente cuando veía a una chica en algún sitio que me atrajera me lanzaba sin pensármelo dos veces, pero ese día no me apetecía para nada. Ni siquiera tenía ganas de estar ahí en ese momento. Kate seguía mirándome con esa cara extraña, esa cara con la que me miraba cada vez que no me comportaba cómo lo hacía normalmente.
- Creo que voy a irme. – dije acercándome a Kate.
- ¿Se puede saber qué te pasa hoy? – me contestó con tono de preocupación y a la vez ofendida.
- No lo sé, no tengo ganas de estar aquí, me voy.
Le di dos besos a Kate y me despedí con la mano a la desconocida Eli, y sin mirar atrás, salí con dificultad de ese lugar repleto de gente. No sabía por qué de repente se me habían pasado las ganas de todo, porqué la felicidad mezclada de hiperactividad se había convertido en ira en ese instante. Había momentos en los que no era capaz de controlar mis impulsos, ni siquiera quería pensar el por qué de esa reacción. Simplemente me fui.
- Te quiero. – me dijo con una dulce voz.
- No es cierto. – contesté tímidamente.
- Sabes que sí. Te lo noto en la mirada.
- Si bueno, supongo que me conoces demasiado bien.
Abrazándola cariñosamente mientras le acariciaba el pelo deseaba que el tiempo se detuviera en ese instante. Todo era perfecto, una noche de verano, el cielo despejado, a kilómetros de la ciudad, no había ni un solo edificio que taparan las estrellas. Una multitud de estrellas que parecía estar observando cada uno de mis movimientos, mientras la luna casi llena me hacía ver las perfecciones de la cara de mi pareja. Algunos reflejos, sombras, algo imposible de describir con palabras. Tan sólo sabía que quería permanecer ahí para siempre.
- Te quiero. – le susurré después de besarla.
- No es cierto.
- No me imites.
El ruido de los coches y motos pasando por debajo de mi ventana me hicieron despertar. La cabeza me daba vueltas, no recordaba cómo había llegado a casa y en qué momento me quedé dormida. Miré el móvil. Tenía llamadas perdidas de Kate. Aún eran las 12 de la mañana, esa hora para ella no existía, tampoco para mí, pero decidí levantarme. No tenía ganas de cambiarme, la ropa me apestaba a tabaco y alcohol, aún así me puse las deportivas y salí de mi casa. No tenía planeado dónde ir, la luz del mediodía me cegaba, no estaba a gusto en esas horas del día, era una persona nocturna. Así que decidí ir a casa de unos amigos okupas dónde ahí podría colocarme y olvidarme de dónde estaba. Me puse los auriculares del mp4 y fui lo más rápido posible intentando no pensar, intentando alejar todos esos pensamientos que rondaban por mi mente haciéndoles caso omiso. Me di cuenta de que algunas personas giraban la cabeza y se me quedaban mirando perplejamente y yo agachaba levemente la cabeza para evitar sentirme observada.
- ¡Hola Chris! – me saludó Tony al entrar. – Hacía tiempo que no te veíamos por aquí.
- Lo sé, ni siquiera sé a qué día estamos. – contesté con una sonrisa. - ¿Dónde están los demás?
- Han ido a coger más munición para sobrevivir, ya sabes.
- Entiendo. ¿Te queda algo?
- Claro, ¿qué quieres? – me dijo levantándose penosamente del suelo.
- Lo que sea menos alcohol, ayer no sé que me pasó que me volví irritable y no me gusta eso, no disfruto.
- Normal, el alcohol es una mierda cuando algunos pensamientos te rondan por la cabeza. – asintió mientras buscaba algo en un armario destrozado. – No se lo digas a los demás, sobre todo a John, está cabreado contigo porqué la última vez te fuiste sin decir nada y sin dar nada a cambio.
- Lo sé, por eso os traigo esto. – contesté buscando en mis bolsillos. Saqué mi billetera y le extendí un billete de 100 €.
- ¿Te han vuelto a dar dinero? – dijo exaltado cogiéndolos sin pensárselo dos veces.
- Si, en verdad no me gusta tener que aprovecharme así, pero en fin.
- No te quejes, al menos si alguna vez te quedas sin dinero sabes que vas a tener.
Tony sacó la aguja de heroína de uno de los cajones de ese armario, la miró, la limpió con su camiseta y me la dio. No era una de las drogas que solía meterme, no me gustaba inyectarme nada, pero ahora mismo lo único que tenía en mente era olvidarme de esos sentimientos repulsivos que estaba intentando evitar des de el día anterior. Me senté, cogí un cigarro que Tony me dio y me quedé quieta. Mirando hacia la nada.
- Creo que debería adelgazar. – dije mientras me miraba en un espejo.
- Que dices estúpida, ya estás bien como estás. – contestó enfadada mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y me daba un beso en la mejilla. – No digas tonterías.
- Pero, mírame. Tú estás mucho más delgada que yo, y todo el mundo te adora, en cambio… Parece como si sólo te tuviese a ti.
- Eres imbécil. La gente no se junta conmigo porqué sea delgada, no tiene nada que ver. Tal vez un poco, la gente suele ser superficial, pero yo no te quiero por eso.
- Empezaré a hacer dieta. – dije sin escucharla.
- Bueno, como quieras, pero no te obsesiones.
- No voy a hacerlo, te tengo a ti a mi lado para que me apoyes, ¿cierto?
Asintió la cabeza, sonrió y nos echamos en la cama. No me importaba nada más que estar con ella, pero tampoco quería que mi vida girase entorno de una sola persona aunque en esos momentos solo la tenía a ella. Saber que estaba a mi lado me daba fuerzas para hacer todo lo que me proponía sin estar mal, sin preocuparme… Era todo demasiado perfecto para ser real. A veces me sentía como un sueño ahí a su lado. Escuchando los latidos de su corazón mientras cerraba los ojos y dejaba que el tiempo pasase, sin importarme el futuro ni el pasado. Sólo quería vivir ese momento eternamente, que todo fuera a seguir así para siempre.
Mi móvil sonó repetidamente, cuando lo encontré en el fondo de mis bolsillos contesté.
- Chris, ¿dónde coño estás? – escuché decirle a Kate.
- En casa de estos.
- ¿Por qué te fuiste ayer?
- No lo sé. ¿Quieres que nos veamos luego?
- Sí, pero no desaparezcas como ayer, ¿está bien?
- Si, si, lo siento.
Escuché unos pasos y unos saltos. Ahí estaban John, Jared y Steff. Traían cada uno una de sus mochilas enormes, y empezaron a sacar bebidas y comida.
- Eh Chris, por fin te dejas caer por aquí. – dijo Steff mientras se acercaba a mí y me abrazaba.
- John tío, hoy podemos pillar más mierda, Chris ha sido solidaría y nos ha dado pasta.
- Hombre, ya era hora de que pusieras un poco de tu parte. – contestó John con voz agresiva. – No somos una iglesia caritativa ni tus padres para tener que mantenerte, ya sabes cómo van las cosas aquí.
- Ya lo sé John, no soy estúpida. Si fuera así ni siquiera hubiera aparecido por aquí. En fin, tengo que irme, he quedado con Kate y supongo que iremos a echar unas partidas en alguna sala a ver si hay suerte.
Me despedí de todos ellos, le estreché la mano y le guiñé un ojo a Tony como señal de agradecimiento por lo que me había dado. Salí de la casa, me puse de nuevo los auriculares del mp4, aún tenía un buen rato para llegar hasta casa de Kate.
Aún podía escuchar el sonido de la ambulancia incluso en ese estado. Estaba en la parte trasera de ella, sentía una mano rozar con la mía. Era mi madre. Quería abrir los ojos pero era incapaz en ese momento. No sabía quién era en ese momento. Soy Chris. Bien, recuerdo mi nombre. Tengo quince años. También sé mi edad. Hacía un rato que había estado con Kate y Eric. Eso también lo recuerdo. Me había discutido con ellos… Empezaba a dolerme la cabeza nuevamente. Sentí como mi cuerpo daba botes, seguramente estaban trasladándome de la ambulancia hasta la sala de urgencias. No sé porqué.
El olor a hospital hizo que me despertara de nuevo, aún sin ser muy consciente de por qué estaba ahí. Escuchaba pasos ir y venir, la respiración de mi madre sentada a mi lado. El médico decir algunas palabras, llevándosela para que no la escuchara, aunque tampoco escuchaba nada. Sólo ruidos lejanos.
- Chris, ¿me oyes? – me dijo una voz irreconocible.
- Quiero una libreta y un bolígrafo.
- Ahora le digo a tu padre que vaya a comprar cariño. – escuché decir a mi madre.
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital, tranquila, vas a ponerte bien.
- Quítate los piercings y todos los collares. – dijo otra voz desconocida. No recuerdo cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había escuchado a alguien hablarme. El sitio era oscuro, mi madre no estaba ahí. Sólo un médico que no conocía. Por inercia hice caso a todo lo que me decía, me saqué los piercings y los collares y los dejé en una bandeja que tenía delante. Me cogieron dos personas, y me echaron en una cama. Quería cerrar los ojos, estaba muy cansada.
sábado, 21 de agosto de 2010
martes, 10 de agosto de 2010
Capitulo 1
No podía recordar que hacía ahí. Ni siquiera sabía por qué razón estaba corriendo como una desesperada. No sentía las piernas, no sentía mi cabeza razonar, tan sólo sabía que tenía que correr, correr y correr hasta que no pudiera ver más horizonte delante de mis ojos. El viento susurraba en mis oídos, haciendo más difícil la tarea de pensar lo que estaba haciendo. Dejé de pensar y de repente todo se volvió oscuro.
Miré el reloj en mi muñeca, vaya, estaba roto. Alcé la cabeza hacia el cielo, hacía poco que había amanecido así que deberían ser aproximadamente las siete u ocho de la mañana. Estábamos a principios de invierno, yo vestía con una camiseta de manga corta y unos tejanos, aún y así no sentía frío. No recordaba nada de la noche anterior ni de cómo había acabado ahí, solamente recordaba que había estado corriendo sin parar y me había alejado de la ciudad. Me sacudí la cabeza, tenía el estomago revuelto, y veía borroso. Supongo que debe ser efecto de las pastillas. No importa. Me dispuse volver hasta mi casa, aunque no sabía en qué dirección caía ni donde estaba exactamente en ese mismo instante. Caminé en busca de alguna parada de bus o de alguien que pudiera indicar mi posición, pero las calles estaban totalmente desiertas. Las calles eran deprimentes, medio asfaltadas, las paredes pintadas, rotas, y los pocos edificios que parecían ser un negocio estaban cerrados. Estaba en los suburbios más pobres y deprimentes de la ciudad. No conocía muy bien ese barrio, de hecho, las pocas veces que había estado ahí era de noche, y estaba tan drogada que no recordaba nada del lugar en cuestión.
- ¿De verdad crees que esta es la solución para salir de toda la mierda que te rodea? – frente de mí, con su cínica sonrisa, David se sacaba la bolsa dónde llevaba las pastillas. – son 15 euros.
- ¿Por pastilla? – exaltada me quedé mirando sus ojos sin vida. - Hace tiempo que nos conocemos, sabes que no voy bien de pasta, hazme algo de descuento.
- Ya sabes, en el negocio no hay amistades cariño, o lo tomas o lo dejas.
- Está bien. – resignada saqué mi billetera y le extendí los billetes.
- Siempre es un placer hacer negocios contigo.
Guardé la billetera en el bolsillo de mi chaqueta, y me fui en busca de un lugar donde pasar la noche. Fiesta, tenía ganas de moverme, de olvidar cualquier problema, de sentir como me sentía en la cima del mundo sin que nadie ni nada me rompiera esa felicidad. No importaba el precio de ella, ni que fuera la manera digna de conseguirla, solamente quería ser feliz, a pesar de que me destrozara el cuerpo para conseguirla.
Me había quedado sentada frente una parada de bus. No sabía el tiempo que llevaba ahí esperando, de todos modos no tenía nada mejor que hacer. No tenía ningún plan, ninguna razón, nadie que esperara mi presencia en algún lugar. Quería volver a casa, sin saber por qué. Tal vez aún quedaba dentro de mi algo de persona, y estar fuera de lugar me hacía sentir incomodidad, aunque no me importase estar en un sitio al que apenas conocía, y con los síntomas de abstinencia recorriendo por mis venas. Necesitaba volver. Un whisky, un porro, algo, necesitaba algo, mi cabeza estaba empezando a recordar de nuevo.
Sentía el viento acariciar mi piel, encima de esa moto, abrazada a alguien desconocido, debería sentir miedo, confusión, pero sólo sentía ganas de chillar, de saltar, de que algo extraordinario pasara. Me agarré con fuerza a esa cintura tonificada, a pesar de la gruesa ropa que llevaba, podía notar que quién quiera que fuese la persona que me estaba llevando en moto le gustaba el ejercicio. Yo no llevaba casco, sentía como el aire helado me presionaba con fuerza los oídos, y mis ojos llorosos luchaban con fuerza para ver el paisaje con dificultad, entre las lágrimas el frío y la velocidad.
En cuestión de segundos acabé en el suelo. No sé cómo había pasado. Algo había chocado contra la moto, de milagro, había salido ilesa de ese accidente. Me levanté con rapidez y miré al conductor. A su alrededor había sangre, su casco estaba a unos veinte metros de su cabeza. De lo que quedaba de ella. Qué ironía. Quién debería estar muerta debería ser yo. Ha, ha, ha. Cosas de la vida.
El bus había llegado. De repente me di cuenta de algo. Algo me faltaba. No llevaba la chaqueta. Por lo tanto tampoco tenía mi billetera. Si mal no recordaba la había dejado en el bolsillo. Busqué en mis pantalones. Mierda. Tenía que volver a casa. Sin pensármelo dos veces, entré dentro del bus.
- Perdone señorita, tiene que pagar el billete. – El conductor con cara de pocos amigos se me quedó mirando, no muy sorprendido de ver mi aspecto, supongo que era de lo más normal encontrar a alguien con mis pintas en ese lugar, incluso podía decir que era una de las personas más normales que podría encontrarse ese hombre a lo largo del día.
- Yo… yo… - llorar era algo que podía hacer con facilidad, si me lo provocaba, claro. Tanto fingir creo que no podría saber si alguna vez había llorado de verdad. – Acaban de… violarme… por favor… lléveme a casa...
- Perdone señorita… Siéntese. Tiene que irse de aquí lo más rápido posible. – añadió finalmente. Me senté en uno de los últimos asientos, no había nadie ahí dentro. Bueno, sólo un hombre mayor con gabardina y sombrero, parecía estar en sus últimas.
- Eh, preciosa. – dos hombres de entre veinticinco y treinta años se acercaron a mí. - ¿Qué haces en estas horas y en estos lugares tu sola?
- ¿A caso os importa? – contesté con desprecio. A pesar de mi dosis de éxtasis aún era consciente de mis actos.
- Bueno, es sólo que no queremos ver a una chica indefensa como tú por estos lugares sin que pueda divertirse. – dijo el hombre más alto de los dos. Uno tenía pinta de ser más joven, aparte de ser más atractivo, aunque en su rostro se observaba también síntomas de estar tomando droga desde hacía años. El segundo en cambio, más bajo y corpulento, conservaba un rostro sano, dentro de lo que cabe.
- Entonces, llevadme vosotros a algún sitio dónde me pueda divertir, ¿Qué os parece? – dije sonriendo.
- Eres una chica interesante. – el primer hombre se acercaba cada vez más a mí. - ¿Cómo te llamas?
- Chris. – contesté de inmediato.
- ¿Chris qué más? – preguntó el hombre más bajo, sonriendo.
- No creo que eso importe ahora. ¿Tenéis algo? ¿Hierba, polvos, algo?
El primer hombre sonrió, me cogió de los hombros con su brazo esquelético y me indicó entrar en su coche.
Después de no sé cuanto rato al fin empezaba a ver conocido esos lugares. Estaba cerca de la ciudad. Ahí donde me crié, eso si podía recordarlo estando sobria. Bajé un par de paradas después. Agradecí al tonto conductor, quién con una sonrisa me deseó suerte. Busqué en mis bolsillos, tampoco tenía las llaves, también las debía de haber guardado en mi chaqueta.
Numero setenta-i-dos, esa era mi casa. Piqué al timbre varias veces sin que nadie me abriese. Me colé por una rendija que había detrás de la casa, y subí por una de las cañerías hasta llegar a la ventana de mi habitación. Siempre la dejaba abierta, por si acaso. Lo primero que quería hacer era ducharme y cambiarme de ropa.
- Vas a pasártelo bien, ya verás preciosa. – decía el hombre sin quitar su brazo de encima de mí.
- No sé si podrás darme lo que busco. – contesté con sequedad.
- ¿Qué es lo que buscas? – preguntó el segundo hombre, era mucho más callado que el otro, supuse que era una especie de subordinado. De esa gente sin personalidad que solos no son nadie. Aunque también podía ser porqué era él el que conducía, por eso estaba más callado.
- Mejor dicho, que es lo que no busco. No quiero ser feliz, ni infeliz, solamente pasar el tiempo.
- Perfecto, yo puedo darte eso la mar de bien. – dijo el primer hombre cada vez más feliz.
Apartó su brazo esquelético y se puso a buscar algo en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó un bote con polvo blanco dentro, hizo una raya, agaché la cabeza y la esnifé. El coche se detuvo delante de un pub con un ambiente bastante agitado. Entramos dentro, yo agarrada del primer hombre. La música electrónica retumbaba en mi cabeza, no sabía si era por el colocón que llevaba encima o por el volumen, pero empecé a bailar sin ser consciente de mis actos.
El primer hombre no paraba de ofrecerme alcohol, ya llevaba una pastilla de éxtasis, una raya de cocaína y no quería morirme aún. A pesar de mis veinte años desaprovechados aún quería vivir un poco más. Hice caso omiso de sus intentos de amabilidad para darme bebida, y yo la rechazaba. Entonces se puso violento. La gente que nos rodeaba no hacía ningún caso del intento de agresión que tenía el hombre conmigo, me cogió del brazo fuertemente y me llevó a la puerta trasera del pub. Intenté defenderme como pude, luchaba contra él. Era tan esquelético que en estado normal hubiese podido con él. Después de varios intentos de huir, conseguí quitarme la chaqueta y me fui corriendo. Escuchaba como el hombre chillaba mi nombre, cada vez más lejano. Nadie podía superarme en velocidad cuando se trataba de un miedo casi inaudible en mi interior.
- Vaya, por fin te dignas a venir, Chris. – al salir de la ducha una voz gratamente conocida me habló.
- Hola mamá. ¿Cómo estás? – contesté amablemente mientras con la toalla me secaba el pelo.
- Bueno, como siempre. Sigo sin noticias de tu hermano, supongo que ya aparecerá, como has hecho tú. De verdad, no sé en qué coño estaría pensando cuando me casé con Richard.
- Bueno, cada uno es consciente de sus actos, supongo. No sé muy bien como entablar una conversación contigo sin sentirme hipócrita.
- Tu padre te ha vuelto a ingresar dinero, espero que lo aproveches en algo de utilidad.
Me vestí con ropa limpia, por fin me sentía algo mejor. Aunque los síntomas de abstinencia cada vez eran más claros. Estaba empezando a sentirme culpable, a sentirme mal, me senté en la cama y miré mi brazo destrozado por tantos cortes. La cuchilla oxidada por la de veces que me había cortado seguía en mi mesita. La cogí, la miré, y volví a dejarla ahí donde estaba. Me levanté y abrí la pequeña nevera que tenía en mi habitación. Bien, aún quedaba algo de Vodka. Me puse un vaso con hielo, y en un par de tragos me lo acabé. Abrí mi armario y cogí otra de mis chaquetas. Iba a buscar dinero que mi estúpido padre me mandaba cada semana, para así sentirse mejor a pesar de huir de sus responsabilidades como padre. Al menos así podía drogarme sin preocupaciones.
El teléfono empezó a sonar cuando cogía otra copia de llaves que tenía mi madre guardada en un cajón para casos de emergencia. No era la primera vez que las perdía, ni yo ni ella. Subí de nuevo a mi habitación a coger el inalámbrico que tenía ahí.
- ¿Sí?
- Chris, tienes que ayudarme. – contestó una voz claramente familiar.
- ¿Dónde estás?
- En una gasolinera, no sé donde exactamente, he tenido que huir o me daban una paliza. Tienes que venir a buscarme. – apenas entendía lo que me estaba diciendo, hablaba con voz exaltada y de forma muy rápida, podía decir incluso que podía escuchar su corazón latiendo, incluso a través del teléfono de lo asustada que estaba.
- Kate, tienes que decirme dónde estás, sino no podré encontrarte.
- Creo que estoy en la gasolinera a unos pocos kilómetros de donde tú vives. Veo el cartel de la fábrica de colchones.
- Voy enseguida.
Cogí mi moto. Hacía mucho que no la cogía, ya que siempre que volvía a mi casa era en estado de embriaguez y la poca conciencia que me quedaba no me dejaba subir a ella. Pasé por el cajero automático antes de ir a buscar a Kate, sabía que necesitaría algo de dinero. No pasaron ni diez minutos cuando la vi ahí frente la cabina de la gasolinera, bajé de la moto y Kate se lanzó encima de mí.
- ¡Gracias, gracias, gracias! – chilló con entusiasmo, a la vez que veía como se aguantaba las ganas de llorar. – He vuelto a tener problemas con el juego. Estaba en una sala de juego después de beberme no sé cuantos whiskys, había un hombre que me ha tentado jugar al póker. ¡Maldito timador! ¡Parecía un principiante y me la ha metido! Chris, ¡me han engañado! ¡A mí!
- Kate, engañarte a ti ebria es como quitarle el caramelo a un niño. Se te nota en la cara demasiado fácilmente. – le decía con tranquilidad a la vez que le daba un casco de más que había cogido. – vámonos de aquí. Necesitas relajarte.
Subimos a la moto y nos fuimos a un bar lejos de ahí. Pedí una cerveza para mí y un redbull para Kate. De por sí ya era una chica hiperactiva pero siempre quería más y más. Decía que era mucho mejor eso que matarse a rayas, aunque yo lo veía una estupidez.
- ¡Maldita sea Chris! – decía Kate cada vez más exaltada. – Me he quedado sin blanca.
- Ten. – Saqué de mi bolsillo cincuenta euros y se los extendí. Para mí esa cantidad no era gran cosa, y sabía que ella los necesitaba, aunque los malgastara con el juego. – Más vale que te pongas a trabajar de algo, o consigas ganar algo en esa mierda de juegos tía. No puedo estar dándote siempre dinero.
- Gracias, gracias de verdad. – decía Kate mientras se levantaba y me daba un abrazo. – En fin, me he cansado de perder en esa mierda de juegos. ¿Salimos esta noche de fiesta?
- Está clarísimo.
Kate era una chica delgada, con el pelo largo y rojo. Tenía un año menos que yo, pero aparentaba tener muchos menos. Mi cara ya se había demacrado bastante con las drogas y la forma que tenía de alimentarme, pero no me importaba. De hecho, hacía mucho tiempo que nada me importaba. Solamente me paraba a pensar cuando mi cuerpo empezaba a desintoxicarse, pero normalmente no daba tiempo a que ese estado pudiera invadirme. Pagué al camarero con una sonrisa, y fuimos de nuevo con la moto hasta mi casa. Esa noche volvería a ser como todas las demás.
Miré el reloj en mi muñeca, vaya, estaba roto. Alcé la cabeza hacia el cielo, hacía poco que había amanecido así que deberían ser aproximadamente las siete u ocho de la mañana. Estábamos a principios de invierno, yo vestía con una camiseta de manga corta y unos tejanos, aún y así no sentía frío. No recordaba nada de la noche anterior ni de cómo había acabado ahí, solamente recordaba que había estado corriendo sin parar y me había alejado de la ciudad. Me sacudí la cabeza, tenía el estomago revuelto, y veía borroso. Supongo que debe ser efecto de las pastillas. No importa. Me dispuse volver hasta mi casa, aunque no sabía en qué dirección caía ni donde estaba exactamente en ese mismo instante. Caminé en busca de alguna parada de bus o de alguien que pudiera indicar mi posición, pero las calles estaban totalmente desiertas. Las calles eran deprimentes, medio asfaltadas, las paredes pintadas, rotas, y los pocos edificios que parecían ser un negocio estaban cerrados. Estaba en los suburbios más pobres y deprimentes de la ciudad. No conocía muy bien ese barrio, de hecho, las pocas veces que había estado ahí era de noche, y estaba tan drogada que no recordaba nada del lugar en cuestión.
- ¿De verdad crees que esta es la solución para salir de toda la mierda que te rodea? – frente de mí, con su cínica sonrisa, David se sacaba la bolsa dónde llevaba las pastillas. – son 15 euros.
- ¿Por pastilla? – exaltada me quedé mirando sus ojos sin vida. - Hace tiempo que nos conocemos, sabes que no voy bien de pasta, hazme algo de descuento.
- Ya sabes, en el negocio no hay amistades cariño, o lo tomas o lo dejas.
- Está bien. – resignada saqué mi billetera y le extendí los billetes.
- Siempre es un placer hacer negocios contigo.
Guardé la billetera en el bolsillo de mi chaqueta, y me fui en busca de un lugar donde pasar la noche. Fiesta, tenía ganas de moverme, de olvidar cualquier problema, de sentir como me sentía en la cima del mundo sin que nadie ni nada me rompiera esa felicidad. No importaba el precio de ella, ni que fuera la manera digna de conseguirla, solamente quería ser feliz, a pesar de que me destrozara el cuerpo para conseguirla.
Me había quedado sentada frente una parada de bus. No sabía el tiempo que llevaba ahí esperando, de todos modos no tenía nada mejor que hacer. No tenía ningún plan, ninguna razón, nadie que esperara mi presencia en algún lugar. Quería volver a casa, sin saber por qué. Tal vez aún quedaba dentro de mi algo de persona, y estar fuera de lugar me hacía sentir incomodidad, aunque no me importase estar en un sitio al que apenas conocía, y con los síntomas de abstinencia recorriendo por mis venas. Necesitaba volver. Un whisky, un porro, algo, necesitaba algo, mi cabeza estaba empezando a recordar de nuevo.
Sentía el viento acariciar mi piel, encima de esa moto, abrazada a alguien desconocido, debería sentir miedo, confusión, pero sólo sentía ganas de chillar, de saltar, de que algo extraordinario pasara. Me agarré con fuerza a esa cintura tonificada, a pesar de la gruesa ropa que llevaba, podía notar que quién quiera que fuese la persona que me estaba llevando en moto le gustaba el ejercicio. Yo no llevaba casco, sentía como el aire helado me presionaba con fuerza los oídos, y mis ojos llorosos luchaban con fuerza para ver el paisaje con dificultad, entre las lágrimas el frío y la velocidad.
En cuestión de segundos acabé en el suelo. No sé cómo había pasado. Algo había chocado contra la moto, de milagro, había salido ilesa de ese accidente. Me levanté con rapidez y miré al conductor. A su alrededor había sangre, su casco estaba a unos veinte metros de su cabeza. De lo que quedaba de ella. Qué ironía. Quién debería estar muerta debería ser yo. Ha, ha, ha. Cosas de la vida.
El bus había llegado. De repente me di cuenta de algo. Algo me faltaba. No llevaba la chaqueta. Por lo tanto tampoco tenía mi billetera. Si mal no recordaba la había dejado en el bolsillo. Busqué en mis pantalones. Mierda. Tenía que volver a casa. Sin pensármelo dos veces, entré dentro del bus.
- Perdone señorita, tiene que pagar el billete. – El conductor con cara de pocos amigos se me quedó mirando, no muy sorprendido de ver mi aspecto, supongo que era de lo más normal encontrar a alguien con mis pintas en ese lugar, incluso podía decir que era una de las personas más normales que podría encontrarse ese hombre a lo largo del día.
- Yo… yo… - llorar era algo que podía hacer con facilidad, si me lo provocaba, claro. Tanto fingir creo que no podría saber si alguna vez había llorado de verdad. – Acaban de… violarme… por favor… lléveme a casa...
- Perdone señorita… Siéntese. Tiene que irse de aquí lo más rápido posible. – añadió finalmente. Me senté en uno de los últimos asientos, no había nadie ahí dentro. Bueno, sólo un hombre mayor con gabardina y sombrero, parecía estar en sus últimas.
- Eh, preciosa. – dos hombres de entre veinticinco y treinta años se acercaron a mí. - ¿Qué haces en estas horas y en estos lugares tu sola?
- ¿A caso os importa? – contesté con desprecio. A pesar de mi dosis de éxtasis aún era consciente de mis actos.
- Bueno, es sólo que no queremos ver a una chica indefensa como tú por estos lugares sin que pueda divertirse. – dijo el hombre más alto de los dos. Uno tenía pinta de ser más joven, aparte de ser más atractivo, aunque en su rostro se observaba también síntomas de estar tomando droga desde hacía años. El segundo en cambio, más bajo y corpulento, conservaba un rostro sano, dentro de lo que cabe.
- Entonces, llevadme vosotros a algún sitio dónde me pueda divertir, ¿Qué os parece? – dije sonriendo.
- Eres una chica interesante. – el primer hombre se acercaba cada vez más a mí. - ¿Cómo te llamas?
- Chris. – contesté de inmediato.
- ¿Chris qué más? – preguntó el hombre más bajo, sonriendo.
- No creo que eso importe ahora. ¿Tenéis algo? ¿Hierba, polvos, algo?
El primer hombre sonrió, me cogió de los hombros con su brazo esquelético y me indicó entrar en su coche.
Después de no sé cuanto rato al fin empezaba a ver conocido esos lugares. Estaba cerca de la ciudad. Ahí donde me crié, eso si podía recordarlo estando sobria. Bajé un par de paradas después. Agradecí al tonto conductor, quién con una sonrisa me deseó suerte. Busqué en mis bolsillos, tampoco tenía las llaves, también las debía de haber guardado en mi chaqueta.
Numero setenta-i-dos, esa era mi casa. Piqué al timbre varias veces sin que nadie me abriese. Me colé por una rendija que había detrás de la casa, y subí por una de las cañerías hasta llegar a la ventana de mi habitación. Siempre la dejaba abierta, por si acaso. Lo primero que quería hacer era ducharme y cambiarme de ropa.
- Vas a pasártelo bien, ya verás preciosa. – decía el hombre sin quitar su brazo de encima de mí.
- No sé si podrás darme lo que busco. – contesté con sequedad.
- ¿Qué es lo que buscas? – preguntó el segundo hombre, era mucho más callado que el otro, supuse que era una especie de subordinado. De esa gente sin personalidad que solos no son nadie. Aunque también podía ser porqué era él el que conducía, por eso estaba más callado.
- Mejor dicho, que es lo que no busco. No quiero ser feliz, ni infeliz, solamente pasar el tiempo.
- Perfecto, yo puedo darte eso la mar de bien. – dijo el primer hombre cada vez más feliz.
Apartó su brazo esquelético y se puso a buscar algo en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó un bote con polvo blanco dentro, hizo una raya, agaché la cabeza y la esnifé. El coche se detuvo delante de un pub con un ambiente bastante agitado. Entramos dentro, yo agarrada del primer hombre. La música electrónica retumbaba en mi cabeza, no sabía si era por el colocón que llevaba encima o por el volumen, pero empecé a bailar sin ser consciente de mis actos.
El primer hombre no paraba de ofrecerme alcohol, ya llevaba una pastilla de éxtasis, una raya de cocaína y no quería morirme aún. A pesar de mis veinte años desaprovechados aún quería vivir un poco más. Hice caso omiso de sus intentos de amabilidad para darme bebida, y yo la rechazaba. Entonces se puso violento. La gente que nos rodeaba no hacía ningún caso del intento de agresión que tenía el hombre conmigo, me cogió del brazo fuertemente y me llevó a la puerta trasera del pub. Intenté defenderme como pude, luchaba contra él. Era tan esquelético que en estado normal hubiese podido con él. Después de varios intentos de huir, conseguí quitarme la chaqueta y me fui corriendo. Escuchaba como el hombre chillaba mi nombre, cada vez más lejano. Nadie podía superarme en velocidad cuando se trataba de un miedo casi inaudible en mi interior.
- Vaya, por fin te dignas a venir, Chris. – al salir de la ducha una voz gratamente conocida me habló.
- Hola mamá. ¿Cómo estás? – contesté amablemente mientras con la toalla me secaba el pelo.
- Bueno, como siempre. Sigo sin noticias de tu hermano, supongo que ya aparecerá, como has hecho tú. De verdad, no sé en qué coño estaría pensando cuando me casé con Richard.
- Bueno, cada uno es consciente de sus actos, supongo. No sé muy bien como entablar una conversación contigo sin sentirme hipócrita.
- Tu padre te ha vuelto a ingresar dinero, espero que lo aproveches en algo de utilidad.
Me vestí con ropa limpia, por fin me sentía algo mejor. Aunque los síntomas de abstinencia cada vez eran más claros. Estaba empezando a sentirme culpable, a sentirme mal, me senté en la cama y miré mi brazo destrozado por tantos cortes. La cuchilla oxidada por la de veces que me había cortado seguía en mi mesita. La cogí, la miré, y volví a dejarla ahí donde estaba. Me levanté y abrí la pequeña nevera que tenía en mi habitación. Bien, aún quedaba algo de Vodka. Me puse un vaso con hielo, y en un par de tragos me lo acabé. Abrí mi armario y cogí otra de mis chaquetas. Iba a buscar dinero que mi estúpido padre me mandaba cada semana, para así sentirse mejor a pesar de huir de sus responsabilidades como padre. Al menos así podía drogarme sin preocupaciones.
El teléfono empezó a sonar cuando cogía otra copia de llaves que tenía mi madre guardada en un cajón para casos de emergencia. No era la primera vez que las perdía, ni yo ni ella. Subí de nuevo a mi habitación a coger el inalámbrico que tenía ahí.
- ¿Sí?
- Chris, tienes que ayudarme. – contestó una voz claramente familiar.
- ¿Dónde estás?
- En una gasolinera, no sé donde exactamente, he tenido que huir o me daban una paliza. Tienes que venir a buscarme. – apenas entendía lo que me estaba diciendo, hablaba con voz exaltada y de forma muy rápida, podía decir incluso que podía escuchar su corazón latiendo, incluso a través del teléfono de lo asustada que estaba.
- Kate, tienes que decirme dónde estás, sino no podré encontrarte.
- Creo que estoy en la gasolinera a unos pocos kilómetros de donde tú vives. Veo el cartel de la fábrica de colchones.
- Voy enseguida.
Cogí mi moto. Hacía mucho que no la cogía, ya que siempre que volvía a mi casa era en estado de embriaguez y la poca conciencia que me quedaba no me dejaba subir a ella. Pasé por el cajero automático antes de ir a buscar a Kate, sabía que necesitaría algo de dinero. No pasaron ni diez minutos cuando la vi ahí frente la cabina de la gasolinera, bajé de la moto y Kate se lanzó encima de mí.
- ¡Gracias, gracias, gracias! – chilló con entusiasmo, a la vez que veía como se aguantaba las ganas de llorar. – He vuelto a tener problemas con el juego. Estaba en una sala de juego después de beberme no sé cuantos whiskys, había un hombre que me ha tentado jugar al póker. ¡Maldito timador! ¡Parecía un principiante y me la ha metido! Chris, ¡me han engañado! ¡A mí!
- Kate, engañarte a ti ebria es como quitarle el caramelo a un niño. Se te nota en la cara demasiado fácilmente. – le decía con tranquilidad a la vez que le daba un casco de más que había cogido. – vámonos de aquí. Necesitas relajarte.
Subimos a la moto y nos fuimos a un bar lejos de ahí. Pedí una cerveza para mí y un redbull para Kate. De por sí ya era una chica hiperactiva pero siempre quería más y más. Decía que era mucho mejor eso que matarse a rayas, aunque yo lo veía una estupidez.
- ¡Maldita sea Chris! – decía Kate cada vez más exaltada. – Me he quedado sin blanca.
- Ten. – Saqué de mi bolsillo cincuenta euros y se los extendí. Para mí esa cantidad no era gran cosa, y sabía que ella los necesitaba, aunque los malgastara con el juego. – Más vale que te pongas a trabajar de algo, o consigas ganar algo en esa mierda de juegos tía. No puedo estar dándote siempre dinero.
- Gracias, gracias de verdad. – decía Kate mientras se levantaba y me daba un abrazo. – En fin, me he cansado de perder en esa mierda de juegos. ¿Salimos esta noche de fiesta?
- Está clarísimo.
Kate era una chica delgada, con el pelo largo y rojo. Tenía un año menos que yo, pero aparentaba tener muchos menos. Mi cara ya se había demacrado bastante con las drogas y la forma que tenía de alimentarme, pero no me importaba. De hecho, hacía mucho tiempo que nada me importaba. Solamente me paraba a pensar cuando mi cuerpo empezaba a desintoxicarse, pero normalmente no daba tiempo a que ese estado pudiera invadirme. Pagué al camarero con una sonrisa, y fuimos de nuevo con la moto hasta mi casa. Esa noche volvería a ser como todas las demás.
Introducción
Hay veces que te paras a pensar sobre las razones de tu existencia. Sin embargo por más que busques no eres capaz de encontrar ni una sola. La vida es corta en cierto modo, hay momentos, momentos efímeros en los que tienes la oportunidad de hacer algo y no lo aprovechas, entonces es cuando el tiempo va pasando, miras hacia atrás y te das cuenta que podrías haber hecho más de lo que hiciste, pero ya es demasiado tarde. Entonces es cuando intentas recuperar el tiempo perdido, sin darte cuenta que, mientras intentas arreglar los errores del pasado estás perdiendo también parte de tu presente, que en el futuro volverá a convertirte en dueño de la culpabilidad al haber estado haciendo cosas que deberías haber aprovechado anteriormente.
Dicen que siempre hay momentos para volver atrás y vivir las cosas que no has vivido, pero el tiempo jamás se detiene. Si estás haciendo una cosa, perderás otra, y así constantemente, la vida siempre sigue su curso. El tiempo… El tiempo es nuestro único dueño. Tenemos que vivir siendo conscientes de cada uno de nuestros actos, aceptando que si hay algo en lo que nos hemos equivocado, intentar solucionarlo en el momento que en el presente se vuelva a repetir la situación, demostrar que has aprendido del error, pero intentar volver hacia atrás… intentar a volver hacia atrás cuando ya llevas un largo camino recorrido, es destrozarte la vida.
Hay veces incluso, que sabiendo todo esto, sigues destrozándotela, porqué el camino es demasiado oscuro como para poder ver que te estás equivocando.
Dicen que siempre hay momentos para volver atrás y vivir las cosas que no has vivido, pero el tiempo jamás se detiene. Si estás haciendo una cosa, perderás otra, y así constantemente, la vida siempre sigue su curso. El tiempo… El tiempo es nuestro único dueño. Tenemos que vivir siendo conscientes de cada uno de nuestros actos, aceptando que si hay algo en lo que nos hemos equivocado, intentar solucionarlo en el momento que en el presente se vuelva a repetir la situación, demostrar que has aprendido del error, pero intentar volver hacia atrás… intentar a volver hacia atrás cuando ya llevas un largo camino recorrido, es destrozarte la vida.
Hay veces incluso, que sabiendo todo esto, sigues destrozándotela, porqué el camino es demasiado oscuro como para poder ver que te estás equivocando.
helouses
Pues nada, abro otro Blog, para empezar a poner el libro que estoy empezando a escribir, aver si por una vez acabo algo de lo que empiezo xd y nah ._. eso n.n
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