Esa noche la volví a pasar fuera. No tenía sitio dónde ir, y solamente tenía 14 años. Me daba miedo andar por las calles oscuras, pero no quería regresar a casa. Era demasiado, demasiado dolor albergado dentro de mí como para volver a ese sitio. No podía dejar en ningún momento que mi vida decayese, después de tanto tiempo luchando. ¿De qué serviría todo lo que estaba sufriendo entonces? Nada tenía sentido, pero debía seguir hacia adelante, era la única opción viable. Me daba miedo, pero tenía que afrontarlo. No podía confiar en nadie, aunque era eso lo que realmente tenía ganas de hacer. Confiar en alguien, sentirme arropada, sentir que alguien me lo daba todo, y no tener ningún miedo, pero a la vez, me era demasiado difícil dejar todos esos sentimientos a costa de alguien. No podía, no podía dar mi vida, para que esta se derrumbara, después de tanto tiempo construyéndola con muros de acero. Aunque estuviera sola, no dejaría que nadie entrase en mi mundo. Porqué era demasiado peligroso confiar en esta vida.
Me senté en la calle, no sabía qué hora era, tampoco me importaba. Solamente quería que el tiempo pasase, y al día siguiente todo cambiaría. Volvería al instituto, y ahí, despejaría mi mente y todo se vería más claro. Aunque no pudiera desahogarme, aunque no pudiera hablar con nadie de esto.
- ¿Vas a irte entonces? – pregunté a Chris con asombro. - ¿Y qué pasa con todo lo que tienes?
- No voy a irme lejos. Con Tony y demás. Seguiré aquí. – contestó con seguridad. – Estoy cansada de aguantar siempre las mismas discusiones, y no tengo porqué dar ninguna explicación de lo que hago. ¿Es mi vida no? Pues ya está.
- Bueno, si tú crees que es mejor así, adelante. Podemos salir esta noche también si quieres.
- No sé Kate, creo que esta noche paso.
Cogió su mochila enorme y se fue. Otra vez, sin dar explicaciones. Chris siempre me había parecido una persona demasiado fuerte como para dejarse ayudar, aunque a veces daba la sensación de que no hacía más que pedir ayuda a gritos. Pero, para qué. Si tampoco escuchaba a nadie. Lo comprendía, en cierto modo lo comprendía, pero era demasiado difícil para mí intentar comprender a alguien cuando lo que me rodeaba ya era demasiado para mí. Tenía ganas de salir, de pasármelo bien, y aunque a Chris no le pareciera bien la idea, lo iba a hacer de todos modos. Me buscaría otra gente con quién ir o, que demonios, iría yo sola. No necesitaba a nadie más para pasármelo bien. Miré en mi bolsillo si tenía algo de suelto. Bien, podía pasar esa noche y unas cuantas más, pero no estaba de más aumentar esa suma de dinero, antes me pasaría por alguna sala de recreativos. Miré la hora, aún era pronto, pero antes de eso me apetecía tomar algo. Algo que me quitara ese poco miedo que quedaba dentro de mí para apostar. Éxtasis.
Llamé a David, ese chico siempre tenía todo lo que le pidiera, era de fiar. Tanto Chris como yo siempre le cogíamos a él cuando teníamos alguna emergencia y Tony no nos podía dar nada. Además, Chris se había ido con él, por lo que necesitaba conseguirla de otra mano de confianza.
- ¿Qué haces aquí fuera? Hace frío, entra mujer. – se acercó un hombre a mí y tendió su mano. Le miré con desconfianza. ¿A caso no notaba que era pequeña para estar en ese sitio sola?
- No, estoy bien aquí. – contesté con un hilo de voz.
- Se nota que tienes frío, entra venga. Tranquila, aquí nadie se da cuenta de la edad que tiene cada uno. – guiñó un ojo. Sí, se había dado cuenta de que era menor. Pero que importaba ahora, estaba sola, no tenía sitio dónde ir, y aunque no me gustaba irme con los desconocidos hice caso y entré en ese extraño bar. Tenía demasiado frío como para quedarme ahí sin saber cuantas horas más tendría que hacerlo.
Parecía un sitio agradable, nadie te miraba, no te juzgaban por el aspecto. Pasaban de todo. El desconocido me sonrió, y me acercó a conocidos suyos. Se me presentaron todos, a mí me daba vergüenza pero también me presenté. Estaban jugando a cartas, y me preguntaron si quería jugar también. No sabía de qué iba el juego, así que me lo explicaron paso por paso. Parecía interesante, así que probé una partida. Me sentía a gusto ahí, todos mis pensamientos desvanecieron al estar metida en ese juego. Era divertido, ver la cara de los demás, no saber lo que iba a pasar, jugar con mis tácticas, mis pensamientos, no importaba nada más. Y entonces, gané.
- Tienes un don innato para el juego, querida. – dijo uno de ellos sonriendo. - ¿Quieres hacer el juego más interesante?
- ¿Cómo?
- Apostando. – dijo otro de ellos.
- No tengo dinero. – contesté al acto. Algo sí que tenía, pero me daba miedo. Me daban miedo sus miradas.
- Bueno, ¿qué te parece si te presto 5 euros y pruebas? Si ganas, te quedas los 5, y a la próxima decides si apostar o no, por qué será tu dinero, ¿te hace?
- ¿Y si pierdo?
- No pasa nada. Total, por 5 euros no voy a morirme. Tu compañía vale más que eso.
Sonreí. Me gustaba esa oferta. No tenía nada que perder, así que lo hice. Hice el juego más interesante.
- Hoy estoy generoso, te doy un par por cuarenta. – dijo David con su característica sonrisa.
- ¿Hay algo escondido? – pregunté sin fiarme del todo.
- Que va a haber, cariño. Confío en ti. Siempre me compras, y siempre vuelves. Entre tú y Chris me estáis dando una vida perfecta.
- De acuerdo, dame dos entonces. – saqué mi billetera y le di los cuarenta euros. - espero que sean de calidad. Porqué te veo demasiado caritativo y no suele venir de ti ese gesto.
- Digamos que estoy de buen humor Kate. Aprovecha, no soy tan mala persona como aparento ser. También tengo mis días de caridad. – se relamió los labios al coger el dinero, y se los guardó rápidamente. Sacó de su bolsillo una bolsita llena de pastillas, y me guardó dos en mi chaqueta. – Aquí tienes cielo. Ahora, tengo que irme, hay más gente que necesita de mis servicios.
- Que te vaya bien tío.
Fui al baño para tomarme la pastilla, y seguir con mi plan. Bien, primero iría a la sala dónde ya me conocían. Tenía bastante dinero, así que no hacía falta exagerar mi capital. Aparte, quería pasármelo en grande esa noche. Esa, y la siguiente, y tal vez, la siguiente también. Empecé a notar los efectos, como me entraba la risa, como tenía ganas de hacer todo. Como el poco miedo que había dentro de mi desaparecía por completo. Eso, eso era. El momento perfecto. La fuerza que necesitaba para dar el gran golpe. Jugar, a vida o muerte. Perderlo todo, o ganar por todo lo alto. Tal vez era demasiada motivación pero no me importaba. Ese subidón de adrenalina era lo que más me gustaba sentir, y oh, si de verdad salía como lo planeaba aún era muchísimo mejor. Una sensación imposible de explicar con palabras, era como entrar en el séptimo cielo o aún más arriba. Sentir el poder de conseguir lo que quieres, y querer más y más y más.
Me dirigí con prisas a la sala recreativa. No quería perder ni un minuto más de mi tiempo. Si me quedaba tiempo me daba la sensación de que iba a romperme en cualquier momento, así que tenía que dejarme guiar por mis impulsos. No sabía por dónde empezar. Sentía que no había tiempo para todo, algo tenía que hacer. A ver, poner las cosas en orden. Primero una cosa, luego otra. Pero tenía demasiada exaltación por todo, quería hacerlo todo a la misma vez. Como siempre, esa pastilla me excitaba más de lo normal. Pero era en esos momentos cuando conseguía todo lo que quería. Aunque me diese la sensación de que me podía desmayar en cualquier momento, tenía que aprovecharlo. Aprovechar ese momento, aprovechar esas horas de hiperactividad. Fui a la primera máquina que vi. Eché una moneda, luego otra, otra, y otra. Premio. Por ahora iba bien. Tenía que seguir. Otra moneda, otra, otra. Premio, otra vez. Bien, mi capital aún no había aumentado mucho, así que podía seguir. Frente esa máquina que me tenía absorbida, no era consciente del tiempo que estaba pasando a mí alrededor, pero no importaba. Me sentía demasiado bien como para dejar que eso me influenciase. Y así seguí. Echando monedas, una detrás de otra, ganando, perdiendo. Tenía que ganar. Tenía que seguir.
Volví a mi casa con más dinero con el que había salido. No sabía la hora que era, se me había pasado el tiempo demasiado deprisa, pero ya estaba amaneciendo. Esa noche, esa noche no la olvidaría nunca. Siempre había tenido miedo de dejarme guiar por el momento, por las ganas de hacer algo. Siempre había pensado que mantener los pies en el suelo era lo mejor que podía hacer. Controlarme, ser consciente de mí misma, tener conciencia. Pero, ¿de qué me había servido eso? Solamente conseguía sufrimiento en mi vida, en cambio, ese día… Ese día, fue perfecto. Me cambié de ropa, dispuesta a ir al instituto. Otro día más que iba a pasar. Sin olvidar lo que había vivido esa noche. Tenía que repetirlo nuevamente.
Pero de nuevo la rutina se hizo dueña de mi cuerpo. Ya no me gustaba esa sensación que sentía. Tanta hipocresía rodeándome. Tanta gente aparentemente feliz, como si nada les importase más que ser alguien, ser reconocido, y hablando de las mismas tonterías diarias. Yo, intentaba entrar en ese mundo, en esa vida tan monótona, pero no era algo que me llenase. Ese no era mi estilo de vida. Pero no podía hacer nada más que fingir una sonrisa y aparentar ser como todos los otros. Fui a la primera clase que me tocaba, aún con sueño de no haber dormido nada esa noche. Me senté intentando escuchar a la profesora. No tenía ganas pero era lo que tenía que hacer. A mi lado, se sentó una chica que no conocía de nada. ¿Era nueva? O tal vez, ya llevaba tiempo ahí, pero no solía fijarme en los demás. Pero ella, ella parecía diferente. No parecía ser el tipo de persona que los demás me mostraban. Había algo en ella que… era distinto. No decía nada, era callada, y parecía estar en un mundo parecido al mío.
- Creo que no te he visto nunca por aquí. – dije saludándola.
- Me llamo Chris, he repetido curso. – contestó con frialdad.
- Yo soy Kate.
Pasó la clase, y no nos dijimos nada más que eso. Me daba algo de miedo y de respeto. Pero no fui capaz de decirle nada más. A veces se giraba para mirarme, y para ver lo que hacía, pero enseguida giraba la mirada y seguía haciendo lo suyo. Parecía interesante, pero no tenía nada que decirle.
Miré el reloj un momento. Vaya, había pasado más tiempo del que pensaba, siempre me pasaba lo mismo. Una vez me ponía a jugar el tiempo se me pasaba por completo y no era consciente de la hora que era. Tenía que irme ya si no quería pasar toda la noche ahí, aunque de hecho, ya me había pasado otras veces. Acababa haciendo otra cosa totalmente distinta de la que había planeado. Normalmente prefería tener las cosas bajo control, planear mi día, tenerlo todo en mis manos para luego no decepcionarme, pero el juego era la única excepción. El juego y las drogas, lo único que hacían que mi personalidad fuera otra totalmente distinta. La verdad, aún no me había quedado a gusto, no había conseguido una suma de dinero lo bastante grande como para quedarme satisfecha. Cien, cien miserables euros no eran suficientes como para poder cubrir mis necesidades diarias. Pero podía volver al día siguiente. Aunque tampoco me gustaba ir justa, era cómo si, necesitase tener algo de seguridad en lo que tenía para hacer las cosas a gusto. Decidí quedarme. Aunque no entrara en mi plan. Y qué importaba. Estaba a gusto ahí. Decidido, me quedaba.
jueves, 28 de octubre de 2010
viernes, 3 de septiembre de 2010
Capitulo 4
- No puedo seguir más con esto. – me decía ella mientras yo seguía llorando en la cama. – Simplemente, es demasiado duro para mí. Te quiero, pero no puedo estar contigo.
- ¿Por qué? ¿Pero por qué no? No puedes dejarme. – repetía una y otra vez entre llantos. Su mirada era fría, mis manos estaban temblando, no podía perderla ahora. – No puedes. Te quiero, me quieres, te necesito, me necesitas. No puedes hacer esto.
- Es lo mejor para las dos, esta relación no funciona. No voy a negarte que te amo, que eres importante para mí, pero no puede ser, ahora no. Quién sabe dentro de un tiempo, pero ahora mismo es imposible.
Me estaba dejando. No podía creérmelo aún. Después de todo lo que habíamos vivido juntas. Después de tanto tiempo a su lado, creyendo que jamás me dejaría. Yo le conté mis miedos, ella me contó los suyos, me había dicho incontables veces que sería incapaz de dejarme porque me necesitaba demasiado. Que yo era su mayor fuerza y que la estaba ayudando en todo. ¿Y ahora? Ahora todo se había acabado. No podía creérmelo.
- ¿Es algo que he hecho mal? ¿Te he decepcionado? – seguía en la cama, mientras todo el cuerpo me temblaba, no sabía que decir ni que hacer, no podía soportar esa situación, no podía creerme que esto se estuviera acabando.
- No cielo, no has hecho nada mal y lo sabes. Estoy bien contigo… pero ya sabes. Yo… no puedo seguir con esta relación. No tiene futuro. Algún día, cuando seamos mayores, mis padres van a preguntarme por qué no estoy con nadie. Por qué estoy siempre contigo, por qué no tengo ningún interés en seguir mi vida. Y entonces tendré que decírselo, pero no voy a hacerlo. Es que no puedo.
- Pero ya hemos hablado muchas veces de ello. Dijimos que dejaríamos que el tiempo pasara, y que ya se vería en un futuro.
- ¿Realmente estás bien así? ¿Tú crees que puedes seguir un futuro así? ¿Sin decírselo a nadie? No. No puede ser.
- Pero es que yo quiero estar contigo. Me da igual todo lo demás.
- Pues yo no puedo. Lo siento…
Mi pecho me dolía, sentía que me estaba muriendo. Quería desaparecer para siempre. No podía hacerle cambiar de opinión, otras veces ya habíamos tenido esa discusión, pero, jamás la había visto tan convencida. No podía… sentía que iba a desmayarme, la respiración no llegaba a mi cerebro. Todo era demasiado difícil.
- ¡Joder!
Me desperté. No recordaba dónde estaba. No reconocía ese lugar. La cabeza me daba vueltas. Había tenido alguna pesadilla pero al intentar recordarla no era capaz. Me dolía la cabeza. Sentía otra vez los síntomas de abstinencia, no debería haber dormido. Me levanté, busqué mi ropa mientras rondaba por la extraña habitación entre oscuras. Encontré mis pantalones y me los puse, luego mi camiseta.
- ¿Dónde vas? – después de escuchar esa voz recordé donde estaba. En casa de Eli.
- Ah, hola, siento haberte despertado. ¿Qué hora es? – pregunté descolocada.
- Uhm… las… - miró el reloj medio dormida. – 6 de la mañana. Pronto amanecerá. Nos hemos acostado hace poco rato, ¿Por qué no descansas?
- No necesito descansar, tengo que irme. – contesté de inmediato mientras me ponía los zapatos.
- Pero… ¿volveré a verte?
Me quedé unos segundos pensando. No sabía que decirle. Tenía ganas de volver a verla, sí. Pero también tenía muchas cosas que hacer siempre. Eli parecía una persona demasiado normal como para que fuera el tipo de chica con quién saliera más de una vez.
- No lo sé. ¿Quieres volver a verme tú? – pregunté mientras me expulsaba la ropa.
- Claro.
- Déjame tu móvil un momento. – dije mientras alzaba el brazo. Eli me lo extendió. Le escribí mi número y lo guardé en su agenda. – Aquí tienes. Llámame cuando quieras, pero no prometo contestar al momento, si me coges en buen momento, si. Tengo que irme.
- ¿No vas a besarme? – preguntó mientras se me quedaba mirando. Me quedé quieta unos segundos observando su rostro. Tenía la cara preciosa. Se la veía una chica sana, radiante de vida. No podía llevarla a mi mundo.
- Esto no ha sido nada serio, siento si te he hecho creer lo contrario.
Salí de su casa. Me destemplé. Fuera hacía mucho frío, y aunque llevara chaqueta seguía sintiéndolo. El efecto de las drogas se me había pasado, estaba volviendo a recordar, volviendo a sentir, volviendo a ser consciente de mis actos. Necesitaba algo otra vez. Cada vez se me pasaba más rápido el efecto. Pero eran las seis de la mañana, por ahí no había nada abierto. Tenía que encontrar un after-hours para beber algo o pillar algo, me había quedado sin nada. No me conocía nada ese barrio. Había pasado por ahí algunas veces, pero sin estar colocada ni nada era como estar en otro lugar. Las cosas las veía diferente y no sabía ubicarme con facilidad. Me senté, estaba cansada. Encendí un cigarro y me quedé mirando el cielo como amanecía. Patético. Mi vida era patética en ese instante. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué me la estoy destrozando de esta manera? ¿Y por qué no puedo ser como Eli y sus amigas? Una persona normal, sin preocupaciones, o teniéndolas pero resolviéndolas de forma madura, no a base de drogas y alcohol. Estaba tan acostumbrada a vivir por eso que ya no recordaba que era solucionar los problemas como una persona con dos dedos de frente. Pero es que todo era demasiado difícil. En mi vida todo había sido demasiado difícil. Ya lo había intentado todo. Psicólogo, antidepresivos, salir con amigos normales, buscar alguna motivación en la vida… Y las drogas era lo único que me hacían sentir con vida. Pero ahora me estaban matando. Me estaba dando cuenta de que no estaba bien, de que estaba destrozando. “Tienes solamente veinte años, y mírate.” Me dije en un momento. “¿Este es el camino correcto?”
Maldita sea, estaba otra vez pensando. No. Tenía que alejar de mí estos pensamientos. No podía volver a la vida de antes. Me conocía demasiado. Sabía lo que iba a suceder si esto seguía así. Si dejaba ayudarme. Tampoco tenía la fuerza suficiente como para dejarlo. Tal vez un día o dos. Si. Un día o dos podría ser una persona normal, pero después volvería. Me conocía demasiado. Necesitaba algo. Necesitaba algo de inmediato. Me levanté sin pensármelo dos veces. Marqué diferentes números de móvil, pero nadie me lo cogía. ¡Maldita sea! Seguí caminando por la ciudad en busca de un after-hours abierto. No podía dejar más tiempo que mi cuerpo sintiera los síntomas de abstinencia. Me estaba deprimiendo. Necesitaba droga. ¡La necesito joder! Entonces fue cuando mi móvil sonó.
- ¿Sí? – contesté de inmediato.
- ¿Me has llamado antes? – reconocí la voz. Era David. Mi camello personal.
- Si. Si. Por favor, dime que tienes algo, que me puedes vender algo. – pregunté en el acto.
- Uhm… Déjame pensar. ¿Cuánto llevas encima?
- Maldita sea David, deja de jugar conmigo. ¿Dónde estás?
Después de que David me indicara donde estaba, fui hacía la parada de bus más cercana, había quedado con David en diez minutos y no quería esperara más tiempo así. Tal como estaba. Recordar era lo peor del mundo. Tener sentimientos también. ¿Para qué razón sentir si al final acabamos muriéndonos? Y si es dolor lo único que sientes, ¿para qué hacerlo? Si encuentras una solución viable a eso, hazlo. ¿Y qué es lo único que te hace olvidar cualquier preocupación? Las drogas. Sí. Esa era mi forma de vida ahora. Era la forma en la que lo veía todo claro y perfecto. Saber que iba a colocarme era la única motivación que tenía en ese momento. Genial. Todo era perfecto otra vez.
- ¿Cuántos días llevas sin comer?
- ¿Y qué importa? No lo sé. No lo cuento. – en el fondo si lo contaba. Llevaba cuatro días sin comer nada. Y eso me hacía feliz.
- Come algo.
- No me sienta bien. Será el calor. Estamos a principios de verano. Cuando recupere el apetito ya comeré.
Mi vida volvía a cobrar sentido. Llevaba un mes comiendo cada vez menos. Había adelgazado ocho kilos. Si dejaba de comer por completo aún perdía peso más rápido. Cuatro días sin comer. Perfecto, al día siguiente me permitiría comer algo a la hora de la comida. Comer, y no cenar. Para mantenerme con energía. Tenía ganas de todo. Había perdido una talla de pantalones, mi barriga estaba mucho más delgada, y yo me veía bien. Tenía ganas de salir, tenía ganas de conocer a gente. Por primera vez me sentía viva de nuevo. Comer. Que estupidez. Si así estaba consiguiendo lo que siempre había deseado. Las dietas no funcionaban, siempre acababa cediendo y al final volvía a comer como siempre. Le había prometido a ella que seguiría una dieta controlada, que me ayudaría. Pero, ¿qué importaba ahora que me había dejado? Si así yo era feliz. ¿Qué importaba? No necesitaba nada más. Así estaba bien. No podía contar con la ayuda de nadie, era algo que había aprendido en todo ese tiempo. No importa lo mucho que te digan que van a estar a tu lado. Que digan que te quieran. Que estupidez. Al final siempre tienes que hacer las cosas por ti mismo. Y ahora hacer esto era lo que yo creía correcto. Me daba igual lo que pensaran los demás.
Llegué al bar en el que David y yo habíamos quedado. Un bar apartado en los suburbios. En ese barrio que tanto odiaba pisar, pero qué importaba ahora. Sabía lo que quería. Encontré a David sentado en una de las mesas de fondo, hablando con unos tíos altos y cebados. Odiaba esa clase de gente. Pero David era uno de los pocos tíos de los cuales me fiaba para pillar. Él, y mis amigos okupas.
- Hola David. – dije mientras me sentaba a su lado.
- Bueno, ¿Cuánto tienes? – me preguntó de inmediato. - ¿Y qué quieres?
- Algo fuerte tío. Algo que haga efecto inmediato. – Apoyé mi cabeza contra mis manos, mientras pasaba de las miradas de esos desconocidos de ahí. – Lo que sea.
- Serán veinte. – dijo él.
- ¿Por pastilla? – chillé alzando la cabeza de nuevo. – Siento que me estás timando David, maldita sea. Cada vez te pasas más con los precios.
- Mira cariño. – se acercó a mí y me apretó contra su cuerpo, fuertemente. – Tú quieres colocarte a lo grande. Yo quiero pasta. Tú me la das. Yo te doy lo que quieres.
Me aparté de inmediato de su cuerpo. Saqué mi billetera y le extendí cabreada un billete de veinte. David cada vez se estaba pasando más. Se notaba que yo iba cada vez más necesitada, sabía que mi padre me daba dinero y me sableaba de la peor manera posible. Pero no podía hacer nada más. La otra gente no era de fiar, y a saber qué tipo de mierda iban a darme. Aunque David fuera un aprovechado sabía que de él podía sacar la mejor droga. En el fondo valía la pena. Cogí la mercancía, David me sonrió mientras se guardaba el billete y me fui.
Deambulé por la calle hasta que me hiciera el efecto. No hicieron falta muchos segundos para empezar a notarlo. Exaltación, euforia, felicidad. Sí. Por fin. Las ralladas se me iban de la cabeza. Volvía a tener ganas de todo. Chillé sola en medio de la calle y busqué algo que hacer. Ahora nada podía detenerme.
- Maldita cría. ¡Deja de hacer lo que quieres joder! – no dejaba de chillarme mientras me levantaba la mano. Tenía miedo. Sabía que iba a pegarme, pero no dudé ni un momento en alzarle la voz.
- ¡Tú no entiendes nada! ¡No sabes nada de mi vida! ¡Crees conocerme y te piensas que pegándome vas a solucionar algo! ¡Maldita sea! ¿A caso crees que puedes arreglar quince años de tu vida pegándome ahora?
Sentí mi cabeza golpearse contra mi armario. Había explotado. Intentaba contener mi llanto pero no pude. Mi padre se fue de la habitación. Sabía que se había sentido culpable en ese momento, pero me daba igual. Siempre hacía lo mismo. Era demasiado impulsivo, ahora sabía de quién había sacado yo esa impulsividad. Revelarme no serviría de nada. Me levanté y empecé a tirar todas las cosas de mi habitación. Rompí todos los posters de la pared, golpeé fuerte la puerta, le pegué patadas al ordenador y cada vez respiraba más fuerte. Estaba a punto de darme un ataque de pánico. Otra vez. Mi madre entró en mi habitación, me cogió, me sentó en la cama y me hizo tomar una de las pastillas que me había recetado el psiquiatra. Pero yo no podía dejar de chillar. No podía, estaba demasiado exaltada. Me cogió fuertemente para que me calmara, y ante la impotencia empecé a llorar. No podía dejar de hacerlo. Me estiró en la cama y yo lloraba. Lloraba, lloraba, mientras mi corazón por dentro se estaba muriendo. Todo era una mierda. Solamente quería morirme. No podía más. Estaba harta de esta situación. De que mi vida fuera igual siempre. De que durante años y años estuviese siguiendo una visita rutinaria de médicos, psicólogos y psiquiatras, sin saber la causa de mi depresión. ¿Por qué estaba así? ¿Por qué era imposible de hacerme mejorar? Algo no iba bien dentro de mi cabeza. Pero me daba todo igual. Solamente quería acabar con esto a lo que llamaban vida, no sentía que la estuviera viviendo. Me sentía tan muerta, tan vacía, tan sola… Tan inútil, viendo que todo el mundo era feliz, y yo quería ser como ellos, aún y así no me salía. Dentro de mí solo había dolor, dolor y más dolor. No podía cambiarlo. Me estaba entrando sueño. Me estaba durmiendo. Las pastillas empezaron a hacer efecto. Sentía como mi cuerpo se relajaba, como los latidos de mi corazón recobraban su velocidad. Cerré los ojos. Bien. Podía esperar. Podía seguir adelante un poco más. A ver como iría al siguiente día. Mal, por supuesto. Pero ahora no podía pensar en nada más. Tenía demasiado sueño.
Volví a mi casa para ducharme y cambiarme de ropa. Estaba exaltada, sí. Pero eso no era razón para ir sucia por la calle. Aún no tenía planes para hacer ese día pero no importaba. Estaba tan feliz en ese momento que incluso podría gritarle al mundo entero de que todo era perfecto. De que me alegraba de estar viva en ese instante.
- ¿Ahora llegas? – preguntó mi madre cuando me vio llegar. – Empiezo a estar harta de ti. Vienes cuando te da la gana. Te vas cuando te da la gana también.
- ¿Qué te importa? No como aquí. No duermo aquí. Sólo vengo a ducharme, nada más.
- Y si te mantienes con vida, ¿Cómo crees que es? Y si algún día no tienes lugar donde dormir, ¿dónde vas? Deja de ser tan egoísta y piensa un poco también en que no puedes estar haciendo siempre lo que te da la gana. No aportas nada.
- Tampoco me lo pides. Deja de quejarte por todo.
Cogí ropa de mi habitación y me encerré en el baño.
- ¡Cualquier día no vas a volver! ¡Tenlo por seguro! ¡Empieza a pensar por ti misma!
Hice caso omiso de sus palabras. Ahora mismo nada podía hundirme. Bien, ¿quería que me fuese? Ese no era ningún problema, podría seguir yendo a casa de mis amigos okupas. Sí. Tony seguro que estaría feliz de que me mudara con ellos. La verdad, también empezaba a estar harta de ver esa casa. Había demasiados recuerdos en ella. También era cierto que tenía que empezar a pensar en mi vida un poco, aunque sonaba bastante hipócrita viniendo de una persona que se pasaba el día colocada. Bien, no importa. Iría ahora después de ducharme a hablar con Tony, a ver que le parecía mi oferta. Irme con ellos a cambio de irles pagando con el dinero que mi padre me iba mandando. O con el dinero que conseguía jugando con Kate. O robando. Tenía diferentes opciones, y todas eran buenas. No tenía por qué seguir en esa casa más. Viviría como una persona sucia y desterrada pero, que importaba en ese momento. Mi vida ya no era normal. Nada de lo que hacía lo era. Podía llegar al último paso.
- Chris, ¡levanta! ¡Levanta por favor!
No veía nada. Escuchaba las palabras de Susan lejanas. Estaba en la playa, pero no sabía exactamente donde. En el suelo, si. Me estaba tragando arena pero no podía escupirla. No podía mover mi cuerpo como lo deseaba. Quería hablar, pero no sabía ni siquiera lo que tenía que decir. Sentía como Susan me golpeaba, sabía que lo hacía, pero no sentía sus manos en mi cuerpo. No sentía nada. El mundo se estaba desvaneciendo, y tenía miedo. Parecía como si todo se acabara en ese momento. La paz rodeó mis pensamientos en ese momento, paz, y a la vez miedo. No sabía que iba a pasar en esos momentos. Quería dormir, dormir y no despertar. Pero también quería decirle a Susan que estaba bien, que no se preocupara. Podría hacerlo más tarde, cuando se me hubiese pasado.
Empecé a vomitar. Susan me había metido los dedos en la garganta para que lo hiciera. No me dolía, sentía el ácido recorrer por mi cuello, pero no me dolía. Entonces empecé a verlo todo más claro. Me senté, y Susan me mojó el cuello con agua.
- ¿Estás mejor? – preguntó ella preocupada.
- Sí, creo que sí.
- Joder Chris, me habías asustado tía.
- Lo siento. No me había pasado nunca esto.
- Es la primera vez que bebes y fumas tanto, es normal, a mí también me ha pasado.
- No por eso vas a dejar de darme chocolate, ¿no? Cuando me sienta bien estoy genial. Es solo que ahora no sé que me ha pasado.
- Tranquila. Es normal, ya te lo he dicho. A mí también me ha pasado. Lo que pasa es que tu cuerpo no está acostumbrado, solo eso. La próxima vez contrólate un poco más.
Abracé a Susan y le di las gracias. Tal como había dicho ella, era normal esa situación. Por un momento había creído que iba a morirme, pero no lo había hecho. Me había dado cuenta de que aún no era mi hora. A pesar de todo lo que llevaba detrás, solamente tenía quince años recién cumplidos y tenía mucho por lo que seguir. Estaba bien beber y fumar de vez en cuando, pero esta vez iba a hacerlo con más precaución. No quería volver a dar estos sustos. No quería que volviera a sentarme mal. Quería pasármelo bien. Si no, ¿Qué sentido tenía hacer esto?
Sí, a partir de ese momento me iba a controlar más.
- ¿Por qué? ¿Pero por qué no? No puedes dejarme. – repetía una y otra vez entre llantos. Su mirada era fría, mis manos estaban temblando, no podía perderla ahora. – No puedes. Te quiero, me quieres, te necesito, me necesitas. No puedes hacer esto.
- Es lo mejor para las dos, esta relación no funciona. No voy a negarte que te amo, que eres importante para mí, pero no puede ser, ahora no. Quién sabe dentro de un tiempo, pero ahora mismo es imposible.
Me estaba dejando. No podía creérmelo aún. Después de todo lo que habíamos vivido juntas. Después de tanto tiempo a su lado, creyendo que jamás me dejaría. Yo le conté mis miedos, ella me contó los suyos, me había dicho incontables veces que sería incapaz de dejarme porque me necesitaba demasiado. Que yo era su mayor fuerza y que la estaba ayudando en todo. ¿Y ahora? Ahora todo se había acabado. No podía creérmelo.
- ¿Es algo que he hecho mal? ¿Te he decepcionado? – seguía en la cama, mientras todo el cuerpo me temblaba, no sabía que decir ni que hacer, no podía soportar esa situación, no podía creerme que esto se estuviera acabando.
- No cielo, no has hecho nada mal y lo sabes. Estoy bien contigo… pero ya sabes. Yo… no puedo seguir con esta relación. No tiene futuro. Algún día, cuando seamos mayores, mis padres van a preguntarme por qué no estoy con nadie. Por qué estoy siempre contigo, por qué no tengo ningún interés en seguir mi vida. Y entonces tendré que decírselo, pero no voy a hacerlo. Es que no puedo.
- Pero ya hemos hablado muchas veces de ello. Dijimos que dejaríamos que el tiempo pasara, y que ya se vería en un futuro.
- ¿Realmente estás bien así? ¿Tú crees que puedes seguir un futuro así? ¿Sin decírselo a nadie? No. No puede ser.
- Pero es que yo quiero estar contigo. Me da igual todo lo demás.
- Pues yo no puedo. Lo siento…
Mi pecho me dolía, sentía que me estaba muriendo. Quería desaparecer para siempre. No podía hacerle cambiar de opinión, otras veces ya habíamos tenido esa discusión, pero, jamás la había visto tan convencida. No podía… sentía que iba a desmayarme, la respiración no llegaba a mi cerebro. Todo era demasiado difícil.
- ¡Joder!
Me desperté. No recordaba dónde estaba. No reconocía ese lugar. La cabeza me daba vueltas. Había tenido alguna pesadilla pero al intentar recordarla no era capaz. Me dolía la cabeza. Sentía otra vez los síntomas de abstinencia, no debería haber dormido. Me levanté, busqué mi ropa mientras rondaba por la extraña habitación entre oscuras. Encontré mis pantalones y me los puse, luego mi camiseta.
- ¿Dónde vas? – después de escuchar esa voz recordé donde estaba. En casa de Eli.
- Ah, hola, siento haberte despertado. ¿Qué hora es? – pregunté descolocada.
- Uhm… las… - miró el reloj medio dormida. – 6 de la mañana. Pronto amanecerá. Nos hemos acostado hace poco rato, ¿Por qué no descansas?
- No necesito descansar, tengo que irme. – contesté de inmediato mientras me ponía los zapatos.
- Pero… ¿volveré a verte?
Me quedé unos segundos pensando. No sabía que decirle. Tenía ganas de volver a verla, sí. Pero también tenía muchas cosas que hacer siempre. Eli parecía una persona demasiado normal como para que fuera el tipo de chica con quién saliera más de una vez.
- No lo sé. ¿Quieres volver a verme tú? – pregunté mientras me expulsaba la ropa.
- Claro.
- Déjame tu móvil un momento. – dije mientras alzaba el brazo. Eli me lo extendió. Le escribí mi número y lo guardé en su agenda. – Aquí tienes. Llámame cuando quieras, pero no prometo contestar al momento, si me coges en buen momento, si. Tengo que irme.
- ¿No vas a besarme? – preguntó mientras se me quedaba mirando. Me quedé quieta unos segundos observando su rostro. Tenía la cara preciosa. Se la veía una chica sana, radiante de vida. No podía llevarla a mi mundo.
- Esto no ha sido nada serio, siento si te he hecho creer lo contrario.
Salí de su casa. Me destemplé. Fuera hacía mucho frío, y aunque llevara chaqueta seguía sintiéndolo. El efecto de las drogas se me había pasado, estaba volviendo a recordar, volviendo a sentir, volviendo a ser consciente de mis actos. Necesitaba algo otra vez. Cada vez se me pasaba más rápido el efecto. Pero eran las seis de la mañana, por ahí no había nada abierto. Tenía que encontrar un after-hours para beber algo o pillar algo, me había quedado sin nada. No me conocía nada ese barrio. Había pasado por ahí algunas veces, pero sin estar colocada ni nada era como estar en otro lugar. Las cosas las veía diferente y no sabía ubicarme con facilidad. Me senté, estaba cansada. Encendí un cigarro y me quedé mirando el cielo como amanecía. Patético. Mi vida era patética en ese instante. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué me la estoy destrozando de esta manera? ¿Y por qué no puedo ser como Eli y sus amigas? Una persona normal, sin preocupaciones, o teniéndolas pero resolviéndolas de forma madura, no a base de drogas y alcohol. Estaba tan acostumbrada a vivir por eso que ya no recordaba que era solucionar los problemas como una persona con dos dedos de frente. Pero es que todo era demasiado difícil. En mi vida todo había sido demasiado difícil. Ya lo había intentado todo. Psicólogo, antidepresivos, salir con amigos normales, buscar alguna motivación en la vida… Y las drogas era lo único que me hacían sentir con vida. Pero ahora me estaban matando. Me estaba dando cuenta de que no estaba bien, de que estaba destrozando. “Tienes solamente veinte años, y mírate.” Me dije en un momento. “¿Este es el camino correcto?”
Maldita sea, estaba otra vez pensando. No. Tenía que alejar de mí estos pensamientos. No podía volver a la vida de antes. Me conocía demasiado. Sabía lo que iba a suceder si esto seguía así. Si dejaba ayudarme. Tampoco tenía la fuerza suficiente como para dejarlo. Tal vez un día o dos. Si. Un día o dos podría ser una persona normal, pero después volvería. Me conocía demasiado. Necesitaba algo. Necesitaba algo de inmediato. Me levanté sin pensármelo dos veces. Marqué diferentes números de móvil, pero nadie me lo cogía. ¡Maldita sea! Seguí caminando por la ciudad en busca de un after-hours abierto. No podía dejar más tiempo que mi cuerpo sintiera los síntomas de abstinencia. Me estaba deprimiendo. Necesitaba droga. ¡La necesito joder! Entonces fue cuando mi móvil sonó.
- ¿Sí? – contesté de inmediato.
- ¿Me has llamado antes? – reconocí la voz. Era David. Mi camello personal.
- Si. Si. Por favor, dime que tienes algo, que me puedes vender algo. – pregunté en el acto.
- Uhm… Déjame pensar. ¿Cuánto llevas encima?
- Maldita sea David, deja de jugar conmigo. ¿Dónde estás?
Después de que David me indicara donde estaba, fui hacía la parada de bus más cercana, había quedado con David en diez minutos y no quería esperara más tiempo así. Tal como estaba. Recordar era lo peor del mundo. Tener sentimientos también. ¿Para qué razón sentir si al final acabamos muriéndonos? Y si es dolor lo único que sientes, ¿para qué hacerlo? Si encuentras una solución viable a eso, hazlo. ¿Y qué es lo único que te hace olvidar cualquier preocupación? Las drogas. Sí. Esa era mi forma de vida ahora. Era la forma en la que lo veía todo claro y perfecto. Saber que iba a colocarme era la única motivación que tenía en ese momento. Genial. Todo era perfecto otra vez.
- ¿Cuántos días llevas sin comer?
- ¿Y qué importa? No lo sé. No lo cuento. – en el fondo si lo contaba. Llevaba cuatro días sin comer nada. Y eso me hacía feliz.
- Come algo.
- No me sienta bien. Será el calor. Estamos a principios de verano. Cuando recupere el apetito ya comeré.
Mi vida volvía a cobrar sentido. Llevaba un mes comiendo cada vez menos. Había adelgazado ocho kilos. Si dejaba de comer por completo aún perdía peso más rápido. Cuatro días sin comer. Perfecto, al día siguiente me permitiría comer algo a la hora de la comida. Comer, y no cenar. Para mantenerme con energía. Tenía ganas de todo. Había perdido una talla de pantalones, mi barriga estaba mucho más delgada, y yo me veía bien. Tenía ganas de salir, tenía ganas de conocer a gente. Por primera vez me sentía viva de nuevo. Comer. Que estupidez. Si así estaba consiguiendo lo que siempre había deseado. Las dietas no funcionaban, siempre acababa cediendo y al final volvía a comer como siempre. Le había prometido a ella que seguiría una dieta controlada, que me ayudaría. Pero, ¿qué importaba ahora que me había dejado? Si así yo era feliz. ¿Qué importaba? No necesitaba nada más. Así estaba bien. No podía contar con la ayuda de nadie, era algo que había aprendido en todo ese tiempo. No importa lo mucho que te digan que van a estar a tu lado. Que digan que te quieran. Que estupidez. Al final siempre tienes que hacer las cosas por ti mismo. Y ahora hacer esto era lo que yo creía correcto. Me daba igual lo que pensaran los demás.
Llegué al bar en el que David y yo habíamos quedado. Un bar apartado en los suburbios. En ese barrio que tanto odiaba pisar, pero qué importaba ahora. Sabía lo que quería. Encontré a David sentado en una de las mesas de fondo, hablando con unos tíos altos y cebados. Odiaba esa clase de gente. Pero David era uno de los pocos tíos de los cuales me fiaba para pillar. Él, y mis amigos okupas.
- Hola David. – dije mientras me sentaba a su lado.
- Bueno, ¿Cuánto tienes? – me preguntó de inmediato. - ¿Y qué quieres?
- Algo fuerte tío. Algo que haga efecto inmediato. – Apoyé mi cabeza contra mis manos, mientras pasaba de las miradas de esos desconocidos de ahí. – Lo que sea.
- Serán veinte. – dijo él.
- ¿Por pastilla? – chillé alzando la cabeza de nuevo. – Siento que me estás timando David, maldita sea. Cada vez te pasas más con los precios.
- Mira cariño. – se acercó a mí y me apretó contra su cuerpo, fuertemente. – Tú quieres colocarte a lo grande. Yo quiero pasta. Tú me la das. Yo te doy lo que quieres.
Me aparté de inmediato de su cuerpo. Saqué mi billetera y le extendí cabreada un billete de veinte. David cada vez se estaba pasando más. Se notaba que yo iba cada vez más necesitada, sabía que mi padre me daba dinero y me sableaba de la peor manera posible. Pero no podía hacer nada más. La otra gente no era de fiar, y a saber qué tipo de mierda iban a darme. Aunque David fuera un aprovechado sabía que de él podía sacar la mejor droga. En el fondo valía la pena. Cogí la mercancía, David me sonrió mientras se guardaba el billete y me fui.
Deambulé por la calle hasta que me hiciera el efecto. No hicieron falta muchos segundos para empezar a notarlo. Exaltación, euforia, felicidad. Sí. Por fin. Las ralladas se me iban de la cabeza. Volvía a tener ganas de todo. Chillé sola en medio de la calle y busqué algo que hacer. Ahora nada podía detenerme.
- Maldita cría. ¡Deja de hacer lo que quieres joder! – no dejaba de chillarme mientras me levantaba la mano. Tenía miedo. Sabía que iba a pegarme, pero no dudé ni un momento en alzarle la voz.
- ¡Tú no entiendes nada! ¡No sabes nada de mi vida! ¡Crees conocerme y te piensas que pegándome vas a solucionar algo! ¡Maldita sea! ¿A caso crees que puedes arreglar quince años de tu vida pegándome ahora?
Sentí mi cabeza golpearse contra mi armario. Había explotado. Intentaba contener mi llanto pero no pude. Mi padre se fue de la habitación. Sabía que se había sentido culpable en ese momento, pero me daba igual. Siempre hacía lo mismo. Era demasiado impulsivo, ahora sabía de quién había sacado yo esa impulsividad. Revelarme no serviría de nada. Me levanté y empecé a tirar todas las cosas de mi habitación. Rompí todos los posters de la pared, golpeé fuerte la puerta, le pegué patadas al ordenador y cada vez respiraba más fuerte. Estaba a punto de darme un ataque de pánico. Otra vez. Mi madre entró en mi habitación, me cogió, me sentó en la cama y me hizo tomar una de las pastillas que me había recetado el psiquiatra. Pero yo no podía dejar de chillar. No podía, estaba demasiado exaltada. Me cogió fuertemente para que me calmara, y ante la impotencia empecé a llorar. No podía dejar de hacerlo. Me estiró en la cama y yo lloraba. Lloraba, lloraba, mientras mi corazón por dentro se estaba muriendo. Todo era una mierda. Solamente quería morirme. No podía más. Estaba harta de esta situación. De que mi vida fuera igual siempre. De que durante años y años estuviese siguiendo una visita rutinaria de médicos, psicólogos y psiquiatras, sin saber la causa de mi depresión. ¿Por qué estaba así? ¿Por qué era imposible de hacerme mejorar? Algo no iba bien dentro de mi cabeza. Pero me daba todo igual. Solamente quería acabar con esto a lo que llamaban vida, no sentía que la estuviera viviendo. Me sentía tan muerta, tan vacía, tan sola… Tan inútil, viendo que todo el mundo era feliz, y yo quería ser como ellos, aún y así no me salía. Dentro de mí solo había dolor, dolor y más dolor. No podía cambiarlo. Me estaba entrando sueño. Me estaba durmiendo. Las pastillas empezaron a hacer efecto. Sentía como mi cuerpo se relajaba, como los latidos de mi corazón recobraban su velocidad. Cerré los ojos. Bien. Podía esperar. Podía seguir adelante un poco más. A ver como iría al siguiente día. Mal, por supuesto. Pero ahora no podía pensar en nada más. Tenía demasiado sueño.
Volví a mi casa para ducharme y cambiarme de ropa. Estaba exaltada, sí. Pero eso no era razón para ir sucia por la calle. Aún no tenía planes para hacer ese día pero no importaba. Estaba tan feliz en ese momento que incluso podría gritarle al mundo entero de que todo era perfecto. De que me alegraba de estar viva en ese instante.
- ¿Ahora llegas? – preguntó mi madre cuando me vio llegar. – Empiezo a estar harta de ti. Vienes cuando te da la gana. Te vas cuando te da la gana también.
- ¿Qué te importa? No como aquí. No duermo aquí. Sólo vengo a ducharme, nada más.
- Y si te mantienes con vida, ¿Cómo crees que es? Y si algún día no tienes lugar donde dormir, ¿dónde vas? Deja de ser tan egoísta y piensa un poco también en que no puedes estar haciendo siempre lo que te da la gana. No aportas nada.
- Tampoco me lo pides. Deja de quejarte por todo.
Cogí ropa de mi habitación y me encerré en el baño.
- ¡Cualquier día no vas a volver! ¡Tenlo por seguro! ¡Empieza a pensar por ti misma!
Hice caso omiso de sus palabras. Ahora mismo nada podía hundirme. Bien, ¿quería que me fuese? Ese no era ningún problema, podría seguir yendo a casa de mis amigos okupas. Sí. Tony seguro que estaría feliz de que me mudara con ellos. La verdad, también empezaba a estar harta de ver esa casa. Había demasiados recuerdos en ella. También era cierto que tenía que empezar a pensar en mi vida un poco, aunque sonaba bastante hipócrita viniendo de una persona que se pasaba el día colocada. Bien, no importa. Iría ahora después de ducharme a hablar con Tony, a ver que le parecía mi oferta. Irme con ellos a cambio de irles pagando con el dinero que mi padre me iba mandando. O con el dinero que conseguía jugando con Kate. O robando. Tenía diferentes opciones, y todas eran buenas. No tenía por qué seguir en esa casa más. Viviría como una persona sucia y desterrada pero, que importaba en ese momento. Mi vida ya no era normal. Nada de lo que hacía lo era. Podía llegar al último paso.
- Chris, ¡levanta! ¡Levanta por favor!
No veía nada. Escuchaba las palabras de Susan lejanas. Estaba en la playa, pero no sabía exactamente donde. En el suelo, si. Me estaba tragando arena pero no podía escupirla. No podía mover mi cuerpo como lo deseaba. Quería hablar, pero no sabía ni siquiera lo que tenía que decir. Sentía como Susan me golpeaba, sabía que lo hacía, pero no sentía sus manos en mi cuerpo. No sentía nada. El mundo se estaba desvaneciendo, y tenía miedo. Parecía como si todo se acabara en ese momento. La paz rodeó mis pensamientos en ese momento, paz, y a la vez miedo. No sabía que iba a pasar en esos momentos. Quería dormir, dormir y no despertar. Pero también quería decirle a Susan que estaba bien, que no se preocupara. Podría hacerlo más tarde, cuando se me hubiese pasado.
Empecé a vomitar. Susan me había metido los dedos en la garganta para que lo hiciera. No me dolía, sentía el ácido recorrer por mi cuello, pero no me dolía. Entonces empecé a verlo todo más claro. Me senté, y Susan me mojó el cuello con agua.
- ¿Estás mejor? – preguntó ella preocupada.
- Sí, creo que sí.
- Joder Chris, me habías asustado tía.
- Lo siento. No me había pasado nunca esto.
- Es la primera vez que bebes y fumas tanto, es normal, a mí también me ha pasado.
- No por eso vas a dejar de darme chocolate, ¿no? Cuando me sienta bien estoy genial. Es solo que ahora no sé que me ha pasado.
- Tranquila. Es normal, ya te lo he dicho. A mí también me ha pasado. Lo que pasa es que tu cuerpo no está acostumbrado, solo eso. La próxima vez contrólate un poco más.
Abracé a Susan y le di las gracias. Tal como había dicho ella, era normal esa situación. Por un momento había creído que iba a morirme, pero no lo había hecho. Me había dado cuenta de que aún no era mi hora. A pesar de todo lo que llevaba detrás, solamente tenía quince años recién cumplidos y tenía mucho por lo que seguir. Estaba bien beber y fumar de vez en cuando, pero esta vez iba a hacerlo con más precaución. No quería volver a dar estos sustos. No quería que volviera a sentarme mal. Quería pasármelo bien. Si no, ¿Qué sentido tenía hacer esto?
Sí, a partir de ese momento me iba a controlar más.
Capitulo 3
No entiendo por qué razón estoy aquí encerrada. No entiendo qué es lo que quieren de mí. Sé que estoy mal, sino no hubiera intentado suicidarme tantas veces. Sino no hubiera tomado eso para dejar de sentir. Pero, ¿a caso pueden ayudarme si ni siquiera dicen por qué estoy aquí encerrada? No tengo libertad, todo es demasiado extraño. Me siento como un animal preso en una jaula, obligada a comer las horas que tocan, comida incomible. Salir fuera cuando te lo piden, esas pocas horas de libertad que ni siquiera se puede mantener contacto físico con alguien. Un simple abrazo, y te apartan de esa persona. Un gesto extraño, y te toman por loco. No se puede hacer nada sin estar bajo vigilancia. La gente que está aquí encerrada conmigo miran de forma extraña, los médicos nos observan incansablemente esperando a que hagamos alguna locura para cogernos y encerrarnos en nuestra habitación. Ahora estoy en ella. No tengo ningún compañero, pero hay una cama al lado. Hay cámaras en la habitación, un pequeño baño, y la puerta está cerrada con llave. Al lado de la cama tengo un interruptor, por si necesito alguna cosa. ¿Qué necesito estando aquí encerrada? Las horas pasan, y no tengo ganas de nada, pensar… sólo puedo pensar. No puedo escribir, aunque me gustaría hacerlo, si escribo, si dejo saber qué es lo que pasa por mi mente van a leerlo y cuando más vean que estoy mal, más tiempo estaré aquí. Tengo que hacer algo para salir.
- ¿Cómo estás? – la psicóloga me miró con esa mirada de superioridad, esperando que le contase lo que me pasaba por la cabeza, sin saber lo que responder.
- Bien. – dije al fin.
- Estos días estás más calmada, vamos a dejarte ver a tus padres en el tiempo libre si sigues así.
- Genial.
- Seguirás tomando la medicación que tenías puesta, tal vez aumentamos un poco la dosis, nada más.
- De acuerdo.
Cuando vi a Kate me dio la impresión de que hacía días que no nos veíamos, aunque esa sensación era normal en mí. Todo lo que me rodeaba siempre era extraño, no sabía nada de la realidad, y tampoco quería pensar en ello. Me provocaba dolor de cabeza.
- Tengo un buen presentimiento, hoy vamos a ganar mucha pasta Chris. – dijo entusiasmada mientras me pasaba el brazo por el hombro.
- Siempre dices lo mismo, y al principio va bien, hasta que te pasas y lo acabas perdiendo todo.
- No Chris. Bueno, tienes razón, pero tengo autocontrol, ¿sabes? Esto es divertido, pero no estoy enferma, no soy ludópata. Puedo vivir perfectamente sin jugar, es sólo que… Hacerlo me divierte. Ganar dinero me divierte. Apostar me divierte. Y la vida es demasiado aburrida como para no hacer estas cosas. Si pierdo, pues bueno, si gano es genial.
- Lo que tú digas, Kate. – contesté sin reprocharle. Sabía perfectamente que cuando alguien no acepta que tiene un problema no importa cuánto trates de hacerle ver que así es, no lo verá.
- ¿Te han dado algo?
- Heroína.
- Pero si odias pincharte.
- Lo sé, pero me da igual.
- La chica de ayer me pidió tu número de móvil. – dijo Kate cambiando de tema.
- ¿Y se lo diste?
- No, dije que no llevaba el mío encima, la has perdido.
- No importa.
En el fondo esperaba que se lo hubiera dado, un sentimiento de culpa me recorrió por las venas. Esa pequeña esperanza de ser comprendida algún día por alguien aún hacía efecto en mi interior, por más que tratara de alejarla. En parte sabía que era mejor así, lo que había hecho Kate, por otra, deseaba que las cosas cambiaran. Pero no hacía nada para que fuera así. “No importa” me repetía siempre una y otra vez, pero en el fondo sí que me importaba.
A veces el camino más fácil es el más difícil de llevar, aunque visto desde fuera parezca egoísta e infantil. Alejarte de tus impulsos, hacer todo lo contrario que te dicta el corazón, aunque parezca que hacer caso a la razón y no a lo que sientes es lo más sencillo, es más complicado de lo que aparenta ser. Pero no quería pensar en eso, no, de ningún modo. Hacía demasiado tiempo que intentaba alejar cualquier sentimiento de culpabilidad de rechazo y de impulsividad, por ahora me iba bien así. Sí, va bien, todo va bien.
- ¿No te llevas bien con los compañeros de tu clase?
- Sí, estoy bien con ellos.
- Entonces, ¿por qué te sientes mal?
- No lo sé. No estoy mal.
Me costaba entender por qué mi madre me había llevado al psicólogo. Tengo nueve años, y los niños no tienen por qué ir ahí. ¿Sentirse solo? Supongo que es algo normal. ¿Querer que te presten atención? También. No entiendo por qué malgasto mi tiempo en estas visitas. Bueno, al menos no tengo que ir a clase. Toda la mañana perdida, eso es bueno. ¿Mamá quiere que no estudie? No, no creo que sea eso. Pero no entiendo a esta mujer. No entiendo sus preguntas, no entiendo nada de nada. Sólo sé lo que me dicen en el médico. Análisis de sangre, hablan con mi madre de cosas que no logro entender, me intentan enseñar que es lo que tengo pero no los entiendo. Hago ver que sí, para que me dejen en paz. A veces me pregunto si soy diferente a todos los demás, yo me veo igual. Distinta, pero igual. Me gusta acompañar a mis amigos a sus casas al salir de clase. Jugar a las canicas, hacer colecciones de cromos, mirar la televisión, merendar un bocadillo con chocolate. Soy normal. Entonces, ¿por qué voy aquí? Si al menos me lo explicaran podría decir cómo me siento, pero no me dicen nada. Bueno, tendré que hacer lo que dice mi madre, así me dejan en paz.
- Estás aquí para que te ayudemos. – me dijo la psicóloga como si hubiera leído mis pensamientos. – Solo me tienes que contar lo que te pasa.
- Es que no me pasa nada. Estoy bien. Bueno, discuto con mis padres a veces. Las chicas las veo estúpidas, me llevo mejor con los chicos. Estoy mejor con ellos. Pero por todo lo demás va bien.
La psicóloga escribía sin parar todo lo que decía en un papel. Intentaba leer su letra, había cosas que yo no decía, como si mis palabras las convirtiera en razones de comportamiento. Yo hago esto, pues esta chica tiene esto. No lo entiendo, simplemente, no lo entiendo.
- ¡Corre Chris! - me chillaba Kate a unos metros de mí. - ¡Corre!
- Maldita sea Kate, ¡otra vez!
Chris había ganado una fortuna apostando, pero en la última jugada lo había perdido todo, me hizo una señal de las suyas, cogió todo el dinero, me cogió de la mano y empezó a correr. No era la primera vez que pasaba, cuando Kate se pasaba apostando, al principio todo iba genial, hasta la última jugada, ahí lo perdía todo. Los de seguridad intentaban alcanzarlos, pero Kate y yo corríamos demasiado como para que lo lograsen. Por suerte, era un casino al que no habíamos pisado nunca. Kate lo tenía planeado ya, sabía que esto iba a pasar. Sólo iba a los de siempre cuando tenía la mente clara, pero antes de ir se había tomado una pastilla de éxtasis por lo que estaba de lo más exaltada y quería apostar por todo lo grande. Cuando llevábamos un rato corriendo y los de seguridad dejaron de perseguirnos, se tiró al suelo, chillando.
- ¡Lo hemos conseguido Chris! ¡Estamos forradas! – decía sin parar de chillar. – Te lo he dicho, hoy tenía un buen presentimiento, toma, lo que me diste ayer.
- Dios mío Kate, cualquier día vas a hacer que nos maten. – dije con dificultad, después de correr tanto. - ¡Estás loca!
- Loca, si, ¡pero forrada!
Kate no paraba de reírse, y cuando se me pasó la preocupación me empecé a reír yo también. No podíamos dejar de hacerlo, entre la adrenalina de casi ser pilladas, de haber ganado un montón de dinero y las drogas, parecía como si estuviésemos en el cielo. Eso era genial. Ahora ya no me preocupaba lo mal que lo había pasado el día anterior, esa era la mejor sensación. Reír sin preocupaciones, como si el pasado se desvaneciese para siempre, aunque en el fondo tenía miedo. Tenía miedo porqué no sabía cuánto tiempo duraría, la droga hacía que mantuviese esas ganas, pero cada vez más necesitaba más dosis para sentirme igual. “No importa” me seguía repitiendo, intentar olvidar era la mejor opción.
“No sé cuantos días llevo aquí. Sin salir de casa, me da demasiado miedo salir de ella. Solamente tengo ganas de llorar, no quiero ver a nadie. Me da igual si me ven así o no, ya nada me importa. Los momentos en los que siento calma son los que más aprecio, por qué no sé cuánto tiempo durará. Ahora en mi cama escucho canciones depresivas una y otra vez. Tengo que encontrar de nueva, ya no me hacen sentir como me hacían sentir antes. Oh dios, cada vez es más difícil sentirme a gusto. Tengo miedo, mucho miedo. Solamente quiero desaparecer, pero siempre fracaso en el intento. No sé cómo me lo hago que siempre que trato de suicidarme acaban por pillarme, o no lo consigo. Me he cortado los brazos tantas veces que me da asco mirarlo. Pero no me desangro, no consigo desangrarme. Tal vez en el fondo me dé miedo morir. Es que no quiero morirme, sólo quiero que este dolor desaparezca. Mi incansable esperanza me dice una y otra vez que esto va a pasar, que llegará algo o alguien que me saque de este pozo sin fondo dónde llevo tantos años escondida, aunque no dejen de pasarme cosas malas. Sé que debo seguir adelante, pero, ¿hacía donde? Cada vez se me pasan las ganas de todo, no quiero luchar, no quiero hacer nada… Quedarme en la cama mientras escucho música, es lo único que quiero. El tiempo parece detenerse en mi interior, ni siquiera sé en qué día estamos. No me importa. No entiendo lo que me sucede…”
Estas son las cosas que escribo en mi libreta cada noche cuando no puedo dormir. Llena de escritos, de pensamientos míos, alivian este dolor un poco, es una forma de desahogarme. Nadie entiende mis palabras. Cuando soy capaz de enseñárselo a alguien me miran con cara de desaprobación, como diciendo que estoy loca, pero no es culpa mía. Sé que no es mi culpa, yo no quiero sentirme así. Pero en el fondo lo entiendo. Entiendo que la gente que me quiere no me quiera ver así, pero es imposible… Es imposible levantar cabeza cuando todo lo veo tan oscuro. Y odio, odio sentirme así. Ojalá hubiera algo que me hiciera ver las cosas de distinto modo… Esta noche tal vez llamaré a Susan. Sí, hace tiempo que no sé de ella. Tal vez tenga porros o algo de alcohol, eso siempre sienta bien.
- No deberías haberte ido ayer. – dijo Kate después de un rato mientras íbamos andando hacía ningún lugar.
- ¿Por?
- La chica de ayer, parecía maja. Cuando te fuiste se veía que tenía interés en ti. – explico entre risas.
- ¿Y por qué no le diste mi número de móvil?
- Pensé que como te fuiste no tenías ningún interés en ella Chris. Yo que sé, no te entiendo a veces.
- Bueno, seguro que sólo quería lio y ya está. Como siempre. Que importa, ya habrá otra. – contesté mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía. – No importa.
- En el fondo te importa.
- ¿Y tú que sabes?
- Siempre haces lo mismo cuando te importa algo en el fondo. Sacas tu cigarro, y dices que no te importa.
- Bah, a veces odio que me conozcas tanto. – suspiré mientras sacudía la cabeza.
- No te creas, llevamos mucho tiempo conociéndonos. Sé lo que piensas con algunos de tus movimientos, eso es normal, pero hay veces que… No entiendo por qué haces algunas de las cosas que haces.
- Bueno. ¿Quieres que salgamos esta noche?
- Si no te vas, sí.
- Perfecto.
Me despedí de Kate para ir a mi casa a arreglarme. Esta noche si quería salir, quería pasármelo bien. El hecho de que nos hubiésemos forrado esa tarde había sido como un subidón de algo, y quería aprovecharlo.
Susan y yo íbamos andando sin rumbo, hablando de nuestras cosas. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y fue agradable ver a alguien conocido después de mucho tiempo sin salir de casa. Le conté todo lo que me había pasado en ese tiempo, ella me escuchaba, sin saber que decir.
- Entonces, ¿te va bien el psicólogo? – me preguntó mientras sacaba el paquete de tabaco y me ofrecía un cigarro.
- Si bueno, supongo. – contesté vacilando. – hace tiempo que no fumo.
- No te estoy obligando, si no quieres.
- Si que quiero. – cogí el cigarro sin pensármelo, Susan sacó su mechero y me lo encendió. – estoy cansada de hacer las cosas por lo bien, enserio. No sé, me lo pasaba mejor cuando iba contigo.
- Entonces, vuelve. Soy tu amiga, lo que necesites y pueda dártelo te lo doy.
- Gracias Susan.
- Mira, esto es para ti, regalo de bienvenida. – De otro bolsillo sacó una pieza envuelta en papel de plata. Era chocolate. Unos diez euros.
- ¿Estás segura? – pregunté con felicidad.
- Pues claro, necesitas animar un poco esa cara joder. Deja de encerrarte en casa y sal maldita sea.
Sonreí a Susan. Sabía que ella quería verme bien, y siempre lo conseguía.
- ¡Kate! – chillé corriendo hacía ella. – ¡Joder cuanto tiempo! Necesitaba verte ya.
- Hombre, por fin alegras esa cara joder. ¡Por fin vuelves a ser tú! – se me acercó y me abrazó fuertemente. – Vamos, hoy si que vamos a disfrutar.
- ¡Fiesta!
Rodeé los hombros de Kate mientras no dejaba de reírme y hablar con ella de todo tipo de cosas. Nos dirigíamos a la discoteca que solíamos ir, dispuestas a pasárnoslo en grande. Ahí estaba yo, sin saber dónde estaba exactamente, sabía la ubicación, pero no por dónde andaba. Algo extraño, pero genial. Así, así es como me gustaba sentirme, así es como disfrutaba de la vida. Ahí, junto mi mejor amiga, con un colocón que me había sentado de puta madre. Perfección. Si, la perfección era lo mejor, y aunque a veces costara de conseguirla, cuando lo hacía me sentía la mejor persona del mundo.
Entramos pagando la entrada, el lugar ya estaba repleto de gente. Borrachos, pastilleros, fumetas, y alguno que otro parecía estar bien, sano, sin tomar nada. Antes de ponerme a bailar me encendí un cigarro y empecé a observar la gente que me rodeaba. Ahora todo lo veía diferente como la anterior noche. Ahora veía las caras radiantes de felicidad, exaltación saliendo por los poros de todo el mundo. Y empecé a bailar. Cogí a Kate de la mano y bailábamos al ritmo de la música. Entonces sentí como alguien me daba golpecitos en el brazo.
- Hola Chris. – era ella. Eli. La chica que me había encontrado la noche pasada.
- Ah ostras, ¡hola! – me acerqué a ella, la cogí de un hombro y le di dos besos. – Siento haberme ido ayer. ¿Cómo te va?
- No pasa nada mujer, a veces este sitio carga un poco. -. Contestó ella. – Pues aquí, ya me ves, mis amigas me han convencido de salir otra vez.
Alcé la mirada para ver hacía dónde señalaba Eli. Parecía un grupo de chicas bastante inocentes, gente normal. Bebía cuando salía pero nada más, luego los veías tan tranquilos cada uno en sus casas, hablando de lo que ha sucedido durante el día, de la gente que han conocido, o criticando a alguien. Vaya, lo que se dice normalidad.
- Bien, bien. Yo también salgo con Kate. – la cogí y la acerqué a nosotras.
- ¡Buenas! – chilló Kate dándole también dos besos a Eli. - ¿Qué tal todo?
- Veo que hoy si os lo estáis pasando bien. – afirmó con una sonrisa. – Bueno, entonces os dejo aquí bailando chicas.
- No mujer, quédate si quieres. Quédate conmigo. – dejé de bailar un instante, la cogí de la cintura y le di un beso. - ¿Te hace?
Eli se quedó boquiabierta de mi reacción. Sonrió, y siguió a mi lado. Kate empezó a reírse, y se fue de un lado para otro en busca de más diversión. Yo me quedé junto a Eli, y nos quedamos mirando. Una frente a la otra. Sonreía. Le acariciaba el pelo. Le pasaba la mano por el cuello. Me acerqué a ella y empezamos a besarnos. Ahí estaba, yo, otra vez. No quería pensar en nada más que en eso, en pasármelo en grande, haciendo lo que me apetecía hacer sin pensármelo.
Pasé la noche junto a Eli. Kate se quedó ahí bailando, mientras me dijo que me fuese. Eli se dirigió a sus amigas y se despidió, mientras ellas le hacían una mirada coqueta. Salimos de la discoteca y empezamos a vagar por las calles, ella estaba callada, mientras yo hablaba por los codos. Corríamos por las calles, cruzando sin mirar, chillando a los coches que hacían sonar el claxon y riéndonos de todo. Nos detuvimos frente un portal, era su casa.
- ¿Quieres subir? – me preguntó tímidamente.
- No hace falta que me lo digas dos veces. – Me acerqué y volví a besarla.
Pasé la noche junto a ella. Ahí me sentía bien. No sabía si era efecto de las drogas o porqué estaba bien con ella. No quería dar vueltas ahora al tema, simplemente permanecer ahí.
- ¿Cómo estás? – la psicóloga me miró con esa mirada de superioridad, esperando que le contase lo que me pasaba por la cabeza, sin saber lo que responder.
- Bien. – dije al fin.
- Estos días estás más calmada, vamos a dejarte ver a tus padres en el tiempo libre si sigues así.
- Genial.
- Seguirás tomando la medicación que tenías puesta, tal vez aumentamos un poco la dosis, nada más.
- De acuerdo.
Cuando vi a Kate me dio la impresión de que hacía días que no nos veíamos, aunque esa sensación era normal en mí. Todo lo que me rodeaba siempre era extraño, no sabía nada de la realidad, y tampoco quería pensar en ello. Me provocaba dolor de cabeza.
- Tengo un buen presentimiento, hoy vamos a ganar mucha pasta Chris. – dijo entusiasmada mientras me pasaba el brazo por el hombro.
- Siempre dices lo mismo, y al principio va bien, hasta que te pasas y lo acabas perdiendo todo.
- No Chris. Bueno, tienes razón, pero tengo autocontrol, ¿sabes? Esto es divertido, pero no estoy enferma, no soy ludópata. Puedo vivir perfectamente sin jugar, es sólo que… Hacerlo me divierte. Ganar dinero me divierte. Apostar me divierte. Y la vida es demasiado aburrida como para no hacer estas cosas. Si pierdo, pues bueno, si gano es genial.
- Lo que tú digas, Kate. – contesté sin reprocharle. Sabía perfectamente que cuando alguien no acepta que tiene un problema no importa cuánto trates de hacerle ver que así es, no lo verá.
- ¿Te han dado algo?
- Heroína.
- Pero si odias pincharte.
- Lo sé, pero me da igual.
- La chica de ayer me pidió tu número de móvil. – dijo Kate cambiando de tema.
- ¿Y se lo diste?
- No, dije que no llevaba el mío encima, la has perdido.
- No importa.
En el fondo esperaba que se lo hubiera dado, un sentimiento de culpa me recorrió por las venas. Esa pequeña esperanza de ser comprendida algún día por alguien aún hacía efecto en mi interior, por más que tratara de alejarla. En parte sabía que era mejor así, lo que había hecho Kate, por otra, deseaba que las cosas cambiaran. Pero no hacía nada para que fuera así. “No importa” me repetía siempre una y otra vez, pero en el fondo sí que me importaba.
A veces el camino más fácil es el más difícil de llevar, aunque visto desde fuera parezca egoísta e infantil. Alejarte de tus impulsos, hacer todo lo contrario que te dicta el corazón, aunque parezca que hacer caso a la razón y no a lo que sientes es lo más sencillo, es más complicado de lo que aparenta ser. Pero no quería pensar en eso, no, de ningún modo. Hacía demasiado tiempo que intentaba alejar cualquier sentimiento de culpabilidad de rechazo y de impulsividad, por ahora me iba bien así. Sí, va bien, todo va bien.
- ¿No te llevas bien con los compañeros de tu clase?
- Sí, estoy bien con ellos.
- Entonces, ¿por qué te sientes mal?
- No lo sé. No estoy mal.
Me costaba entender por qué mi madre me había llevado al psicólogo. Tengo nueve años, y los niños no tienen por qué ir ahí. ¿Sentirse solo? Supongo que es algo normal. ¿Querer que te presten atención? También. No entiendo por qué malgasto mi tiempo en estas visitas. Bueno, al menos no tengo que ir a clase. Toda la mañana perdida, eso es bueno. ¿Mamá quiere que no estudie? No, no creo que sea eso. Pero no entiendo a esta mujer. No entiendo sus preguntas, no entiendo nada de nada. Sólo sé lo que me dicen en el médico. Análisis de sangre, hablan con mi madre de cosas que no logro entender, me intentan enseñar que es lo que tengo pero no los entiendo. Hago ver que sí, para que me dejen en paz. A veces me pregunto si soy diferente a todos los demás, yo me veo igual. Distinta, pero igual. Me gusta acompañar a mis amigos a sus casas al salir de clase. Jugar a las canicas, hacer colecciones de cromos, mirar la televisión, merendar un bocadillo con chocolate. Soy normal. Entonces, ¿por qué voy aquí? Si al menos me lo explicaran podría decir cómo me siento, pero no me dicen nada. Bueno, tendré que hacer lo que dice mi madre, así me dejan en paz.
- Estás aquí para que te ayudemos. – me dijo la psicóloga como si hubiera leído mis pensamientos. – Solo me tienes que contar lo que te pasa.
- Es que no me pasa nada. Estoy bien. Bueno, discuto con mis padres a veces. Las chicas las veo estúpidas, me llevo mejor con los chicos. Estoy mejor con ellos. Pero por todo lo demás va bien.
La psicóloga escribía sin parar todo lo que decía en un papel. Intentaba leer su letra, había cosas que yo no decía, como si mis palabras las convirtiera en razones de comportamiento. Yo hago esto, pues esta chica tiene esto. No lo entiendo, simplemente, no lo entiendo.
- ¡Corre Chris! - me chillaba Kate a unos metros de mí. - ¡Corre!
- Maldita sea Kate, ¡otra vez!
Chris había ganado una fortuna apostando, pero en la última jugada lo había perdido todo, me hizo una señal de las suyas, cogió todo el dinero, me cogió de la mano y empezó a correr. No era la primera vez que pasaba, cuando Kate se pasaba apostando, al principio todo iba genial, hasta la última jugada, ahí lo perdía todo. Los de seguridad intentaban alcanzarlos, pero Kate y yo corríamos demasiado como para que lo lograsen. Por suerte, era un casino al que no habíamos pisado nunca. Kate lo tenía planeado ya, sabía que esto iba a pasar. Sólo iba a los de siempre cuando tenía la mente clara, pero antes de ir se había tomado una pastilla de éxtasis por lo que estaba de lo más exaltada y quería apostar por todo lo grande. Cuando llevábamos un rato corriendo y los de seguridad dejaron de perseguirnos, se tiró al suelo, chillando.
- ¡Lo hemos conseguido Chris! ¡Estamos forradas! – decía sin parar de chillar. – Te lo he dicho, hoy tenía un buen presentimiento, toma, lo que me diste ayer.
- Dios mío Kate, cualquier día vas a hacer que nos maten. – dije con dificultad, después de correr tanto. - ¡Estás loca!
- Loca, si, ¡pero forrada!
Kate no paraba de reírse, y cuando se me pasó la preocupación me empecé a reír yo también. No podíamos dejar de hacerlo, entre la adrenalina de casi ser pilladas, de haber ganado un montón de dinero y las drogas, parecía como si estuviésemos en el cielo. Eso era genial. Ahora ya no me preocupaba lo mal que lo había pasado el día anterior, esa era la mejor sensación. Reír sin preocupaciones, como si el pasado se desvaneciese para siempre, aunque en el fondo tenía miedo. Tenía miedo porqué no sabía cuánto tiempo duraría, la droga hacía que mantuviese esas ganas, pero cada vez más necesitaba más dosis para sentirme igual. “No importa” me seguía repitiendo, intentar olvidar era la mejor opción.
“No sé cuantos días llevo aquí. Sin salir de casa, me da demasiado miedo salir de ella. Solamente tengo ganas de llorar, no quiero ver a nadie. Me da igual si me ven así o no, ya nada me importa. Los momentos en los que siento calma son los que más aprecio, por qué no sé cuánto tiempo durará. Ahora en mi cama escucho canciones depresivas una y otra vez. Tengo que encontrar de nueva, ya no me hacen sentir como me hacían sentir antes. Oh dios, cada vez es más difícil sentirme a gusto. Tengo miedo, mucho miedo. Solamente quiero desaparecer, pero siempre fracaso en el intento. No sé cómo me lo hago que siempre que trato de suicidarme acaban por pillarme, o no lo consigo. Me he cortado los brazos tantas veces que me da asco mirarlo. Pero no me desangro, no consigo desangrarme. Tal vez en el fondo me dé miedo morir. Es que no quiero morirme, sólo quiero que este dolor desaparezca. Mi incansable esperanza me dice una y otra vez que esto va a pasar, que llegará algo o alguien que me saque de este pozo sin fondo dónde llevo tantos años escondida, aunque no dejen de pasarme cosas malas. Sé que debo seguir adelante, pero, ¿hacía donde? Cada vez se me pasan las ganas de todo, no quiero luchar, no quiero hacer nada… Quedarme en la cama mientras escucho música, es lo único que quiero. El tiempo parece detenerse en mi interior, ni siquiera sé en qué día estamos. No me importa. No entiendo lo que me sucede…”
Estas son las cosas que escribo en mi libreta cada noche cuando no puedo dormir. Llena de escritos, de pensamientos míos, alivian este dolor un poco, es una forma de desahogarme. Nadie entiende mis palabras. Cuando soy capaz de enseñárselo a alguien me miran con cara de desaprobación, como diciendo que estoy loca, pero no es culpa mía. Sé que no es mi culpa, yo no quiero sentirme así. Pero en el fondo lo entiendo. Entiendo que la gente que me quiere no me quiera ver así, pero es imposible… Es imposible levantar cabeza cuando todo lo veo tan oscuro. Y odio, odio sentirme así. Ojalá hubiera algo que me hiciera ver las cosas de distinto modo… Esta noche tal vez llamaré a Susan. Sí, hace tiempo que no sé de ella. Tal vez tenga porros o algo de alcohol, eso siempre sienta bien.
- No deberías haberte ido ayer. – dijo Kate después de un rato mientras íbamos andando hacía ningún lugar.
- ¿Por?
- La chica de ayer, parecía maja. Cuando te fuiste se veía que tenía interés en ti. – explico entre risas.
- ¿Y por qué no le diste mi número de móvil?
- Pensé que como te fuiste no tenías ningún interés en ella Chris. Yo que sé, no te entiendo a veces.
- Bueno, seguro que sólo quería lio y ya está. Como siempre. Que importa, ya habrá otra. – contesté mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía. – No importa.
- En el fondo te importa.
- ¿Y tú que sabes?
- Siempre haces lo mismo cuando te importa algo en el fondo. Sacas tu cigarro, y dices que no te importa.
- Bah, a veces odio que me conozcas tanto. – suspiré mientras sacudía la cabeza.
- No te creas, llevamos mucho tiempo conociéndonos. Sé lo que piensas con algunos de tus movimientos, eso es normal, pero hay veces que… No entiendo por qué haces algunas de las cosas que haces.
- Bueno. ¿Quieres que salgamos esta noche?
- Si no te vas, sí.
- Perfecto.
Me despedí de Kate para ir a mi casa a arreglarme. Esta noche si quería salir, quería pasármelo bien. El hecho de que nos hubiésemos forrado esa tarde había sido como un subidón de algo, y quería aprovecharlo.
Susan y yo íbamos andando sin rumbo, hablando de nuestras cosas. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y fue agradable ver a alguien conocido después de mucho tiempo sin salir de casa. Le conté todo lo que me había pasado en ese tiempo, ella me escuchaba, sin saber que decir.
- Entonces, ¿te va bien el psicólogo? – me preguntó mientras sacaba el paquete de tabaco y me ofrecía un cigarro.
- Si bueno, supongo. – contesté vacilando. – hace tiempo que no fumo.
- No te estoy obligando, si no quieres.
- Si que quiero. – cogí el cigarro sin pensármelo, Susan sacó su mechero y me lo encendió. – estoy cansada de hacer las cosas por lo bien, enserio. No sé, me lo pasaba mejor cuando iba contigo.
- Entonces, vuelve. Soy tu amiga, lo que necesites y pueda dártelo te lo doy.
- Gracias Susan.
- Mira, esto es para ti, regalo de bienvenida. – De otro bolsillo sacó una pieza envuelta en papel de plata. Era chocolate. Unos diez euros.
- ¿Estás segura? – pregunté con felicidad.
- Pues claro, necesitas animar un poco esa cara joder. Deja de encerrarte en casa y sal maldita sea.
Sonreí a Susan. Sabía que ella quería verme bien, y siempre lo conseguía.
- ¡Kate! – chillé corriendo hacía ella. – ¡Joder cuanto tiempo! Necesitaba verte ya.
- Hombre, por fin alegras esa cara joder. ¡Por fin vuelves a ser tú! – se me acercó y me abrazó fuertemente. – Vamos, hoy si que vamos a disfrutar.
- ¡Fiesta!
Rodeé los hombros de Kate mientras no dejaba de reírme y hablar con ella de todo tipo de cosas. Nos dirigíamos a la discoteca que solíamos ir, dispuestas a pasárnoslo en grande. Ahí estaba yo, sin saber dónde estaba exactamente, sabía la ubicación, pero no por dónde andaba. Algo extraño, pero genial. Así, así es como me gustaba sentirme, así es como disfrutaba de la vida. Ahí, junto mi mejor amiga, con un colocón que me había sentado de puta madre. Perfección. Si, la perfección era lo mejor, y aunque a veces costara de conseguirla, cuando lo hacía me sentía la mejor persona del mundo.
Entramos pagando la entrada, el lugar ya estaba repleto de gente. Borrachos, pastilleros, fumetas, y alguno que otro parecía estar bien, sano, sin tomar nada. Antes de ponerme a bailar me encendí un cigarro y empecé a observar la gente que me rodeaba. Ahora todo lo veía diferente como la anterior noche. Ahora veía las caras radiantes de felicidad, exaltación saliendo por los poros de todo el mundo. Y empecé a bailar. Cogí a Kate de la mano y bailábamos al ritmo de la música. Entonces sentí como alguien me daba golpecitos en el brazo.
- Hola Chris. – era ella. Eli. La chica que me había encontrado la noche pasada.
- Ah ostras, ¡hola! – me acerqué a ella, la cogí de un hombro y le di dos besos. – Siento haberme ido ayer. ¿Cómo te va?
- No pasa nada mujer, a veces este sitio carga un poco. -. Contestó ella. – Pues aquí, ya me ves, mis amigas me han convencido de salir otra vez.
Alcé la mirada para ver hacía dónde señalaba Eli. Parecía un grupo de chicas bastante inocentes, gente normal. Bebía cuando salía pero nada más, luego los veías tan tranquilos cada uno en sus casas, hablando de lo que ha sucedido durante el día, de la gente que han conocido, o criticando a alguien. Vaya, lo que se dice normalidad.
- Bien, bien. Yo también salgo con Kate. – la cogí y la acerqué a nosotras.
- ¡Buenas! – chilló Kate dándole también dos besos a Eli. - ¿Qué tal todo?
- Veo que hoy si os lo estáis pasando bien. – afirmó con una sonrisa. – Bueno, entonces os dejo aquí bailando chicas.
- No mujer, quédate si quieres. Quédate conmigo. – dejé de bailar un instante, la cogí de la cintura y le di un beso. - ¿Te hace?
Eli se quedó boquiabierta de mi reacción. Sonrió, y siguió a mi lado. Kate empezó a reírse, y se fue de un lado para otro en busca de más diversión. Yo me quedé junto a Eli, y nos quedamos mirando. Una frente a la otra. Sonreía. Le acariciaba el pelo. Le pasaba la mano por el cuello. Me acerqué a ella y empezamos a besarnos. Ahí estaba, yo, otra vez. No quería pensar en nada más que en eso, en pasármelo en grande, haciendo lo que me apetecía hacer sin pensármelo.
Pasé la noche junto a Eli. Kate se quedó ahí bailando, mientras me dijo que me fuese. Eli se dirigió a sus amigas y se despidió, mientras ellas le hacían una mirada coqueta. Salimos de la discoteca y empezamos a vagar por las calles, ella estaba callada, mientras yo hablaba por los codos. Corríamos por las calles, cruzando sin mirar, chillando a los coches que hacían sonar el claxon y riéndonos de todo. Nos detuvimos frente un portal, era su casa.
- ¿Quieres subir? – me preguntó tímidamente.
- No hace falta que me lo digas dos veces. – Me acerqué y volví a besarla.
Pasé la noche junto a ella. Ahí me sentía bien. No sabía si era efecto de las drogas o porqué estaba bien con ella. No quería dar vueltas ahora al tema, simplemente permanecer ahí.
sábado, 21 de agosto de 2010
Capitulo 2
La música resonaba en mis oídos a la vez que no podía dejar de bailarla, sin siquiera saber lo que estaban poniendo. Era como un acto reflejo, bailar, moverse, al ritmo de la música o no, el caso era no parar quieta. Kate estaba a mi lado, mientras hablábamos repetidamente con diferentes personas sin seguir una conversación en regla. Hablar, bailar, beber. Todo sin pensar, sin ser consciente de nuestros actos. No tenía intención de pensar en esos momentos, cada noche era igual, cambiando los lugares que pisaba, la gente con quién iba, no podía dejar ni un instante que mi cabeza pudiera pensar en la realidad. Tenía que huir como fuese. Sabía perfectamente que no era esa la solución ante los problemas, pero hacía tanto tiempo que seguía esa rutina que ni recordaba lo que era la vida real. Esa era mi realidad ahora.
Los minutos pasaban, sin darme cuenta de que hora era, no me importaba. Un cubata detrás de otro, sacaba mi billetera sin contar lo que llevaba encima, eso tampoco me importaba.
- Oye Chris. – chilló Kate acercándose a mí para que pudiera escucharla con el ruido de la música.
- Dime.
- Esa chica no para de mirarte, deberías decirle algo.
Miré la chica que Kate me señalaba. Tenía el pelo largo, color negro, y bailaba cómo una diosa. Me dio la sensación de haber tenido un flechazo, pero al estar acostumbrada a que siempre me pasara eso no le puse extremada atención. Tenía por costumbre cada chica que mee atrajera, me imaginaba un futuro perfecto a su lado, y por la razón que fuese siempre salía algo mal, por lo que la experiencia me demostró que tenía que ser paciente y dejar que el tiempo y los hechos dieran a luz esos sentimientos. En mi interior sentía que tenía que acercarme pero por otra banda no quería mostrarme como la típica chica enamoradiza que quiere juntarse con alguien y pasar toda la vida con esa persona, aunque fuera eso lo que en el fondo deseaba.
- No está mal. – le contesté a Kate de inmediato, como si los pensamientos que tuve en ese momento no me hubieran pasado jamás por la cabeza. – pero no sé yo si tendría que decirle algo.
- Acércate cielo, tal vez sea tu oportunidad para conocer el amor de tu vida. – me contestó ella con una sonrisa.
- No sé, sabes que no creo en el amor.
Después de las palabras de Kate no podía alejar la mirada de esa chica. Ella no paraba de mirarme, y el efecto del alcohol y las pastillas me dejaban en un mundo irreal. No sabía lo que era verdad y lo que no, tan sólo dejaba que el cuerpo siguiera al ritmo de la música. Cada vez se acercaba más a mí, y un sentimiento de timidez, miedo, y a la vez deseo rondaba por mis pensamientos. No sabía cómo actuar, decirle algo, o dejar pasar esa oportunidad para hablar con esa misteriosa chica.
El tiempo seguía pasando, mi cabeza estaba repleta de pensamientos y sentimientos que no quería aceptar, esos eran los momentos que más odiaba de mí misma. Confusión, miedo, desgana, hiperactividad, todo se juntaba en mi cabeza, sentía que en cualquier momento iba a caerme al suelo pero no podía dejar que eso sucediese. Tenía que estar bien, tenía que aguantar, tenía que seguir con mi vida. La vida que había creado durante todo este tiempo. Kate seguía a mi lado, su rostro confuso se posaba en mis ojos, no era capaz de adivinar lo que estaba pensando en ese momento. ¿Quieres hablarle? ¿Quieres que me vaya? ¿Quieres seguir bebiendo? Era algo normal esa sensación dentro de mí, pero había veces que no sabía cómo llevarla.
- ¿Estás bien? – la chica misteriosa se acercó a mí con cara de preocupación y a la vez deseo.
- Si, tranquila. – contesté sin pensármelo dos veces.
- Me llamo Elizabeth, ¿y tú?
- Yo Christine. Pero prefiero Chris. – contesté al instante. Elizabeth, era un nombre bastante común, por lo que podría recordarlo con facilidad. No se me daba bien recordar nombres, era algo que siempre me sucedía, no por el hecho de estar siempre con alcohol o drogas en mi sangre, sino porqué no era algo que me importara mucho.
- A mi puedes llamarme Eli. – dijo ella con una sonrisa en su cara.
Le sonreí, sin saber muy bien que decir, normalmente cuando veía a una chica en algún sitio que me atrajera me lanzaba sin pensármelo dos veces, pero ese día no me apetecía para nada. Ni siquiera tenía ganas de estar ahí en ese momento. Kate seguía mirándome con esa cara extraña, esa cara con la que me miraba cada vez que no me comportaba cómo lo hacía normalmente.
- Creo que voy a irme. – dije acercándome a Kate.
- ¿Se puede saber qué te pasa hoy? – me contestó con tono de preocupación y a la vez ofendida.
- No lo sé, no tengo ganas de estar aquí, me voy.
Le di dos besos a Kate y me despedí con la mano a la desconocida Eli, y sin mirar atrás, salí con dificultad de ese lugar repleto de gente. No sabía por qué de repente se me habían pasado las ganas de todo, porqué la felicidad mezclada de hiperactividad se había convertido en ira en ese instante. Había momentos en los que no era capaz de controlar mis impulsos, ni siquiera quería pensar el por qué de esa reacción. Simplemente me fui.
- Te quiero. – me dijo con una dulce voz.
- No es cierto. – contesté tímidamente.
- Sabes que sí. Te lo noto en la mirada.
- Si bueno, supongo que me conoces demasiado bien.
Abrazándola cariñosamente mientras le acariciaba el pelo deseaba que el tiempo se detuviera en ese instante. Todo era perfecto, una noche de verano, el cielo despejado, a kilómetros de la ciudad, no había ni un solo edificio que taparan las estrellas. Una multitud de estrellas que parecía estar observando cada uno de mis movimientos, mientras la luna casi llena me hacía ver las perfecciones de la cara de mi pareja. Algunos reflejos, sombras, algo imposible de describir con palabras. Tan sólo sabía que quería permanecer ahí para siempre.
- Te quiero. – le susurré después de besarla.
- No es cierto.
- No me imites.
El ruido de los coches y motos pasando por debajo de mi ventana me hicieron despertar. La cabeza me daba vueltas, no recordaba cómo había llegado a casa y en qué momento me quedé dormida. Miré el móvil. Tenía llamadas perdidas de Kate. Aún eran las 12 de la mañana, esa hora para ella no existía, tampoco para mí, pero decidí levantarme. No tenía ganas de cambiarme, la ropa me apestaba a tabaco y alcohol, aún así me puse las deportivas y salí de mi casa. No tenía planeado dónde ir, la luz del mediodía me cegaba, no estaba a gusto en esas horas del día, era una persona nocturna. Así que decidí ir a casa de unos amigos okupas dónde ahí podría colocarme y olvidarme de dónde estaba. Me puse los auriculares del mp4 y fui lo más rápido posible intentando no pensar, intentando alejar todos esos pensamientos que rondaban por mi mente haciéndoles caso omiso. Me di cuenta de que algunas personas giraban la cabeza y se me quedaban mirando perplejamente y yo agachaba levemente la cabeza para evitar sentirme observada.
- ¡Hola Chris! – me saludó Tony al entrar. – Hacía tiempo que no te veíamos por aquí.
- Lo sé, ni siquiera sé a qué día estamos. – contesté con una sonrisa. - ¿Dónde están los demás?
- Han ido a coger más munición para sobrevivir, ya sabes.
- Entiendo. ¿Te queda algo?
- Claro, ¿qué quieres? – me dijo levantándose penosamente del suelo.
- Lo que sea menos alcohol, ayer no sé que me pasó que me volví irritable y no me gusta eso, no disfruto.
- Normal, el alcohol es una mierda cuando algunos pensamientos te rondan por la cabeza. – asintió mientras buscaba algo en un armario destrozado. – No se lo digas a los demás, sobre todo a John, está cabreado contigo porqué la última vez te fuiste sin decir nada y sin dar nada a cambio.
- Lo sé, por eso os traigo esto. – contesté buscando en mis bolsillos. Saqué mi billetera y le extendí un billete de 100 €.
- ¿Te han vuelto a dar dinero? – dijo exaltado cogiéndolos sin pensárselo dos veces.
- Si, en verdad no me gusta tener que aprovecharme así, pero en fin.
- No te quejes, al menos si alguna vez te quedas sin dinero sabes que vas a tener.
Tony sacó la aguja de heroína de uno de los cajones de ese armario, la miró, la limpió con su camiseta y me la dio. No era una de las drogas que solía meterme, no me gustaba inyectarme nada, pero ahora mismo lo único que tenía en mente era olvidarme de esos sentimientos repulsivos que estaba intentando evitar des de el día anterior. Me senté, cogí un cigarro que Tony me dio y me quedé quieta. Mirando hacia la nada.
- Creo que debería adelgazar. – dije mientras me miraba en un espejo.
- Que dices estúpida, ya estás bien como estás. – contestó enfadada mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y me daba un beso en la mejilla. – No digas tonterías.
- Pero, mírame. Tú estás mucho más delgada que yo, y todo el mundo te adora, en cambio… Parece como si sólo te tuviese a ti.
- Eres imbécil. La gente no se junta conmigo porqué sea delgada, no tiene nada que ver. Tal vez un poco, la gente suele ser superficial, pero yo no te quiero por eso.
- Empezaré a hacer dieta. – dije sin escucharla.
- Bueno, como quieras, pero no te obsesiones.
- No voy a hacerlo, te tengo a ti a mi lado para que me apoyes, ¿cierto?
Asintió la cabeza, sonrió y nos echamos en la cama. No me importaba nada más que estar con ella, pero tampoco quería que mi vida girase entorno de una sola persona aunque en esos momentos solo la tenía a ella. Saber que estaba a mi lado me daba fuerzas para hacer todo lo que me proponía sin estar mal, sin preocuparme… Era todo demasiado perfecto para ser real. A veces me sentía como un sueño ahí a su lado. Escuchando los latidos de su corazón mientras cerraba los ojos y dejaba que el tiempo pasase, sin importarme el futuro ni el pasado. Sólo quería vivir ese momento eternamente, que todo fuera a seguir así para siempre.
Mi móvil sonó repetidamente, cuando lo encontré en el fondo de mis bolsillos contesté.
- Chris, ¿dónde coño estás? – escuché decirle a Kate.
- En casa de estos.
- ¿Por qué te fuiste ayer?
- No lo sé. ¿Quieres que nos veamos luego?
- Sí, pero no desaparezcas como ayer, ¿está bien?
- Si, si, lo siento.
Escuché unos pasos y unos saltos. Ahí estaban John, Jared y Steff. Traían cada uno una de sus mochilas enormes, y empezaron a sacar bebidas y comida.
- Eh Chris, por fin te dejas caer por aquí. – dijo Steff mientras se acercaba a mí y me abrazaba.
- John tío, hoy podemos pillar más mierda, Chris ha sido solidaría y nos ha dado pasta.
- Hombre, ya era hora de que pusieras un poco de tu parte. – contestó John con voz agresiva. – No somos una iglesia caritativa ni tus padres para tener que mantenerte, ya sabes cómo van las cosas aquí.
- Ya lo sé John, no soy estúpida. Si fuera así ni siquiera hubiera aparecido por aquí. En fin, tengo que irme, he quedado con Kate y supongo que iremos a echar unas partidas en alguna sala a ver si hay suerte.
Me despedí de todos ellos, le estreché la mano y le guiñé un ojo a Tony como señal de agradecimiento por lo que me había dado. Salí de la casa, me puse de nuevo los auriculares del mp4, aún tenía un buen rato para llegar hasta casa de Kate.
Aún podía escuchar el sonido de la ambulancia incluso en ese estado. Estaba en la parte trasera de ella, sentía una mano rozar con la mía. Era mi madre. Quería abrir los ojos pero era incapaz en ese momento. No sabía quién era en ese momento. Soy Chris. Bien, recuerdo mi nombre. Tengo quince años. También sé mi edad. Hacía un rato que había estado con Kate y Eric. Eso también lo recuerdo. Me había discutido con ellos… Empezaba a dolerme la cabeza nuevamente. Sentí como mi cuerpo daba botes, seguramente estaban trasladándome de la ambulancia hasta la sala de urgencias. No sé porqué.
El olor a hospital hizo que me despertara de nuevo, aún sin ser muy consciente de por qué estaba ahí. Escuchaba pasos ir y venir, la respiración de mi madre sentada a mi lado. El médico decir algunas palabras, llevándosela para que no la escuchara, aunque tampoco escuchaba nada. Sólo ruidos lejanos.
- Chris, ¿me oyes? – me dijo una voz irreconocible.
- Quiero una libreta y un bolígrafo.
- Ahora le digo a tu padre que vaya a comprar cariño. – escuché decir a mi madre.
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital, tranquila, vas a ponerte bien.
- Quítate los piercings y todos los collares. – dijo otra voz desconocida. No recuerdo cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había escuchado a alguien hablarme. El sitio era oscuro, mi madre no estaba ahí. Sólo un médico que no conocía. Por inercia hice caso a todo lo que me decía, me saqué los piercings y los collares y los dejé en una bandeja que tenía delante. Me cogieron dos personas, y me echaron en una cama. Quería cerrar los ojos, estaba muy cansada.
Los minutos pasaban, sin darme cuenta de que hora era, no me importaba. Un cubata detrás de otro, sacaba mi billetera sin contar lo que llevaba encima, eso tampoco me importaba.
- Oye Chris. – chilló Kate acercándose a mí para que pudiera escucharla con el ruido de la música.
- Dime.
- Esa chica no para de mirarte, deberías decirle algo.
Miré la chica que Kate me señalaba. Tenía el pelo largo, color negro, y bailaba cómo una diosa. Me dio la sensación de haber tenido un flechazo, pero al estar acostumbrada a que siempre me pasara eso no le puse extremada atención. Tenía por costumbre cada chica que mee atrajera, me imaginaba un futuro perfecto a su lado, y por la razón que fuese siempre salía algo mal, por lo que la experiencia me demostró que tenía que ser paciente y dejar que el tiempo y los hechos dieran a luz esos sentimientos. En mi interior sentía que tenía que acercarme pero por otra banda no quería mostrarme como la típica chica enamoradiza que quiere juntarse con alguien y pasar toda la vida con esa persona, aunque fuera eso lo que en el fondo deseaba.
- No está mal. – le contesté a Kate de inmediato, como si los pensamientos que tuve en ese momento no me hubieran pasado jamás por la cabeza. – pero no sé yo si tendría que decirle algo.
- Acércate cielo, tal vez sea tu oportunidad para conocer el amor de tu vida. – me contestó ella con una sonrisa.
- No sé, sabes que no creo en el amor.
Después de las palabras de Kate no podía alejar la mirada de esa chica. Ella no paraba de mirarme, y el efecto del alcohol y las pastillas me dejaban en un mundo irreal. No sabía lo que era verdad y lo que no, tan sólo dejaba que el cuerpo siguiera al ritmo de la música. Cada vez se acercaba más a mí, y un sentimiento de timidez, miedo, y a la vez deseo rondaba por mis pensamientos. No sabía cómo actuar, decirle algo, o dejar pasar esa oportunidad para hablar con esa misteriosa chica.
El tiempo seguía pasando, mi cabeza estaba repleta de pensamientos y sentimientos que no quería aceptar, esos eran los momentos que más odiaba de mí misma. Confusión, miedo, desgana, hiperactividad, todo se juntaba en mi cabeza, sentía que en cualquier momento iba a caerme al suelo pero no podía dejar que eso sucediese. Tenía que estar bien, tenía que aguantar, tenía que seguir con mi vida. La vida que había creado durante todo este tiempo. Kate seguía a mi lado, su rostro confuso se posaba en mis ojos, no era capaz de adivinar lo que estaba pensando en ese momento. ¿Quieres hablarle? ¿Quieres que me vaya? ¿Quieres seguir bebiendo? Era algo normal esa sensación dentro de mí, pero había veces que no sabía cómo llevarla.
- ¿Estás bien? – la chica misteriosa se acercó a mí con cara de preocupación y a la vez deseo.
- Si, tranquila. – contesté sin pensármelo dos veces.
- Me llamo Elizabeth, ¿y tú?
- Yo Christine. Pero prefiero Chris. – contesté al instante. Elizabeth, era un nombre bastante común, por lo que podría recordarlo con facilidad. No se me daba bien recordar nombres, era algo que siempre me sucedía, no por el hecho de estar siempre con alcohol o drogas en mi sangre, sino porqué no era algo que me importara mucho.
- A mi puedes llamarme Eli. – dijo ella con una sonrisa en su cara.
Le sonreí, sin saber muy bien que decir, normalmente cuando veía a una chica en algún sitio que me atrajera me lanzaba sin pensármelo dos veces, pero ese día no me apetecía para nada. Ni siquiera tenía ganas de estar ahí en ese momento. Kate seguía mirándome con esa cara extraña, esa cara con la que me miraba cada vez que no me comportaba cómo lo hacía normalmente.
- Creo que voy a irme. – dije acercándome a Kate.
- ¿Se puede saber qué te pasa hoy? – me contestó con tono de preocupación y a la vez ofendida.
- No lo sé, no tengo ganas de estar aquí, me voy.
Le di dos besos a Kate y me despedí con la mano a la desconocida Eli, y sin mirar atrás, salí con dificultad de ese lugar repleto de gente. No sabía por qué de repente se me habían pasado las ganas de todo, porqué la felicidad mezclada de hiperactividad se había convertido en ira en ese instante. Había momentos en los que no era capaz de controlar mis impulsos, ni siquiera quería pensar el por qué de esa reacción. Simplemente me fui.
- Te quiero. – me dijo con una dulce voz.
- No es cierto. – contesté tímidamente.
- Sabes que sí. Te lo noto en la mirada.
- Si bueno, supongo que me conoces demasiado bien.
Abrazándola cariñosamente mientras le acariciaba el pelo deseaba que el tiempo se detuviera en ese instante. Todo era perfecto, una noche de verano, el cielo despejado, a kilómetros de la ciudad, no había ni un solo edificio que taparan las estrellas. Una multitud de estrellas que parecía estar observando cada uno de mis movimientos, mientras la luna casi llena me hacía ver las perfecciones de la cara de mi pareja. Algunos reflejos, sombras, algo imposible de describir con palabras. Tan sólo sabía que quería permanecer ahí para siempre.
- Te quiero. – le susurré después de besarla.
- No es cierto.
- No me imites.
El ruido de los coches y motos pasando por debajo de mi ventana me hicieron despertar. La cabeza me daba vueltas, no recordaba cómo había llegado a casa y en qué momento me quedé dormida. Miré el móvil. Tenía llamadas perdidas de Kate. Aún eran las 12 de la mañana, esa hora para ella no existía, tampoco para mí, pero decidí levantarme. No tenía ganas de cambiarme, la ropa me apestaba a tabaco y alcohol, aún así me puse las deportivas y salí de mi casa. No tenía planeado dónde ir, la luz del mediodía me cegaba, no estaba a gusto en esas horas del día, era una persona nocturna. Así que decidí ir a casa de unos amigos okupas dónde ahí podría colocarme y olvidarme de dónde estaba. Me puse los auriculares del mp4 y fui lo más rápido posible intentando no pensar, intentando alejar todos esos pensamientos que rondaban por mi mente haciéndoles caso omiso. Me di cuenta de que algunas personas giraban la cabeza y se me quedaban mirando perplejamente y yo agachaba levemente la cabeza para evitar sentirme observada.
- ¡Hola Chris! – me saludó Tony al entrar. – Hacía tiempo que no te veíamos por aquí.
- Lo sé, ni siquiera sé a qué día estamos. – contesté con una sonrisa. - ¿Dónde están los demás?
- Han ido a coger más munición para sobrevivir, ya sabes.
- Entiendo. ¿Te queda algo?
- Claro, ¿qué quieres? – me dijo levantándose penosamente del suelo.
- Lo que sea menos alcohol, ayer no sé que me pasó que me volví irritable y no me gusta eso, no disfruto.
- Normal, el alcohol es una mierda cuando algunos pensamientos te rondan por la cabeza. – asintió mientras buscaba algo en un armario destrozado. – No se lo digas a los demás, sobre todo a John, está cabreado contigo porqué la última vez te fuiste sin decir nada y sin dar nada a cambio.
- Lo sé, por eso os traigo esto. – contesté buscando en mis bolsillos. Saqué mi billetera y le extendí un billete de 100 €.
- ¿Te han vuelto a dar dinero? – dijo exaltado cogiéndolos sin pensárselo dos veces.
- Si, en verdad no me gusta tener que aprovecharme así, pero en fin.
- No te quejes, al menos si alguna vez te quedas sin dinero sabes que vas a tener.
Tony sacó la aguja de heroína de uno de los cajones de ese armario, la miró, la limpió con su camiseta y me la dio. No era una de las drogas que solía meterme, no me gustaba inyectarme nada, pero ahora mismo lo único que tenía en mente era olvidarme de esos sentimientos repulsivos que estaba intentando evitar des de el día anterior. Me senté, cogí un cigarro que Tony me dio y me quedé quieta. Mirando hacia la nada.
- Creo que debería adelgazar. – dije mientras me miraba en un espejo.
- Que dices estúpida, ya estás bien como estás. – contestó enfadada mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y me daba un beso en la mejilla. – No digas tonterías.
- Pero, mírame. Tú estás mucho más delgada que yo, y todo el mundo te adora, en cambio… Parece como si sólo te tuviese a ti.
- Eres imbécil. La gente no se junta conmigo porqué sea delgada, no tiene nada que ver. Tal vez un poco, la gente suele ser superficial, pero yo no te quiero por eso.
- Empezaré a hacer dieta. – dije sin escucharla.
- Bueno, como quieras, pero no te obsesiones.
- No voy a hacerlo, te tengo a ti a mi lado para que me apoyes, ¿cierto?
Asintió la cabeza, sonrió y nos echamos en la cama. No me importaba nada más que estar con ella, pero tampoco quería que mi vida girase entorno de una sola persona aunque en esos momentos solo la tenía a ella. Saber que estaba a mi lado me daba fuerzas para hacer todo lo que me proponía sin estar mal, sin preocuparme… Era todo demasiado perfecto para ser real. A veces me sentía como un sueño ahí a su lado. Escuchando los latidos de su corazón mientras cerraba los ojos y dejaba que el tiempo pasase, sin importarme el futuro ni el pasado. Sólo quería vivir ese momento eternamente, que todo fuera a seguir así para siempre.
Mi móvil sonó repetidamente, cuando lo encontré en el fondo de mis bolsillos contesté.
- Chris, ¿dónde coño estás? – escuché decirle a Kate.
- En casa de estos.
- ¿Por qué te fuiste ayer?
- No lo sé. ¿Quieres que nos veamos luego?
- Sí, pero no desaparezcas como ayer, ¿está bien?
- Si, si, lo siento.
Escuché unos pasos y unos saltos. Ahí estaban John, Jared y Steff. Traían cada uno una de sus mochilas enormes, y empezaron a sacar bebidas y comida.
- Eh Chris, por fin te dejas caer por aquí. – dijo Steff mientras se acercaba a mí y me abrazaba.
- John tío, hoy podemos pillar más mierda, Chris ha sido solidaría y nos ha dado pasta.
- Hombre, ya era hora de que pusieras un poco de tu parte. – contestó John con voz agresiva. – No somos una iglesia caritativa ni tus padres para tener que mantenerte, ya sabes cómo van las cosas aquí.
- Ya lo sé John, no soy estúpida. Si fuera así ni siquiera hubiera aparecido por aquí. En fin, tengo que irme, he quedado con Kate y supongo que iremos a echar unas partidas en alguna sala a ver si hay suerte.
Me despedí de todos ellos, le estreché la mano y le guiñé un ojo a Tony como señal de agradecimiento por lo que me había dado. Salí de la casa, me puse de nuevo los auriculares del mp4, aún tenía un buen rato para llegar hasta casa de Kate.
Aún podía escuchar el sonido de la ambulancia incluso en ese estado. Estaba en la parte trasera de ella, sentía una mano rozar con la mía. Era mi madre. Quería abrir los ojos pero era incapaz en ese momento. No sabía quién era en ese momento. Soy Chris. Bien, recuerdo mi nombre. Tengo quince años. También sé mi edad. Hacía un rato que había estado con Kate y Eric. Eso también lo recuerdo. Me había discutido con ellos… Empezaba a dolerme la cabeza nuevamente. Sentí como mi cuerpo daba botes, seguramente estaban trasladándome de la ambulancia hasta la sala de urgencias. No sé porqué.
El olor a hospital hizo que me despertara de nuevo, aún sin ser muy consciente de por qué estaba ahí. Escuchaba pasos ir y venir, la respiración de mi madre sentada a mi lado. El médico decir algunas palabras, llevándosela para que no la escuchara, aunque tampoco escuchaba nada. Sólo ruidos lejanos.
- Chris, ¿me oyes? – me dijo una voz irreconocible.
- Quiero una libreta y un bolígrafo.
- Ahora le digo a tu padre que vaya a comprar cariño. – escuché decir a mi madre.
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital, tranquila, vas a ponerte bien.
- Quítate los piercings y todos los collares. – dijo otra voz desconocida. No recuerdo cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había escuchado a alguien hablarme. El sitio era oscuro, mi madre no estaba ahí. Sólo un médico que no conocía. Por inercia hice caso a todo lo que me decía, me saqué los piercings y los collares y los dejé en una bandeja que tenía delante. Me cogieron dos personas, y me echaron en una cama. Quería cerrar los ojos, estaba muy cansada.
martes, 10 de agosto de 2010
Capitulo 1
No podía recordar que hacía ahí. Ni siquiera sabía por qué razón estaba corriendo como una desesperada. No sentía las piernas, no sentía mi cabeza razonar, tan sólo sabía que tenía que correr, correr y correr hasta que no pudiera ver más horizonte delante de mis ojos. El viento susurraba en mis oídos, haciendo más difícil la tarea de pensar lo que estaba haciendo. Dejé de pensar y de repente todo se volvió oscuro.
Miré el reloj en mi muñeca, vaya, estaba roto. Alcé la cabeza hacia el cielo, hacía poco que había amanecido así que deberían ser aproximadamente las siete u ocho de la mañana. Estábamos a principios de invierno, yo vestía con una camiseta de manga corta y unos tejanos, aún y así no sentía frío. No recordaba nada de la noche anterior ni de cómo había acabado ahí, solamente recordaba que había estado corriendo sin parar y me había alejado de la ciudad. Me sacudí la cabeza, tenía el estomago revuelto, y veía borroso. Supongo que debe ser efecto de las pastillas. No importa. Me dispuse volver hasta mi casa, aunque no sabía en qué dirección caía ni donde estaba exactamente en ese mismo instante. Caminé en busca de alguna parada de bus o de alguien que pudiera indicar mi posición, pero las calles estaban totalmente desiertas. Las calles eran deprimentes, medio asfaltadas, las paredes pintadas, rotas, y los pocos edificios que parecían ser un negocio estaban cerrados. Estaba en los suburbios más pobres y deprimentes de la ciudad. No conocía muy bien ese barrio, de hecho, las pocas veces que había estado ahí era de noche, y estaba tan drogada que no recordaba nada del lugar en cuestión.
- ¿De verdad crees que esta es la solución para salir de toda la mierda que te rodea? – frente de mí, con su cínica sonrisa, David se sacaba la bolsa dónde llevaba las pastillas. – son 15 euros.
- ¿Por pastilla? – exaltada me quedé mirando sus ojos sin vida. - Hace tiempo que nos conocemos, sabes que no voy bien de pasta, hazme algo de descuento.
- Ya sabes, en el negocio no hay amistades cariño, o lo tomas o lo dejas.
- Está bien. – resignada saqué mi billetera y le extendí los billetes.
- Siempre es un placer hacer negocios contigo.
Guardé la billetera en el bolsillo de mi chaqueta, y me fui en busca de un lugar donde pasar la noche. Fiesta, tenía ganas de moverme, de olvidar cualquier problema, de sentir como me sentía en la cima del mundo sin que nadie ni nada me rompiera esa felicidad. No importaba el precio de ella, ni que fuera la manera digna de conseguirla, solamente quería ser feliz, a pesar de que me destrozara el cuerpo para conseguirla.
Me había quedado sentada frente una parada de bus. No sabía el tiempo que llevaba ahí esperando, de todos modos no tenía nada mejor que hacer. No tenía ningún plan, ninguna razón, nadie que esperara mi presencia en algún lugar. Quería volver a casa, sin saber por qué. Tal vez aún quedaba dentro de mi algo de persona, y estar fuera de lugar me hacía sentir incomodidad, aunque no me importase estar en un sitio al que apenas conocía, y con los síntomas de abstinencia recorriendo por mis venas. Necesitaba volver. Un whisky, un porro, algo, necesitaba algo, mi cabeza estaba empezando a recordar de nuevo.
Sentía el viento acariciar mi piel, encima de esa moto, abrazada a alguien desconocido, debería sentir miedo, confusión, pero sólo sentía ganas de chillar, de saltar, de que algo extraordinario pasara. Me agarré con fuerza a esa cintura tonificada, a pesar de la gruesa ropa que llevaba, podía notar que quién quiera que fuese la persona que me estaba llevando en moto le gustaba el ejercicio. Yo no llevaba casco, sentía como el aire helado me presionaba con fuerza los oídos, y mis ojos llorosos luchaban con fuerza para ver el paisaje con dificultad, entre las lágrimas el frío y la velocidad.
En cuestión de segundos acabé en el suelo. No sé cómo había pasado. Algo había chocado contra la moto, de milagro, había salido ilesa de ese accidente. Me levanté con rapidez y miré al conductor. A su alrededor había sangre, su casco estaba a unos veinte metros de su cabeza. De lo que quedaba de ella. Qué ironía. Quién debería estar muerta debería ser yo. Ha, ha, ha. Cosas de la vida.
El bus había llegado. De repente me di cuenta de algo. Algo me faltaba. No llevaba la chaqueta. Por lo tanto tampoco tenía mi billetera. Si mal no recordaba la había dejado en el bolsillo. Busqué en mis pantalones. Mierda. Tenía que volver a casa. Sin pensármelo dos veces, entré dentro del bus.
- Perdone señorita, tiene que pagar el billete. – El conductor con cara de pocos amigos se me quedó mirando, no muy sorprendido de ver mi aspecto, supongo que era de lo más normal encontrar a alguien con mis pintas en ese lugar, incluso podía decir que era una de las personas más normales que podría encontrarse ese hombre a lo largo del día.
- Yo… yo… - llorar era algo que podía hacer con facilidad, si me lo provocaba, claro. Tanto fingir creo que no podría saber si alguna vez había llorado de verdad. – Acaban de… violarme… por favor… lléveme a casa...
- Perdone señorita… Siéntese. Tiene que irse de aquí lo más rápido posible. – añadió finalmente. Me senté en uno de los últimos asientos, no había nadie ahí dentro. Bueno, sólo un hombre mayor con gabardina y sombrero, parecía estar en sus últimas.
- Eh, preciosa. – dos hombres de entre veinticinco y treinta años se acercaron a mí. - ¿Qué haces en estas horas y en estos lugares tu sola?
- ¿A caso os importa? – contesté con desprecio. A pesar de mi dosis de éxtasis aún era consciente de mis actos.
- Bueno, es sólo que no queremos ver a una chica indefensa como tú por estos lugares sin que pueda divertirse. – dijo el hombre más alto de los dos. Uno tenía pinta de ser más joven, aparte de ser más atractivo, aunque en su rostro se observaba también síntomas de estar tomando droga desde hacía años. El segundo en cambio, más bajo y corpulento, conservaba un rostro sano, dentro de lo que cabe.
- Entonces, llevadme vosotros a algún sitio dónde me pueda divertir, ¿Qué os parece? – dije sonriendo.
- Eres una chica interesante. – el primer hombre se acercaba cada vez más a mí. - ¿Cómo te llamas?
- Chris. – contesté de inmediato.
- ¿Chris qué más? – preguntó el hombre más bajo, sonriendo.
- No creo que eso importe ahora. ¿Tenéis algo? ¿Hierba, polvos, algo?
El primer hombre sonrió, me cogió de los hombros con su brazo esquelético y me indicó entrar en su coche.
Después de no sé cuanto rato al fin empezaba a ver conocido esos lugares. Estaba cerca de la ciudad. Ahí donde me crié, eso si podía recordarlo estando sobria. Bajé un par de paradas después. Agradecí al tonto conductor, quién con una sonrisa me deseó suerte. Busqué en mis bolsillos, tampoco tenía las llaves, también las debía de haber guardado en mi chaqueta.
Numero setenta-i-dos, esa era mi casa. Piqué al timbre varias veces sin que nadie me abriese. Me colé por una rendija que había detrás de la casa, y subí por una de las cañerías hasta llegar a la ventana de mi habitación. Siempre la dejaba abierta, por si acaso. Lo primero que quería hacer era ducharme y cambiarme de ropa.
- Vas a pasártelo bien, ya verás preciosa. – decía el hombre sin quitar su brazo de encima de mí.
- No sé si podrás darme lo que busco. – contesté con sequedad.
- ¿Qué es lo que buscas? – preguntó el segundo hombre, era mucho más callado que el otro, supuse que era una especie de subordinado. De esa gente sin personalidad que solos no son nadie. Aunque también podía ser porqué era él el que conducía, por eso estaba más callado.
- Mejor dicho, que es lo que no busco. No quiero ser feliz, ni infeliz, solamente pasar el tiempo.
- Perfecto, yo puedo darte eso la mar de bien. – dijo el primer hombre cada vez más feliz.
Apartó su brazo esquelético y se puso a buscar algo en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó un bote con polvo blanco dentro, hizo una raya, agaché la cabeza y la esnifé. El coche se detuvo delante de un pub con un ambiente bastante agitado. Entramos dentro, yo agarrada del primer hombre. La música electrónica retumbaba en mi cabeza, no sabía si era por el colocón que llevaba encima o por el volumen, pero empecé a bailar sin ser consciente de mis actos.
El primer hombre no paraba de ofrecerme alcohol, ya llevaba una pastilla de éxtasis, una raya de cocaína y no quería morirme aún. A pesar de mis veinte años desaprovechados aún quería vivir un poco más. Hice caso omiso de sus intentos de amabilidad para darme bebida, y yo la rechazaba. Entonces se puso violento. La gente que nos rodeaba no hacía ningún caso del intento de agresión que tenía el hombre conmigo, me cogió del brazo fuertemente y me llevó a la puerta trasera del pub. Intenté defenderme como pude, luchaba contra él. Era tan esquelético que en estado normal hubiese podido con él. Después de varios intentos de huir, conseguí quitarme la chaqueta y me fui corriendo. Escuchaba como el hombre chillaba mi nombre, cada vez más lejano. Nadie podía superarme en velocidad cuando se trataba de un miedo casi inaudible en mi interior.
- Vaya, por fin te dignas a venir, Chris. – al salir de la ducha una voz gratamente conocida me habló.
- Hola mamá. ¿Cómo estás? – contesté amablemente mientras con la toalla me secaba el pelo.
- Bueno, como siempre. Sigo sin noticias de tu hermano, supongo que ya aparecerá, como has hecho tú. De verdad, no sé en qué coño estaría pensando cuando me casé con Richard.
- Bueno, cada uno es consciente de sus actos, supongo. No sé muy bien como entablar una conversación contigo sin sentirme hipócrita.
- Tu padre te ha vuelto a ingresar dinero, espero que lo aproveches en algo de utilidad.
Me vestí con ropa limpia, por fin me sentía algo mejor. Aunque los síntomas de abstinencia cada vez eran más claros. Estaba empezando a sentirme culpable, a sentirme mal, me senté en la cama y miré mi brazo destrozado por tantos cortes. La cuchilla oxidada por la de veces que me había cortado seguía en mi mesita. La cogí, la miré, y volví a dejarla ahí donde estaba. Me levanté y abrí la pequeña nevera que tenía en mi habitación. Bien, aún quedaba algo de Vodka. Me puse un vaso con hielo, y en un par de tragos me lo acabé. Abrí mi armario y cogí otra de mis chaquetas. Iba a buscar dinero que mi estúpido padre me mandaba cada semana, para así sentirse mejor a pesar de huir de sus responsabilidades como padre. Al menos así podía drogarme sin preocupaciones.
El teléfono empezó a sonar cuando cogía otra copia de llaves que tenía mi madre guardada en un cajón para casos de emergencia. No era la primera vez que las perdía, ni yo ni ella. Subí de nuevo a mi habitación a coger el inalámbrico que tenía ahí.
- ¿Sí?
- Chris, tienes que ayudarme. – contestó una voz claramente familiar.
- ¿Dónde estás?
- En una gasolinera, no sé donde exactamente, he tenido que huir o me daban una paliza. Tienes que venir a buscarme. – apenas entendía lo que me estaba diciendo, hablaba con voz exaltada y de forma muy rápida, podía decir incluso que podía escuchar su corazón latiendo, incluso a través del teléfono de lo asustada que estaba.
- Kate, tienes que decirme dónde estás, sino no podré encontrarte.
- Creo que estoy en la gasolinera a unos pocos kilómetros de donde tú vives. Veo el cartel de la fábrica de colchones.
- Voy enseguida.
Cogí mi moto. Hacía mucho que no la cogía, ya que siempre que volvía a mi casa era en estado de embriaguez y la poca conciencia que me quedaba no me dejaba subir a ella. Pasé por el cajero automático antes de ir a buscar a Kate, sabía que necesitaría algo de dinero. No pasaron ni diez minutos cuando la vi ahí frente la cabina de la gasolinera, bajé de la moto y Kate se lanzó encima de mí.
- ¡Gracias, gracias, gracias! – chilló con entusiasmo, a la vez que veía como se aguantaba las ganas de llorar. – He vuelto a tener problemas con el juego. Estaba en una sala de juego después de beberme no sé cuantos whiskys, había un hombre que me ha tentado jugar al póker. ¡Maldito timador! ¡Parecía un principiante y me la ha metido! Chris, ¡me han engañado! ¡A mí!
- Kate, engañarte a ti ebria es como quitarle el caramelo a un niño. Se te nota en la cara demasiado fácilmente. – le decía con tranquilidad a la vez que le daba un casco de más que había cogido. – vámonos de aquí. Necesitas relajarte.
Subimos a la moto y nos fuimos a un bar lejos de ahí. Pedí una cerveza para mí y un redbull para Kate. De por sí ya era una chica hiperactiva pero siempre quería más y más. Decía que era mucho mejor eso que matarse a rayas, aunque yo lo veía una estupidez.
- ¡Maldita sea Chris! – decía Kate cada vez más exaltada. – Me he quedado sin blanca.
- Ten. – Saqué de mi bolsillo cincuenta euros y se los extendí. Para mí esa cantidad no era gran cosa, y sabía que ella los necesitaba, aunque los malgastara con el juego. – Más vale que te pongas a trabajar de algo, o consigas ganar algo en esa mierda de juegos tía. No puedo estar dándote siempre dinero.
- Gracias, gracias de verdad. – decía Kate mientras se levantaba y me daba un abrazo. – En fin, me he cansado de perder en esa mierda de juegos. ¿Salimos esta noche de fiesta?
- Está clarísimo.
Kate era una chica delgada, con el pelo largo y rojo. Tenía un año menos que yo, pero aparentaba tener muchos menos. Mi cara ya se había demacrado bastante con las drogas y la forma que tenía de alimentarme, pero no me importaba. De hecho, hacía mucho tiempo que nada me importaba. Solamente me paraba a pensar cuando mi cuerpo empezaba a desintoxicarse, pero normalmente no daba tiempo a que ese estado pudiera invadirme. Pagué al camarero con una sonrisa, y fuimos de nuevo con la moto hasta mi casa. Esa noche volvería a ser como todas las demás.
Miré el reloj en mi muñeca, vaya, estaba roto. Alcé la cabeza hacia el cielo, hacía poco que había amanecido así que deberían ser aproximadamente las siete u ocho de la mañana. Estábamos a principios de invierno, yo vestía con una camiseta de manga corta y unos tejanos, aún y así no sentía frío. No recordaba nada de la noche anterior ni de cómo había acabado ahí, solamente recordaba que había estado corriendo sin parar y me había alejado de la ciudad. Me sacudí la cabeza, tenía el estomago revuelto, y veía borroso. Supongo que debe ser efecto de las pastillas. No importa. Me dispuse volver hasta mi casa, aunque no sabía en qué dirección caía ni donde estaba exactamente en ese mismo instante. Caminé en busca de alguna parada de bus o de alguien que pudiera indicar mi posición, pero las calles estaban totalmente desiertas. Las calles eran deprimentes, medio asfaltadas, las paredes pintadas, rotas, y los pocos edificios que parecían ser un negocio estaban cerrados. Estaba en los suburbios más pobres y deprimentes de la ciudad. No conocía muy bien ese barrio, de hecho, las pocas veces que había estado ahí era de noche, y estaba tan drogada que no recordaba nada del lugar en cuestión.
- ¿De verdad crees que esta es la solución para salir de toda la mierda que te rodea? – frente de mí, con su cínica sonrisa, David se sacaba la bolsa dónde llevaba las pastillas. – son 15 euros.
- ¿Por pastilla? – exaltada me quedé mirando sus ojos sin vida. - Hace tiempo que nos conocemos, sabes que no voy bien de pasta, hazme algo de descuento.
- Ya sabes, en el negocio no hay amistades cariño, o lo tomas o lo dejas.
- Está bien. – resignada saqué mi billetera y le extendí los billetes.
- Siempre es un placer hacer negocios contigo.
Guardé la billetera en el bolsillo de mi chaqueta, y me fui en busca de un lugar donde pasar la noche. Fiesta, tenía ganas de moverme, de olvidar cualquier problema, de sentir como me sentía en la cima del mundo sin que nadie ni nada me rompiera esa felicidad. No importaba el precio de ella, ni que fuera la manera digna de conseguirla, solamente quería ser feliz, a pesar de que me destrozara el cuerpo para conseguirla.
Me había quedado sentada frente una parada de bus. No sabía el tiempo que llevaba ahí esperando, de todos modos no tenía nada mejor que hacer. No tenía ningún plan, ninguna razón, nadie que esperara mi presencia en algún lugar. Quería volver a casa, sin saber por qué. Tal vez aún quedaba dentro de mi algo de persona, y estar fuera de lugar me hacía sentir incomodidad, aunque no me importase estar en un sitio al que apenas conocía, y con los síntomas de abstinencia recorriendo por mis venas. Necesitaba volver. Un whisky, un porro, algo, necesitaba algo, mi cabeza estaba empezando a recordar de nuevo.
Sentía el viento acariciar mi piel, encima de esa moto, abrazada a alguien desconocido, debería sentir miedo, confusión, pero sólo sentía ganas de chillar, de saltar, de que algo extraordinario pasara. Me agarré con fuerza a esa cintura tonificada, a pesar de la gruesa ropa que llevaba, podía notar que quién quiera que fuese la persona que me estaba llevando en moto le gustaba el ejercicio. Yo no llevaba casco, sentía como el aire helado me presionaba con fuerza los oídos, y mis ojos llorosos luchaban con fuerza para ver el paisaje con dificultad, entre las lágrimas el frío y la velocidad.
En cuestión de segundos acabé en el suelo. No sé cómo había pasado. Algo había chocado contra la moto, de milagro, había salido ilesa de ese accidente. Me levanté con rapidez y miré al conductor. A su alrededor había sangre, su casco estaba a unos veinte metros de su cabeza. De lo que quedaba de ella. Qué ironía. Quién debería estar muerta debería ser yo. Ha, ha, ha. Cosas de la vida.
El bus había llegado. De repente me di cuenta de algo. Algo me faltaba. No llevaba la chaqueta. Por lo tanto tampoco tenía mi billetera. Si mal no recordaba la había dejado en el bolsillo. Busqué en mis pantalones. Mierda. Tenía que volver a casa. Sin pensármelo dos veces, entré dentro del bus.
- Perdone señorita, tiene que pagar el billete. – El conductor con cara de pocos amigos se me quedó mirando, no muy sorprendido de ver mi aspecto, supongo que era de lo más normal encontrar a alguien con mis pintas en ese lugar, incluso podía decir que era una de las personas más normales que podría encontrarse ese hombre a lo largo del día.
- Yo… yo… - llorar era algo que podía hacer con facilidad, si me lo provocaba, claro. Tanto fingir creo que no podría saber si alguna vez había llorado de verdad. – Acaban de… violarme… por favor… lléveme a casa...
- Perdone señorita… Siéntese. Tiene que irse de aquí lo más rápido posible. – añadió finalmente. Me senté en uno de los últimos asientos, no había nadie ahí dentro. Bueno, sólo un hombre mayor con gabardina y sombrero, parecía estar en sus últimas.
- Eh, preciosa. – dos hombres de entre veinticinco y treinta años se acercaron a mí. - ¿Qué haces en estas horas y en estos lugares tu sola?
- ¿A caso os importa? – contesté con desprecio. A pesar de mi dosis de éxtasis aún era consciente de mis actos.
- Bueno, es sólo que no queremos ver a una chica indefensa como tú por estos lugares sin que pueda divertirse. – dijo el hombre más alto de los dos. Uno tenía pinta de ser más joven, aparte de ser más atractivo, aunque en su rostro se observaba también síntomas de estar tomando droga desde hacía años. El segundo en cambio, más bajo y corpulento, conservaba un rostro sano, dentro de lo que cabe.
- Entonces, llevadme vosotros a algún sitio dónde me pueda divertir, ¿Qué os parece? – dije sonriendo.
- Eres una chica interesante. – el primer hombre se acercaba cada vez más a mí. - ¿Cómo te llamas?
- Chris. – contesté de inmediato.
- ¿Chris qué más? – preguntó el hombre más bajo, sonriendo.
- No creo que eso importe ahora. ¿Tenéis algo? ¿Hierba, polvos, algo?
El primer hombre sonrió, me cogió de los hombros con su brazo esquelético y me indicó entrar en su coche.
Después de no sé cuanto rato al fin empezaba a ver conocido esos lugares. Estaba cerca de la ciudad. Ahí donde me crié, eso si podía recordarlo estando sobria. Bajé un par de paradas después. Agradecí al tonto conductor, quién con una sonrisa me deseó suerte. Busqué en mis bolsillos, tampoco tenía las llaves, también las debía de haber guardado en mi chaqueta.
Numero setenta-i-dos, esa era mi casa. Piqué al timbre varias veces sin que nadie me abriese. Me colé por una rendija que había detrás de la casa, y subí por una de las cañerías hasta llegar a la ventana de mi habitación. Siempre la dejaba abierta, por si acaso. Lo primero que quería hacer era ducharme y cambiarme de ropa.
- Vas a pasártelo bien, ya verás preciosa. – decía el hombre sin quitar su brazo de encima de mí.
- No sé si podrás darme lo que busco. – contesté con sequedad.
- ¿Qué es lo que buscas? – preguntó el segundo hombre, era mucho más callado que el otro, supuse que era una especie de subordinado. De esa gente sin personalidad que solos no son nadie. Aunque también podía ser porqué era él el que conducía, por eso estaba más callado.
- Mejor dicho, que es lo que no busco. No quiero ser feliz, ni infeliz, solamente pasar el tiempo.
- Perfecto, yo puedo darte eso la mar de bien. – dijo el primer hombre cada vez más feliz.
Apartó su brazo esquelético y se puso a buscar algo en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó un bote con polvo blanco dentro, hizo una raya, agaché la cabeza y la esnifé. El coche se detuvo delante de un pub con un ambiente bastante agitado. Entramos dentro, yo agarrada del primer hombre. La música electrónica retumbaba en mi cabeza, no sabía si era por el colocón que llevaba encima o por el volumen, pero empecé a bailar sin ser consciente de mis actos.
El primer hombre no paraba de ofrecerme alcohol, ya llevaba una pastilla de éxtasis, una raya de cocaína y no quería morirme aún. A pesar de mis veinte años desaprovechados aún quería vivir un poco más. Hice caso omiso de sus intentos de amabilidad para darme bebida, y yo la rechazaba. Entonces se puso violento. La gente que nos rodeaba no hacía ningún caso del intento de agresión que tenía el hombre conmigo, me cogió del brazo fuertemente y me llevó a la puerta trasera del pub. Intenté defenderme como pude, luchaba contra él. Era tan esquelético que en estado normal hubiese podido con él. Después de varios intentos de huir, conseguí quitarme la chaqueta y me fui corriendo. Escuchaba como el hombre chillaba mi nombre, cada vez más lejano. Nadie podía superarme en velocidad cuando se trataba de un miedo casi inaudible en mi interior.
- Vaya, por fin te dignas a venir, Chris. – al salir de la ducha una voz gratamente conocida me habló.
- Hola mamá. ¿Cómo estás? – contesté amablemente mientras con la toalla me secaba el pelo.
- Bueno, como siempre. Sigo sin noticias de tu hermano, supongo que ya aparecerá, como has hecho tú. De verdad, no sé en qué coño estaría pensando cuando me casé con Richard.
- Bueno, cada uno es consciente de sus actos, supongo. No sé muy bien como entablar una conversación contigo sin sentirme hipócrita.
- Tu padre te ha vuelto a ingresar dinero, espero que lo aproveches en algo de utilidad.
Me vestí con ropa limpia, por fin me sentía algo mejor. Aunque los síntomas de abstinencia cada vez eran más claros. Estaba empezando a sentirme culpable, a sentirme mal, me senté en la cama y miré mi brazo destrozado por tantos cortes. La cuchilla oxidada por la de veces que me había cortado seguía en mi mesita. La cogí, la miré, y volví a dejarla ahí donde estaba. Me levanté y abrí la pequeña nevera que tenía en mi habitación. Bien, aún quedaba algo de Vodka. Me puse un vaso con hielo, y en un par de tragos me lo acabé. Abrí mi armario y cogí otra de mis chaquetas. Iba a buscar dinero que mi estúpido padre me mandaba cada semana, para así sentirse mejor a pesar de huir de sus responsabilidades como padre. Al menos así podía drogarme sin preocupaciones.
El teléfono empezó a sonar cuando cogía otra copia de llaves que tenía mi madre guardada en un cajón para casos de emergencia. No era la primera vez que las perdía, ni yo ni ella. Subí de nuevo a mi habitación a coger el inalámbrico que tenía ahí.
- ¿Sí?
- Chris, tienes que ayudarme. – contestó una voz claramente familiar.
- ¿Dónde estás?
- En una gasolinera, no sé donde exactamente, he tenido que huir o me daban una paliza. Tienes que venir a buscarme. – apenas entendía lo que me estaba diciendo, hablaba con voz exaltada y de forma muy rápida, podía decir incluso que podía escuchar su corazón latiendo, incluso a través del teléfono de lo asustada que estaba.
- Kate, tienes que decirme dónde estás, sino no podré encontrarte.
- Creo que estoy en la gasolinera a unos pocos kilómetros de donde tú vives. Veo el cartel de la fábrica de colchones.
- Voy enseguida.
Cogí mi moto. Hacía mucho que no la cogía, ya que siempre que volvía a mi casa era en estado de embriaguez y la poca conciencia que me quedaba no me dejaba subir a ella. Pasé por el cajero automático antes de ir a buscar a Kate, sabía que necesitaría algo de dinero. No pasaron ni diez minutos cuando la vi ahí frente la cabina de la gasolinera, bajé de la moto y Kate se lanzó encima de mí.
- ¡Gracias, gracias, gracias! – chilló con entusiasmo, a la vez que veía como se aguantaba las ganas de llorar. – He vuelto a tener problemas con el juego. Estaba en una sala de juego después de beberme no sé cuantos whiskys, había un hombre que me ha tentado jugar al póker. ¡Maldito timador! ¡Parecía un principiante y me la ha metido! Chris, ¡me han engañado! ¡A mí!
- Kate, engañarte a ti ebria es como quitarle el caramelo a un niño. Se te nota en la cara demasiado fácilmente. – le decía con tranquilidad a la vez que le daba un casco de más que había cogido. – vámonos de aquí. Necesitas relajarte.
Subimos a la moto y nos fuimos a un bar lejos de ahí. Pedí una cerveza para mí y un redbull para Kate. De por sí ya era una chica hiperactiva pero siempre quería más y más. Decía que era mucho mejor eso que matarse a rayas, aunque yo lo veía una estupidez.
- ¡Maldita sea Chris! – decía Kate cada vez más exaltada. – Me he quedado sin blanca.
- Ten. – Saqué de mi bolsillo cincuenta euros y se los extendí. Para mí esa cantidad no era gran cosa, y sabía que ella los necesitaba, aunque los malgastara con el juego. – Más vale que te pongas a trabajar de algo, o consigas ganar algo en esa mierda de juegos tía. No puedo estar dándote siempre dinero.
- Gracias, gracias de verdad. – decía Kate mientras se levantaba y me daba un abrazo. – En fin, me he cansado de perder en esa mierda de juegos. ¿Salimos esta noche de fiesta?
- Está clarísimo.
Kate era una chica delgada, con el pelo largo y rojo. Tenía un año menos que yo, pero aparentaba tener muchos menos. Mi cara ya se había demacrado bastante con las drogas y la forma que tenía de alimentarme, pero no me importaba. De hecho, hacía mucho tiempo que nada me importaba. Solamente me paraba a pensar cuando mi cuerpo empezaba a desintoxicarse, pero normalmente no daba tiempo a que ese estado pudiera invadirme. Pagué al camarero con una sonrisa, y fuimos de nuevo con la moto hasta mi casa. Esa noche volvería a ser como todas las demás.
Introducción
Hay veces que te paras a pensar sobre las razones de tu existencia. Sin embargo por más que busques no eres capaz de encontrar ni una sola. La vida es corta en cierto modo, hay momentos, momentos efímeros en los que tienes la oportunidad de hacer algo y no lo aprovechas, entonces es cuando el tiempo va pasando, miras hacia atrás y te das cuenta que podrías haber hecho más de lo que hiciste, pero ya es demasiado tarde. Entonces es cuando intentas recuperar el tiempo perdido, sin darte cuenta que, mientras intentas arreglar los errores del pasado estás perdiendo también parte de tu presente, que en el futuro volverá a convertirte en dueño de la culpabilidad al haber estado haciendo cosas que deberías haber aprovechado anteriormente.
Dicen que siempre hay momentos para volver atrás y vivir las cosas que no has vivido, pero el tiempo jamás se detiene. Si estás haciendo una cosa, perderás otra, y así constantemente, la vida siempre sigue su curso. El tiempo… El tiempo es nuestro único dueño. Tenemos que vivir siendo conscientes de cada uno de nuestros actos, aceptando que si hay algo en lo que nos hemos equivocado, intentar solucionarlo en el momento que en el presente se vuelva a repetir la situación, demostrar que has aprendido del error, pero intentar volver hacia atrás… intentar a volver hacia atrás cuando ya llevas un largo camino recorrido, es destrozarte la vida.
Hay veces incluso, que sabiendo todo esto, sigues destrozándotela, porqué el camino es demasiado oscuro como para poder ver que te estás equivocando.
Dicen que siempre hay momentos para volver atrás y vivir las cosas que no has vivido, pero el tiempo jamás se detiene. Si estás haciendo una cosa, perderás otra, y así constantemente, la vida siempre sigue su curso. El tiempo… El tiempo es nuestro único dueño. Tenemos que vivir siendo conscientes de cada uno de nuestros actos, aceptando que si hay algo en lo que nos hemos equivocado, intentar solucionarlo en el momento que en el presente se vuelva a repetir la situación, demostrar que has aprendido del error, pero intentar volver hacia atrás… intentar a volver hacia atrás cuando ya llevas un largo camino recorrido, es destrozarte la vida.
Hay veces incluso, que sabiendo todo esto, sigues destrozándotela, porqué el camino es demasiado oscuro como para poder ver que te estás equivocando.
helouses
Pues nada, abro otro Blog, para empezar a poner el libro que estoy empezando a escribir, aver si por una vez acabo algo de lo que empiezo xd y nah ._. eso n.n
Suscribirse a:
Entradas (Atom)