La música resonaba en mis oídos a la vez que no podía dejar de bailarla, sin siquiera saber lo que estaban poniendo. Era como un acto reflejo, bailar, moverse, al ritmo de la música o no, el caso era no parar quieta. Kate estaba a mi lado, mientras hablábamos repetidamente con diferentes personas sin seguir una conversación en regla. Hablar, bailar, beber. Todo sin pensar, sin ser consciente de nuestros actos. No tenía intención de pensar en esos momentos, cada noche era igual, cambiando los lugares que pisaba, la gente con quién iba, no podía dejar ni un instante que mi cabeza pudiera pensar en la realidad. Tenía que huir como fuese. Sabía perfectamente que no era esa la solución ante los problemas, pero hacía tanto tiempo que seguía esa rutina que ni recordaba lo que era la vida real. Esa era mi realidad ahora.
Los minutos pasaban, sin darme cuenta de que hora era, no me importaba. Un cubata detrás de otro, sacaba mi billetera sin contar lo que llevaba encima, eso tampoco me importaba.
- Oye Chris. – chilló Kate acercándose a mí para que pudiera escucharla con el ruido de la música.
- Dime.
- Esa chica no para de mirarte, deberías decirle algo.
Miré la chica que Kate me señalaba. Tenía el pelo largo, color negro, y bailaba cómo una diosa. Me dio la sensación de haber tenido un flechazo, pero al estar acostumbrada a que siempre me pasara eso no le puse extremada atención. Tenía por costumbre cada chica que mee atrajera, me imaginaba un futuro perfecto a su lado, y por la razón que fuese siempre salía algo mal, por lo que la experiencia me demostró que tenía que ser paciente y dejar que el tiempo y los hechos dieran a luz esos sentimientos. En mi interior sentía que tenía que acercarme pero por otra banda no quería mostrarme como la típica chica enamoradiza que quiere juntarse con alguien y pasar toda la vida con esa persona, aunque fuera eso lo que en el fondo deseaba.
- No está mal. – le contesté a Kate de inmediato, como si los pensamientos que tuve en ese momento no me hubieran pasado jamás por la cabeza. – pero no sé yo si tendría que decirle algo.
- Acércate cielo, tal vez sea tu oportunidad para conocer el amor de tu vida. – me contestó ella con una sonrisa.
- No sé, sabes que no creo en el amor.
Después de las palabras de Kate no podía alejar la mirada de esa chica. Ella no paraba de mirarme, y el efecto del alcohol y las pastillas me dejaban en un mundo irreal. No sabía lo que era verdad y lo que no, tan sólo dejaba que el cuerpo siguiera al ritmo de la música. Cada vez se acercaba más a mí, y un sentimiento de timidez, miedo, y a la vez deseo rondaba por mis pensamientos. No sabía cómo actuar, decirle algo, o dejar pasar esa oportunidad para hablar con esa misteriosa chica.
El tiempo seguía pasando, mi cabeza estaba repleta de pensamientos y sentimientos que no quería aceptar, esos eran los momentos que más odiaba de mí misma. Confusión, miedo, desgana, hiperactividad, todo se juntaba en mi cabeza, sentía que en cualquier momento iba a caerme al suelo pero no podía dejar que eso sucediese. Tenía que estar bien, tenía que aguantar, tenía que seguir con mi vida. La vida que había creado durante todo este tiempo. Kate seguía a mi lado, su rostro confuso se posaba en mis ojos, no era capaz de adivinar lo que estaba pensando en ese momento. ¿Quieres hablarle? ¿Quieres que me vaya? ¿Quieres seguir bebiendo? Era algo normal esa sensación dentro de mí, pero había veces que no sabía cómo llevarla.
- ¿Estás bien? – la chica misteriosa se acercó a mí con cara de preocupación y a la vez deseo.
- Si, tranquila. – contesté sin pensármelo dos veces.
- Me llamo Elizabeth, ¿y tú?
- Yo Christine. Pero prefiero Chris. – contesté al instante. Elizabeth, era un nombre bastante común, por lo que podría recordarlo con facilidad. No se me daba bien recordar nombres, era algo que siempre me sucedía, no por el hecho de estar siempre con alcohol o drogas en mi sangre, sino porqué no era algo que me importara mucho.
- A mi puedes llamarme Eli. – dijo ella con una sonrisa en su cara.
Le sonreí, sin saber muy bien que decir, normalmente cuando veía a una chica en algún sitio que me atrajera me lanzaba sin pensármelo dos veces, pero ese día no me apetecía para nada. Ni siquiera tenía ganas de estar ahí en ese momento. Kate seguía mirándome con esa cara extraña, esa cara con la que me miraba cada vez que no me comportaba cómo lo hacía normalmente.
- Creo que voy a irme. – dije acercándome a Kate.
- ¿Se puede saber qué te pasa hoy? – me contestó con tono de preocupación y a la vez ofendida.
- No lo sé, no tengo ganas de estar aquí, me voy.
Le di dos besos a Kate y me despedí con la mano a la desconocida Eli, y sin mirar atrás, salí con dificultad de ese lugar repleto de gente. No sabía por qué de repente se me habían pasado las ganas de todo, porqué la felicidad mezclada de hiperactividad se había convertido en ira en ese instante. Había momentos en los que no era capaz de controlar mis impulsos, ni siquiera quería pensar el por qué de esa reacción. Simplemente me fui.
- Te quiero. – me dijo con una dulce voz.
- No es cierto. – contesté tímidamente.
- Sabes que sí. Te lo noto en la mirada.
- Si bueno, supongo que me conoces demasiado bien.
Abrazándola cariñosamente mientras le acariciaba el pelo deseaba que el tiempo se detuviera en ese instante. Todo era perfecto, una noche de verano, el cielo despejado, a kilómetros de la ciudad, no había ni un solo edificio que taparan las estrellas. Una multitud de estrellas que parecía estar observando cada uno de mis movimientos, mientras la luna casi llena me hacía ver las perfecciones de la cara de mi pareja. Algunos reflejos, sombras, algo imposible de describir con palabras. Tan sólo sabía que quería permanecer ahí para siempre.
- Te quiero. – le susurré después de besarla.
- No es cierto.
- No me imites.
El ruido de los coches y motos pasando por debajo de mi ventana me hicieron despertar. La cabeza me daba vueltas, no recordaba cómo había llegado a casa y en qué momento me quedé dormida. Miré el móvil. Tenía llamadas perdidas de Kate. Aún eran las 12 de la mañana, esa hora para ella no existía, tampoco para mí, pero decidí levantarme. No tenía ganas de cambiarme, la ropa me apestaba a tabaco y alcohol, aún así me puse las deportivas y salí de mi casa. No tenía planeado dónde ir, la luz del mediodía me cegaba, no estaba a gusto en esas horas del día, era una persona nocturna. Así que decidí ir a casa de unos amigos okupas dónde ahí podría colocarme y olvidarme de dónde estaba. Me puse los auriculares del mp4 y fui lo más rápido posible intentando no pensar, intentando alejar todos esos pensamientos que rondaban por mi mente haciéndoles caso omiso. Me di cuenta de que algunas personas giraban la cabeza y se me quedaban mirando perplejamente y yo agachaba levemente la cabeza para evitar sentirme observada.
- ¡Hola Chris! – me saludó Tony al entrar. – Hacía tiempo que no te veíamos por aquí.
- Lo sé, ni siquiera sé a qué día estamos. – contesté con una sonrisa. - ¿Dónde están los demás?
- Han ido a coger más munición para sobrevivir, ya sabes.
- Entiendo. ¿Te queda algo?
- Claro, ¿qué quieres? – me dijo levantándose penosamente del suelo.
- Lo que sea menos alcohol, ayer no sé que me pasó que me volví irritable y no me gusta eso, no disfruto.
- Normal, el alcohol es una mierda cuando algunos pensamientos te rondan por la cabeza. – asintió mientras buscaba algo en un armario destrozado. – No se lo digas a los demás, sobre todo a John, está cabreado contigo porqué la última vez te fuiste sin decir nada y sin dar nada a cambio.
- Lo sé, por eso os traigo esto. – contesté buscando en mis bolsillos. Saqué mi billetera y le extendí un billete de 100 €.
- ¿Te han vuelto a dar dinero? – dijo exaltado cogiéndolos sin pensárselo dos veces.
- Si, en verdad no me gusta tener que aprovecharme así, pero en fin.
- No te quejes, al menos si alguna vez te quedas sin dinero sabes que vas a tener.
Tony sacó la aguja de heroína de uno de los cajones de ese armario, la miró, la limpió con su camiseta y me la dio. No era una de las drogas que solía meterme, no me gustaba inyectarme nada, pero ahora mismo lo único que tenía en mente era olvidarme de esos sentimientos repulsivos que estaba intentando evitar des de el día anterior. Me senté, cogí un cigarro que Tony me dio y me quedé quieta. Mirando hacia la nada.
- Creo que debería adelgazar. – dije mientras me miraba en un espejo.
- Que dices estúpida, ya estás bien como estás. – contestó enfadada mientras me rodeaba la cintura con sus brazos y me daba un beso en la mejilla. – No digas tonterías.
- Pero, mírame. Tú estás mucho más delgada que yo, y todo el mundo te adora, en cambio… Parece como si sólo te tuviese a ti.
- Eres imbécil. La gente no se junta conmigo porqué sea delgada, no tiene nada que ver. Tal vez un poco, la gente suele ser superficial, pero yo no te quiero por eso.
- Empezaré a hacer dieta. – dije sin escucharla.
- Bueno, como quieras, pero no te obsesiones.
- No voy a hacerlo, te tengo a ti a mi lado para que me apoyes, ¿cierto?
Asintió la cabeza, sonrió y nos echamos en la cama. No me importaba nada más que estar con ella, pero tampoco quería que mi vida girase entorno de una sola persona aunque en esos momentos solo la tenía a ella. Saber que estaba a mi lado me daba fuerzas para hacer todo lo que me proponía sin estar mal, sin preocuparme… Era todo demasiado perfecto para ser real. A veces me sentía como un sueño ahí a su lado. Escuchando los latidos de su corazón mientras cerraba los ojos y dejaba que el tiempo pasase, sin importarme el futuro ni el pasado. Sólo quería vivir ese momento eternamente, que todo fuera a seguir así para siempre.
Mi móvil sonó repetidamente, cuando lo encontré en el fondo de mis bolsillos contesté.
- Chris, ¿dónde coño estás? – escuché decirle a Kate.
- En casa de estos.
- ¿Por qué te fuiste ayer?
- No lo sé. ¿Quieres que nos veamos luego?
- Sí, pero no desaparezcas como ayer, ¿está bien?
- Si, si, lo siento.
Escuché unos pasos y unos saltos. Ahí estaban John, Jared y Steff. Traían cada uno una de sus mochilas enormes, y empezaron a sacar bebidas y comida.
- Eh Chris, por fin te dejas caer por aquí. – dijo Steff mientras se acercaba a mí y me abrazaba.
- John tío, hoy podemos pillar más mierda, Chris ha sido solidaría y nos ha dado pasta.
- Hombre, ya era hora de que pusieras un poco de tu parte. – contestó John con voz agresiva. – No somos una iglesia caritativa ni tus padres para tener que mantenerte, ya sabes cómo van las cosas aquí.
- Ya lo sé John, no soy estúpida. Si fuera así ni siquiera hubiera aparecido por aquí. En fin, tengo que irme, he quedado con Kate y supongo que iremos a echar unas partidas en alguna sala a ver si hay suerte.
Me despedí de todos ellos, le estreché la mano y le guiñé un ojo a Tony como señal de agradecimiento por lo que me había dado. Salí de la casa, me puse de nuevo los auriculares del mp4, aún tenía un buen rato para llegar hasta casa de Kate.
Aún podía escuchar el sonido de la ambulancia incluso en ese estado. Estaba en la parte trasera de ella, sentía una mano rozar con la mía. Era mi madre. Quería abrir los ojos pero era incapaz en ese momento. No sabía quién era en ese momento. Soy Chris. Bien, recuerdo mi nombre. Tengo quince años. También sé mi edad. Hacía un rato que había estado con Kate y Eric. Eso también lo recuerdo. Me había discutido con ellos… Empezaba a dolerme la cabeza nuevamente. Sentí como mi cuerpo daba botes, seguramente estaban trasladándome de la ambulancia hasta la sala de urgencias. No sé porqué.
El olor a hospital hizo que me despertara de nuevo, aún sin ser muy consciente de por qué estaba ahí. Escuchaba pasos ir y venir, la respiración de mi madre sentada a mi lado. El médico decir algunas palabras, llevándosela para que no la escuchara, aunque tampoco escuchaba nada. Sólo ruidos lejanos.
- Chris, ¿me oyes? – me dijo una voz irreconocible.
- Quiero una libreta y un bolígrafo.
- Ahora le digo a tu padre que vaya a comprar cariño. – escuché decir a mi madre.
- ¿Dónde estoy?
- En el hospital, tranquila, vas a ponerte bien.
- Quítate los piercings y todos los collares. – dijo otra voz desconocida. No recuerdo cuanto tiempo había pasado desde la última vez que había escuchado a alguien hablarme. El sitio era oscuro, mi madre no estaba ahí. Sólo un médico que no conocía. Por inercia hice caso a todo lo que me decía, me saqué los piercings y los collares y los dejé en una bandeja que tenía delante. Me cogieron dos personas, y me echaron en una cama. Quería cerrar los ojos, estaba muy cansada.
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