viernes, 3 de septiembre de 2010

Capitulo 4

- No puedo seguir más con esto. – me decía ella mientras yo seguía llorando en la cama. – Simplemente, es demasiado duro para mí. Te quiero, pero no puedo estar contigo.
- ¿Por qué? ¿Pero por qué no? No puedes dejarme. – repetía una y otra vez entre llantos. Su mirada era fría, mis manos estaban temblando, no podía perderla ahora. – No puedes. Te quiero, me quieres, te necesito, me necesitas. No puedes hacer esto.
- Es lo mejor para las dos, esta relación no funciona. No voy a negarte que te amo, que eres importante para mí, pero no puede ser, ahora no. Quién sabe dentro de un tiempo, pero ahora mismo es imposible.

Me estaba dejando. No podía creérmelo aún. Después de todo lo que habíamos vivido juntas. Después de tanto tiempo a su lado, creyendo que jamás me dejaría. Yo le conté mis miedos, ella me contó los suyos, me había dicho incontables veces que sería incapaz de dejarme porque me necesitaba demasiado. Que yo era su mayor fuerza y que la estaba ayudando en todo. ¿Y ahora? Ahora todo se había acabado. No podía creérmelo.

- ¿Es algo que he hecho mal? ¿Te he decepcionado? – seguía en la cama, mientras todo el cuerpo me temblaba, no sabía que decir ni que hacer, no podía soportar esa situación, no podía creerme que esto se estuviera acabando.
- No cielo, no has hecho nada mal y lo sabes. Estoy bien contigo… pero ya sabes. Yo… no puedo seguir con esta relación. No tiene futuro. Algún día, cuando seamos mayores, mis padres van a preguntarme por qué no estoy con nadie. Por qué estoy siempre contigo, por qué no tengo ningún interés en seguir mi vida. Y entonces tendré que decírselo, pero no voy a hacerlo. Es que no puedo.
- Pero ya hemos hablado muchas veces de ello. Dijimos que dejaríamos que el tiempo pasara, y que ya se vería en un futuro.
- ¿Realmente estás bien así? ¿Tú crees que puedes seguir un futuro así? ¿Sin decírselo a nadie? No. No puede ser.
- Pero es que yo quiero estar contigo. Me da igual todo lo demás.
- Pues yo no puedo. Lo siento…
Mi pecho me dolía, sentía que me estaba muriendo. Quería desaparecer para siempre. No podía hacerle cambiar de opinión, otras veces ya habíamos tenido esa discusión, pero, jamás la había visto tan convencida. No podía… sentía que iba a desmayarme, la respiración no llegaba a mi cerebro. Todo era demasiado difícil.



- ¡Joder!

Me desperté. No recordaba dónde estaba. No reconocía ese lugar. La cabeza me daba vueltas. Había tenido alguna pesadilla pero al intentar recordarla no era capaz. Me dolía la cabeza. Sentía otra vez los síntomas de abstinencia, no debería haber dormido. Me levanté, busqué mi ropa mientras rondaba por la extraña habitación entre oscuras. Encontré mis pantalones y me los puse, luego mi camiseta.

- ¿Dónde vas? – después de escuchar esa voz recordé donde estaba. En casa de Eli.
- Ah, hola, siento haberte despertado. ¿Qué hora es? – pregunté descolocada.
- Uhm… las… - miró el reloj medio dormida. – 6 de la mañana. Pronto amanecerá. Nos hemos acostado hace poco rato, ¿Por qué no descansas?
- No necesito descansar, tengo que irme. – contesté de inmediato mientras me ponía los zapatos.
- Pero… ¿volveré a verte?

Me quedé unos segundos pensando. No sabía que decirle. Tenía ganas de volver a verla, sí. Pero también tenía muchas cosas que hacer siempre. Eli parecía una persona demasiado normal como para que fuera el tipo de chica con quién saliera más de una vez.

- No lo sé. ¿Quieres volver a verme tú? – pregunté mientras me expulsaba la ropa.
- Claro.
- Déjame tu móvil un momento. – dije mientras alzaba el brazo. Eli me lo extendió. Le escribí mi número y lo guardé en su agenda. – Aquí tienes. Llámame cuando quieras, pero no prometo contestar al momento, si me coges en buen momento, si. Tengo que irme.
- ¿No vas a besarme? – preguntó mientras se me quedaba mirando. Me quedé quieta unos segundos observando su rostro. Tenía la cara preciosa. Se la veía una chica sana, radiante de vida. No podía llevarla a mi mundo.
- Esto no ha sido nada serio, siento si te he hecho creer lo contrario.

Salí de su casa. Me destemplé. Fuera hacía mucho frío, y aunque llevara chaqueta seguía sintiéndolo. El efecto de las drogas se me había pasado, estaba volviendo a recordar, volviendo a sentir, volviendo a ser consciente de mis actos. Necesitaba algo otra vez. Cada vez se me pasaba más rápido el efecto. Pero eran las seis de la mañana, por ahí no había nada abierto. Tenía que encontrar un after-hours para beber algo o pillar algo, me había quedado sin nada. No me conocía nada ese barrio. Había pasado por ahí algunas veces, pero sin estar colocada ni nada era como estar en otro lugar. Las cosas las veía diferente y no sabía ubicarme con facilidad. Me senté, estaba cansada. Encendí un cigarro y me quedé mirando el cielo como amanecía. Patético. Mi vida era patética en ese instante. ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué me la estoy destrozando de esta manera? ¿Y por qué no puedo ser como Eli y sus amigas? Una persona normal, sin preocupaciones, o teniéndolas pero resolviéndolas de forma madura, no a base de drogas y alcohol. Estaba tan acostumbrada a vivir por eso que ya no recordaba que era solucionar los problemas como una persona con dos dedos de frente. Pero es que todo era demasiado difícil. En mi vida todo había sido demasiado difícil. Ya lo había intentado todo. Psicólogo, antidepresivos, salir con amigos normales, buscar alguna motivación en la vida… Y las drogas era lo único que me hacían sentir con vida. Pero ahora me estaban matando. Me estaba dando cuenta de que no estaba bien, de que estaba destrozando. “Tienes solamente veinte años, y mírate.” Me dije en un momento. “¿Este es el camino correcto?”

Maldita sea, estaba otra vez pensando. No. Tenía que alejar de mí estos pensamientos. No podía volver a la vida de antes. Me conocía demasiado. Sabía lo que iba a suceder si esto seguía así. Si dejaba ayudarme. Tampoco tenía la fuerza suficiente como para dejarlo. Tal vez un día o dos. Si. Un día o dos podría ser una persona normal, pero después volvería. Me conocía demasiado. Necesitaba algo. Necesitaba algo de inmediato. Me levanté sin pensármelo dos veces. Marqué diferentes números de móvil, pero nadie me lo cogía. ¡Maldita sea! Seguí caminando por la ciudad en busca de un after-hours abierto. No podía dejar más tiempo que mi cuerpo sintiera los síntomas de abstinencia. Me estaba deprimiendo. Necesitaba droga. ¡La necesito joder! Entonces fue cuando mi móvil sonó.

- ¿Sí? – contesté de inmediato.
- ¿Me has llamado antes? – reconocí la voz. Era David. Mi camello personal.
- Si. Si. Por favor, dime que tienes algo, que me puedes vender algo. – pregunté en el acto.
- Uhm… Déjame pensar. ¿Cuánto llevas encima?
- Maldita sea David, deja de jugar conmigo. ¿Dónde estás?

Después de que David me indicara donde estaba, fui hacía la parada de bus más cercana, había quedado con David en diez minutos y no quería esperara más tiempo así. Tal como estaba. Recordar era lo peor del mundo. Tener sentimientos también. ¿Para qué razón sentir si al final acabamos muriéndonos? Y si es dolor lo único que sientes, ¿para qué hacerlo? Si encuentras una solución viable a eso, hazlo. ¿Y qué es lo único que te hace olvidar cualquier preocupación? Las drogas. Sí. Esa era mi forma de vida ahora. Era la forma en la que lo veía todo claro y perfecto. Saber que iba a colocarme era la única motivación que tenía en ese momento. Genial. Todo era perfecto otra vez.


- ¿Cuántos días llevas sin comer?
- ¿Y qué importa? No lo sé. No lo cuento. – en el fondo si lo contaba. Llevaba cuatro días sin comer nada. Y eso me hacía feliz.
- Come algo.
- No me sienta bien. Será el calor. Estamos a principios de verano. Cuando recupere el apetito ya comeré.

Mi vida volvía a cobrar sentido. Llevaba un mes comiendo cada vez menos. Había adelgazado ocho kilos. Si dejaba de comer por completo aún perdía peso más rápido. Cuatro días sin comer. Perfecto, al día siguiente me permitiría comer algo a la hora de la comida. Comer, y no cenar. Para mantenerme con energía. Tenía ganas de todo. Había perdido una talla de pantalones, mi barriga estaba mucho más delgada, y yo me veía bien. Tenía ganas de salir, tenía ganas de conocer a gente. Por primera vez me sentía viva de nuevo. Comer. Que estupidez. Si así estaba consiguiendo lo que siempre había deseado. Las dietas no funcionaban, siempre acababa cediendo y al final volvía a comer como siempre. Le había prometido a ella que seguiría una dieta controlada, que me ayudaría. Pero, ¿qué importaba ahora que me había dejado? Si así yo era feliz. ¿Qué importaba? No necesitaba nada más. Así estaba bien. No podía contar con la ayuda de nadie, era algo que había aprendido en todo ese tiempo. No importa lo mucho que te digan que van a estar a tu lado. Que digan que te quieran. Que estupidez. Al final siempre tienes que hacer las cosas por ti mismo. Y ahora hacer esto era lo que yo creía correcto. Me daba igual lo que pensaran los demás.



Llegué al bar en el que David y yo habíamos quedado. Un bar apartado en los suburbios. En ese barrio que tanto odiaba pisar, pero qué importaba ahora. Sabía lo que quería. Encontré a David sentado en una de las mesas de fondo, hablando con unos tíos altos y cebados. Odiaba esa clase de gente. Pero David era uno de los pocos tíos de los cuales me fiaba para pillar. Él, y mis amigos okupas.

- Hola David. – dije mientras me sentaba a su lado.
- Bueno, ¿Cuánto tienes? – me preguntó de inmediato. - ¿Y qué quieres?
- Algo fuerte tío. Algo que haga efecto inmediato. – Apoyé mi cabeza contra mis manos, mientras pasaba de las miradas de esos desconocidos de ahí. – Lo que sea.
- Serán veinte. – dijo él.
- ¿Por pastilla? – chillé alzando la cabeza de nuevo. – Siento que me estás timando David, maldita sea. Cada vez te pasas más con los precios.
- Mira cariño. – se acercó a mí y me apretó contra su cuerpo, fuertemente. – Tú quieres colocarte a lo grande. Yo quiero pasta. Tú me la das. Yo te doy lo que quieres.

Me aparté de inmediato de su cuerpo. Saqué mi billetera y le extendí cabreada un billete de veinte. David cada vez se estaba pasando más. Se notaba que yo iba cada vez más necesitada, sabía que mi padre me daba dinero y me sableaba de la peor manera posible. Pero no podía hacer nada más. La otra gente no era de fiar, y a saber qué tipo de mierda iban a darme. Aunque David fuera un aprovechado sabía que de él podía sacar la mejor droga. En el fondo valía la pena. Cogí la mercancía, David me sonrió mientras se guardaba el billete y me fui.

Deambulé por la calle hasta que me hiciera el efecto. No hicieron falta muchos segundos para empezar a notarlo. Exaltación, euforia, felicidad. Sí. Por fin. Las ralladas se me iban de la cabeza. Volvía a tener ganas de todo. Chillé sola en medio de la calle y busqué algo que hacer. Ahora nada podía detenerme.


- Maldita cría. ¡Deja de hacer lo que quieres joder! – no dejaba de chillarme mientras me levantaba la mano. Tenía miedo. Sabía que iba a pegarme, pero no dudé ni un momento en alzarle la voz.
- ¡Tú no entiendes nada! ¡No sabes nada de mi vida! ¡Crees conocerme y te piensas que pegándome vas a solucionar algo! ¡Maldita sea! ¿A caso crees que puedes arreglar quince años de tu vida pegándome ahora?

Sentí mi cabeza golpearse contra mi armario. Había explotado. Intentaba contener mi llanto pero no pude. Mi padre se fue de la habitación. Sabía que se había sentido culpable en ese momento, pero me daba igual. Siempre hacía lo mismo. Era demasiado impulsivo, ahora sabía de quién había sacado yo esa impulsividad. Revelarme no serviría de nada. Me levanté y empecé a tirar todas las cosas de mi habitación. Rompí todos los posters de la pared, golpeé fuerte la puerta, le pegué patadas al ordenador y cada vez respiraba más fuerte. Estaba a punto de darme un ataque de pánico. Otra vez. Mi madre entró en mi habitación, me cogió, me sentó en la cama y me hizo tomar una de las pastillas que me había recetado el psiquiatra. Pero yo no podía dejar de chillar. No podía, estaba demasiado exaltada. Me cogió fuertemente para que me calmara, y ante la impotencia empecé a llorar. No podía dejar de hacerlo. Me estiró en la cama y yo lloraba. Lloraba, lloraba, mientras mi corazón por dentro se estaba muriendo. Todo era una mierda. Solamente quería morirme. No podía más. Estaba harta de esta situación. De que mi vida fuera igual siempre. De que durante años y años estuviese siguiendo una visita rutinaria de médicos, psicólogos y psiquiatras, sin saber la causa de mi depresión. ¿Por qué estaba así? ¿Por qué era imposible de hacerme mejorar? Algo no iba bien dentro de mi cabeza. Pero me daba todo igual. Solamente quería acabar con esto a lo que llamaban vida, no sentía que la estuviera viviendo. Me sentía tan muerta, tan vacía, tan sola… Tan inútil, viendo que todo el mundo era feliz, y yo quería ser como ellos, aún y así no me salía. Dentro de mí solo había dolor, dolor y más dolor. No podía cambiarlo. Me estaba entrando sueño. Me estaba durmiendo. Las pastillas empezaron a hacer efecto. Sentía como mi cuerpo se relajaba, como los latidos de mi corazón recobraban su velocidad. Cerré los ojos. Bien. Podía esperar. Podía seguir adelante un poco más. A ver como iría al siguiente día. Mal, por supuesto. Pero ahora no podía pensar en nada más. Tenía demasiado sueño.



Volví a mi casa para ducharme y cambiarme de ropa. Estaba exaltada, sí. Pero eso no era razón para ir sucia por la calle. Aún no tenía planes para hacer ese día pero no importaba. Estaba tan feliz en ese momento que incluso podría gritarle al mundo entero de que todo era perfecto. De que me alegraba de estar viva en ese instante.

- ¿Ahora llegas? – preguntó mi madre cuando me vio llegar. – Empiezo a estar harta de ti. Vienes cuando te da la gana. Te vas cuando te da la gana también.
- ¿Qué te importa? No como aquí. No duermo aquí. Sólo vengo a ducharme, nada más.
- Y si te mantienes con vida, ¿Cómo crees que es? Y si algún día no tienes lugar donde dormir, ¿dónde vas? Deja de ser tan egoísta y piensa un poco también en que no puedes estar haciendo siempre lo que te da la gana. No aportas nada.
- Tampoco me lo pides. Deja de quejarte por todo.

Cogí ropa de mi habitación y me encerré en el baño.

- ¡Cualquier día no vas a volver! ¡Tenlo por seguro! ¡Empieza a pensar por ti misma!

Hice caso omiso de sus palabras. Ahora mismo nada podía hundirme. Bien, ¿quería que me fuese? Ese no era ningún problema, podría seguir yendo a casa de mis amigos okupas. Sí. Tony seguro que estaría feliz de que me mudara con ellos. La verdad, también empezaba a estar harta de ver esa casa. Había demasiados recuerdos en ella. También era cierto que tenía que empezar a pensar en mi vida un poco, aunque sonaba bastante hipócrita viniendo de una persona que se pasaba el día colocada. Bien, no importa. Iría ahora después de ducharme a hablar con Tony, a ver que le parecía mi oferta. Irme con ellos a cambio de irles pagando con el dinero que mi padre me iba mandando. O con el dinero que conseguía jugando con Kate. O robando. Tenía diferentes opciones, y todas eran buenas. No tenía por qué seguir en esa casa más. Viviría como una persona sucia y desterrada pero, que importaba en ese momento. Mi vida ya no era normal. Nada de lo que hacía lo era. Podía llegar al último paso.


- Chris, ¡levanta! ¡Levanta por favor!

No veía nada. Escuchaba las palabras de Susan lejanas. Estaba en la playa, pero no sabía exactamente donde. En el suelo, si. Me estaba tragando arena pero no podía escupirla. No podía mover mi cuerpo como lo deseaba. Quería hablar, pero no sabía ni siquiera lo que tenía que decir. Sentía como Susan me golpeaba, sabía que lo hacía, pero no sentía sus manos en mi cuerpo. No sentía nada. El mundo se estaba desvaneciendo, y tenía miedo. Parecía como si todo se acabara en ese momento. La paz rodeó mis pensamientos en ese momento, paz, y a la vez miedo. No sabía que iba a pasar en esos momentos. Quería dormir, dormir y no despertar. Pero también quería decirle a Susan que estaba bien, que no se preocupara. Podría hacerlo más tarde, cuando se me hubiese pasado.
Empecé a vomitar. Susan me había metido los dedos en la garganta para que lo hiciera. No me dolía, sentía el ácido recorrer por mi cuello, pero no me dolía. Entonces empecé a verlo todo más claro. Me senté, y Susan me mojó el cuello con agua.

- ¿Estás mejor? – preguntó ella preocupada.
- Sí, creo que sí.
- Joder Chris, me habías asustado tía.
- Lo siento. No me había pasado nunca esto.
- Es la primera vez que bebes y fumas tanto, es normal, a mí también me ha pasado.
- No por eso vas a dejar de darme chocolate, ¿no? Cuando me sienta bien estoy genial. Es solo que ahora no sé que me ha pasado.
- Tranquila. Es normal, ya te lo he dicho. A mí también me ha pasado. Lo que pasa es que tu cuerpo no está acostumbrado, solo eso. La próxima vez contrólate un poco más.

Abracé a Susan y le di las gracias. Tal como había dicho ella, era normal esa situación. Por un momento había creído que iba a morirme, pero no lo había hecho. Me había dado cuenta de que aún no era mi hora. A pesar de todo lo que llevaba detrás, solamente tenía quince años recién cumplidos y tenía mucho por lo que seguir. Estaba bien beber y fumar de vez en cuando, pero esta vez iba a hacerlo con más precaución. No quería volver a dar estos sustos. No quería que volviera a sentarme mal. Quería pasármelo bien. Si no, ¿Qué sentido tenía hacer esto?
Sí, a partir de ese momento me iba a controlar más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario