No podía recordar que hacía ahí. Ni siquiera sabía por qué razón estaba corriendo como una desesperada. No sentía las piernas, no sentía mi cabeza razonar, tan sólo sabía que tenía que correr, correr y correr hasta que no pudiera ver más horizonte delante de mis ojos. El viento susurraba en mis oídos, haciendo más difícil la tarea de pensar lo que estaba haciendo. Dejé de pensar y de repente todo se volvió oscuro.
Miré el reloj en mi muñeca, vaya, estaba roto. Alcé la cabeza hacia el cielo, hacía poco que había amanecido así que deberían ser aproximadamente las siete u ocho de la mañana. Estábamos a principios de invierno, yo vestía con una camiseta de manga corta y unos tejanos, aún y así no sentía frío. No recordaba nada de la noche anterior ni de cómo había acabado ahí, solamente recordaba que había estado corriendo sin parar y me había alejado de la ciudad. Me sacudí la cabeza, tenía el estomago revuelto, y veía borroso. Supongo que debe ser efecto de las pastillas. No importa. Me dispuse volver hasta mi casa, aunque no sabía en qué dirección caía ni donde estaba exactamente en ese mismo instante. Caminé en busca de alguna parada de bus o de alguien que pudiera indicar mi posición, pero las calles estaban totalmente desiertas. Las calles eran deprimentes, medio asfaltadas, las paredes pintadas, rotas, y los pocos edificios que parecían ser un negocio estaban cerrados. Estaba en los suburbios más pobres y deprimentes de la ciudad. No conocía muy bien ese barrio, de hecho, las pocas veces que había estado ahí era de noche, y estaba tan drogada que no recordaba nada del lugar en cuestión.
- ¿De verdad crees que esta es la solución para salir de toda la mierda que te rodea? – frente de mí, con su cínica sonrisa, David se sacaba la bolsa dónde llevaba las pastillas. – son 15 euros.
- ¿Por pastilla? – exaltada me quedé mirando sus ojos sin vida. - Hace tiempo que nos conocemos, sabes que no voy bien de pasta, hazme algo de descuento.
- Ya sabes, en el negocio no hay amistades cariño, o lo tomas o lo dejas.
- Está bien. – resignada saqué mi billetera y le extendí los billetes.
- Siempre es un placer hacer negocios contigo.
Guardé la billetera en el bolsillo de mi chaqueta, y me fui en busca de un lugar donde pasar la noche. Fiesta, tenía ganas de moverme, de olvidar cualquier problema, de sentir como me sentía en la cima del mundo sin que nadie ni nada me rompiera esa felicidad. No importaba el precio de ella, ni que fuera la manera digna de conseguirla, solamente quería ser feliz, a pesar de que me destrozara el cuerpo para conseguirla.
Me había quedado sentada frente una parada de bus. No sabía el tiempo que llevaba ahí esperando, de todos modos no tenía nada mejor que hacer. No tenía ningún plan, ninguna razón, nadie que esperara mi presencia en algún lugar. Quería volver a casa, sin saber por qué. Tal vez aún quedaba dentro de mi algo de persona, y estar fuera de lugar me hacía sentir incomodidad, aunque no me importase estar en un sitio al que apenas conocía, y con los síntomas de abstinencia recorriendo por mis venas. Necesitaba volver. Un whisky, un porro, algo, necesitaba algo, mi cabeza estaba empezando a recordar de nuevo.
Sentía el viento acariciar mi piel, encima de esa moto, abrazada a alguien desconocido, debería sentir miedo, confusión, pero sólo sentía ganas de chillar, de saltar, de que algo extraordinario pasara. Me agarré con fuerza a esa cintura tonificada, a pesar de la gruesa ropa que llevaba, podía notar que quién quiera que fuese la persona que me estaba llevando en moto le gustaba el ejercicio. Yo no llevaba casco, sentía como el aire helado me presionaba con fuerza los oídos, y mis ojos llorosos luchaban con fuerza para ver el paisaje con dificultad, entre las lágrimas el frío y la velocidad.
En cuestión de segundos acabé en el suelo. No sé cómo había pasado. Algo había chocado contra la moto, de milagro, había salido ilesa de ese accidente. Me levanté con rapidez y miré al conductor. A su alrededor había sangre, su casco estaba a unos veinte metros de su cabeza. De lo que quedaba de ella. Qué ironía. Quién debería estar muerta debería ser yo. Ha, ha, ha. Cosas de la vida.
El bus había llegado. De repente me di cuenta de algo. Algo me faltaba. No llevaba la chaqueta. Por lo tanto tampoco tenía mi billetera. Si mal no recordaba la había dejado en el bolsillo. Busqué en mis pantalones. Mierda. Tenía que volver a casa. Sin pensármelo dos veces, entré dentro del bus.
- Perdone señorita, tiene que pagar el billete. – El conductor con cara de pocos amigos se me quedó mirando, no muy sorprendido de ver mi aspecto, supongo que era de lo más normal encontrar a alguien con mis pintas en ese lugar, incluso podía decir que era una de las personas más normales que podría encontrarse ese hombre a lo largo del día.
- Yo… yo… - llorar era algo que podía hacer con facilidad, si me lo provocaba, claro. Tanto fingir creo que no podría saber si alguna vez había llorado de verdad. – Acaban de… violarme… por favor… lléveme a casa...
- Perdone señorita… Siéntese. Tiene que irse de aquí lo más rápido posible. – añadió finalmente. Me senté en uno de los últimos asientos, no había nadie ahí dentro. Bueno, sólo un hombre mayor con gabardina y sombrero, parecía estar en sus últimas.
- Eh, preciosa. – dos hombres de entre veinticinco y treinta años se acercaron a mí. - ¿Qué haces en estas horas y en estos lugares tu sola?
- ¿A caso os importa? – contesté con desprecio. A pesar de mi dosis de éxtasis aún era consciente de mis actos.
- Bueno, es sólo que no queremos ver a una chica indefensa como tú por estos lugares sin que pueda divertirse. – dijo el hombre más alto de los dos. Uno tenía pinta de ser más joven, aparte de ser más atractivo, aunque en su rostro se observaba también síntomas de estar tomando droga desde hacía años. El segundo en cambio, más bajo y corpulento, conservaba un rostro sano, dentro de lo que cabe.
- Entonces, llevadme vosotros a algún sitio dónde me pueda divertir, ¿Qué os parece? – dije sonriendo.
- Eres una chica interesante. – el primer hombre se acercaba cada vez más a mí. - ¿Cómo te llamas?
- Chris. – contesté de inmediato.
- ¿Chris qué más? – preguntó el hombre más bajo, sonriendo.
- No creo que eso importe ahora. ¿Tenéis algo? ¿Hierba, polvos, algo?
El primer hombre sonrió, me cogió de los hombros con su brazo esquelético y me indicó entrar en su coche.
Después de no sé cuanto rato al fin empezaba a ver conocido esos lugares. Estaba cerca de la ciudad. Ahí donde me crié, eso si podía recordarlo estando sobria. Bajé un par de paradas después. Agradecí al tonto conductor, quién con una sonrisa me deseó suerte. Busqué en mis bolsillos, tampoco tenía las llaves, también las debía de haber guardado en mi chaqueta.
Numero setenta-i-dos, esa era mi casa. Piqué al timbre varias veces sin que nadie me abriese. Me colé por una rendija que había detrás de la casa, y subí por una de las cañerías hasta llegar a la ventana de mi habitación. Siempre la dejaba abierta, por si acaso. Lo primero que quería hacer era ducharme y cambiarme de ropa.
- Vas a pasártelo bien, ya verás preciosa. – decía el hombre sin quitar su brazo de encima de mí.
- No sé si podrás darme lo que busco. – contesté con sequedad.
- ¿Qué es lo que buscas? – preguntó el segundo hombre, era mucho más callado que el otro, supuse que era una especie de subordinado. De esa gente sin personalidad que solos no son nadie. Aunque también podía ser porqué era él el que conducía, por eso estaba más callado.
- Mejor dicho, que es lo que no busco. No quiero ser feliz, ni infeliz, solamente pasar el tiempo.
- Perfecto, yo puedo darte eso la mar de bien. – dijo el primer hombre cada vez más feliz.
Apartó su brazo esquelético y se puso a buscar algo en uno de los bolsillos de su chaqueta. Sacó un bote con polvo blanco dentro, hizo una raya, agaché la cabeza y la esnifé. El coche se detuvo delante de un pub con un ambiente bastante agitado. Entramos dentro, yo agarrada del primer hombre. La música electrónica retumbaba en mi cabeza, no sabía si era por el colocón que llevaba encima o por el volumen, pero empecé a bailar sin ser consciente de mis actos.
El primer hombre no paraba de ofrecerme alcohol, ya llevaba una pastilla de éxtasis, una raya de cocaína y no quería morirme aún. A pesar de mis veinte años desaprovechados aún quería vivir un poco más. Hice caso omiso de sus intentos de amabilidad para darme bebida, y yo la rechazaba. Entonces se puso violento. La gente que nos rodeaba no hacía ningún caso del intento de agresión que tenía el hombre conmigo, me cogió del brazo fuertemente y me llevó a la puerta trasera del pub. Intenté defenderme como pude, luchaba contra él. Era tan esquelético que en estado normal hubiese podido con él. Después de varios intentos de huir, conseguí quitarme la chaqueta y me fui corriendo. Escuchaba como el hombre chillaba mi nombre, cada vez más lejano. Nadie podía superarme en velocidad cuando se trataba de un miedo casi inaudible en mi interior.
- Vaya, por fin te dignas a venir, Chris. – al salir de la ducha una voz gratamente conocida me habló.
- Hola mamá. ¿Cómo estás? – contesté amablemente mientras con la toalla me secaba el pelo.
- Bueno, como siempre. Sigo sin noticias de tu hermano, supongo que ya aparecerá, como has hecho tú. De verdad, no sé en qué coño estaría pensando cuando me casé con Richard.
- Bueno, cada uno es consciente de sus actos, supongo. No sé muy bien como entablar una conversación contigo sin sentirme hipócrita.
- Tu padre te ha vuelto a ingresar dinero, espero que lo aproveches en algo de utilidad.
Me vestí con ropa limpia, por fin me sentía algo mejor. Aunque los síntomas de abstinencia cada vez eran más claros. Estaba empezando a sentirme culpable, a sentirme mal, me senté en la cama y miré mi brazo destrozado por tantos cortes. La cuchilla oxidada por la de veces que me había cortado seguía en mi mesita. La cogí, la miré, y volví a dejarla ahí donde estaba. Me levanté y abrí la pequeña nevera que tenía en mi habitación. Bien, aún quedaba algo de Vodka. Me puse un vaso con hielo, y en un par de tragos me lo acabé. Abrí mi armario y cogí otra de mis chaquetas. Iba a buscar dinero que mi estúpido padre me mandaba cada semana, para así sentirse mejor a pesar de huir de sus responsabilidades como padre. Al menos así podía drogarme sin preocupaciones.
El teléfono empezó a sonar cuando cogía otra copia de llaves que tenía mi madre guardada en un cajón para casos de emergencia. No era la primera vez que las perdía, ni yo ni ella. Subí de nuevo a mi habitación a coger el inalámbrico que tenía ahí.
- ¿Sí?
- Chris, tienes que ayudarme. – contestó una voz claramente familiar.
- ¿Dónde estás?
- En una gasolinera, no sé donde exactamente, he tenido que huir o me daban una paliza. Tienes que venir a buscarme. – apenas entendía lo que me estaba diciendo, hablaba con voz exaltada y de forma muy rápida, podía decir incluso que podía escuchar su corazón latiendo, incluso a través del teléfono de lo asustada que estaba.
- Kate, tienes que decirme dónde estás, sino no podré encontrarte.
- Creo que estoy en la gasolinera a unos pocos kilómetros de donde tú vives. Veo el cartel de la fábrica de colchones.
- Voy enseguida.
Cogí mi moto. Hacía mucho que no la cogía, ya que siempre que volvía a mi casa era en estado de embriaguez y la poca conciencia que me quedaba no me dejaba subir a ella. Pasé por el cajero automático antes de ir a buscar a Kate, sabía que necesitaría algo de dinero. No pasaron ni diez minutos cuando la vi ahí frente la cabina de la gasolinera, bajé de la moto y Kate se lanzó encima de mí.
- ¡Gracias, gracias, gracias! – chilló con entusiasmo, a la vez que veía como se aguantaba las ganas de llorar. – He vuelto a tener problemas con el juego. Estaba en una sala de juego después de beberme no sé cuantos whiskys, había un hombre que me ha tentado jugar al póker. ¡Maldito timador! ¡Parecía un principiante y me la ha metido! Chris, ¡me han engañado! ¡A mí!
- Kate, engañarte a ti ebria es como quitarle el caramelo a un niño. Se te nota en la cara demasiado fácilmente. – le decía con tranquilidad a la vez que le daba un casco de más que había cogido. – vámonos de aquí. Necesitas relajarte.
Subimos a la moto y nos fuimos a un bar lejos de ahí. Pedí una cerveza para mí y un redbull para Kate. De por sí ya era una chica hiperactiva pero siempre quería más y más. Decía que era mucho mejor eso que matarse a rayas, aunque yo lo veía una estupidez.
- ¡Maldita sea Chris! – decía Kate cada vez más exaltada. – Me he quedado sin blanca.
- Ten. – Saqué de mi bolsillo cincuenta euros y se los extendí. Para mí esa cantidad no era gran cosa, y sabía que ella los necesitaba, aunque los malgastara con el juego. – Más vale que te pongas a trabajar de algo, o consigas ganar algo en esa mierda de juegos tía. No puedo estar dándote siempre dinero.
- Gracias, gracias de verdad. – decía Kate mientras se levantaba y me daba un abrazo. – En fin, me he cansado de perder en esa mierda de juegos. ¿Salimos esta noche de fiesta?
- Está clarísimo.
Kate era una chica delgada, con el pelo largo y rojo. Tenía un año menos que yo, pero aparentaba tener muchos menos. Mi cara ya se había demacrado bastante con las drogas y la forma que tenía de alimentarme, pero no me importaba. De hecho, hacía mucho tiempo que nada me importaba. Solamente me paraba a pensar cuando mi cuerpo empezaba a desintoxicarse, pero normalmente no daba tiempo a que ese estado pudiera invadirme. Pagué al camarero con una sonrisa, y fuimos de nuevo con la moto hasta mi casa. Esa noche volvería a ser como todas las demás.
Me gusta, pasare mas a menudo para seguir leyendo.
ResponderEliminarUn beso!