viernes, 3 de septiembre de 2010

Capitulo 3

No entiendo por qué razón estoy aquí encerrada. No entiendo qué es lo que quieren de mí. Sé que estoy mal, sino no hubiera intentado suicidarme tantas veces. Sino no hubiera tomado eso para dejar de sentir. Pero, ¿a caso pueden ayudarme si ni siquiera dicen por qué estoy aquí encerrada? No tengo libertad, todo es demasiado extraño. Me siento como un animal preso en una jaula, obligada a comer las horas que tocan, comida incomible. Salir fuera cuando te lo piden, esas pocas horas de libertad que ni siquiera se puede mantener contacto físico con alguien. Un simple abrazo, y te apartan de esa persona. Un gesto extraño, y te toman por loco. No se puede hacer nada sin estar bajo vigilancia. La gente que está aquí encerrada conmigo miran de forma extraña, los médicos nos observan incansablemente esperando a que hagamos alguna locura para cogernos y encerrarnos en nuestra habitación. Ahora estoy en ella. No tengo ningún compañero, pero hay una cama al lado. Hay cámaras en la habitación, un pequeño baño, y la puerta está cerrada con llave. Al lado de la cama tengo un interruptor, por si necesito alguna cosa. ¿Qué necesito estando aquí encerrada? Las horas pasan, y no tengo ganas de nada, pensar… sólo puedo pensar. No puedo escribir, aunque me gustaría hacerlo, si escribo, si dejo saber qué es lo que pasa por mi mente van a leerlo y cuando más vean que estoy mal, más tiempo estaré aquí. Tengo que hacer algo para salir.

- ¿Cómo estás? – la psicóloga me miró con esa mirada de superioridad, esperando que le contase lo que me pasaba por la cabeza, sin saber lo que responder.
- Bien. – dije al fin.
- Estos días estás más calmada, vamos a dejarte ver a tus padres en el tiempo libre si sigues así.
- Genial.
- Seguirás tomando la medicación que tenías puesta, tal vez aumentamos un poco la dosis, nada más.
- De acuerdo.



Cuando vi a Kate me dio la impresión de que hacía días que no nos veíamos, aunque esa sensación era normal en mí. Todo lo que me rodeaba siempre era extraño, no sabía nada de la realidad, y tampoco quería pensar en ello. Me provocaba dolor de cabeza.

- Tengo un buen presentimiento, hoy vamos a ganar mucha pasta Chris. – dijo entusiasmada mientras me pasaba el brazo por el hombro.
- Siempre dices lo mismo, y al principio va bien, hasta que te pasas y lo acabas perdiendo todo.
- No Chris. Bueno, tienes razón, pero tengo autocontrol, ¿sabes? Esto es divertido, pero no estoy enferma, no soy ludópata. Puedo vivir perfectamente sin jugar, es sólo que… Hacerlo me divierte. Ganar dinero me divierte. Apostar me divierte. Y la vida es demasiado aburrida como para no hacer estas cosas. Si pierdo, pues bueno, si gano es genial.
- Lo que tú digas, Kate. – contesté sin reprocharle. Sabía perfectamente que cuando alguien no acepta que tiene un problema no importa cuánto trates de hacerle ver que así es, no lo verá.
- ¿Te han dado algo?
- Heroína.
- Pero si odias pincharte.
- Lo sé, pero me da igual.
- La chica de ayer me pidió tu número de móvil. – dijo Kate cambiando de tema.
- ¿Y se lo diste?
- No, dije que no llevaba el mío encima, la has perdido.
- No importa.

En el fondo esperaba que se lo hubiera dado, un sentimiento de culpa me recorrió por las venas. Esa pequeña esperanza de ser comprendida algún día por alguien aún hacía efecto en mi interior, por más que tratara de alejarla. En parte sabía que era mejor así, lo que había hecho Kate, por otra, deseaba que las cosas cambiaran. Pero no hacía nada para que fuera así. “No importa” me repetía siempre una y otra vez, pero en el fondo sí que me importaba.
A veces el camino más fácil es el más difícil de llevar, aunque visto desde fuera parezca egoísta e infantil. Alejarte de tus impulsos, hacer todo lo contrario que te dicta el corazón, aunque parezca que hacer caso a la razón y no a lo que sientes es lo más sencillo, es más complicado de lo que aparenta ser. Pero no quería pensar en eso, no, de ningún modo. Hacía demasiado tiempo que intentaba alejar cualquier sentimiento de culpabilidad de rechazo y de impulsividad, por ahora me iba bien así. Sí, va bien, todo va bien.


- ¿No te llevas bien con los compañeros de tu clase?
- Sí, estoy bien con ellos.
- Entonces, ¿por qué te sientes mal?
- No lo sé. No estoy mal.

Me costaba entender por qué mi madre me había llevado al psicólogo. Tengo nueve años, y los niños no tienen por qué ir ahí. ¿Sentirse solo? Supongo que es algo normal. ¿Querer que te presten atención? También. No entiendo por qué malgasto mi tiempo en estas visitas. Bueno, al menos no tengo que ir a clase. Toda la mañana perdida, eso es bueno. ¿Mamá quiere que no estudie? No, no creo que sea eso. Pero no entiendo a esta mujer. No entiendo sus preguntas, no entiendo nada de nada. Sólo sé lo que me dicen en el médico. Análisis de sangre, hablan con mi madre de cosas que no logro entender, me intentan enseñar que es lo que tengo pero no los entiendo. Hago ver que sí, para que me dejen en paz. A veces me pregunto si soy diferente a todos los demás, yo me veo igual. Distinta, pero igual. Me gusta acompañar a mis amigos a sus casas al salir de clase. Jugar a las canicas, hacer colecciones de cromos, mirar la televisión, merendar un bocadillo con chocolate. Soy normal. Entonces, ¿por qué voy aquí? Si al menos me lo explicaran podría decir cómo me siento, pero no me dicen nada. Bueno, tendré que hacer lo que dice mi madre, así me dejan en paz.
- Estás aquí para que te ayudemos. – me dijo la psicóloga como si hubiera leído mis pensamientos. – Solo me tienes que contar lo que te pasa.
- Es que no me pasa nada. Estoy bien. Bueno, discuto con mis padres a veces. Las chicas las veo estúpidas, me llevo mejor con los chicos. Estoy mejor con ellos. Pero por todo lo demás va bien.
La psicóloga escribía sin parar todo lo que decía en un papel. Intentaba leer su letra, había cosas que yo no decía, como si mis palabras las convirtiera en razones de comportamiento. Yo hago esto, pues esta chica tiene esto. No lo entiendo, simplemente, no lo entiendo.


- ¡Corre Chris! - me chillaba Kate a unos metros de mí. - ¡Corre!
- Maldita sea Kate, ¡otra vez!
Chris había ganado una fortuna apostando, pero en la última jugada lo había perdido todo, me hizo una señal de las suyas, cogió todo el dinero, me cogió de la mano y empezó a correr. No era la primera vez que pasaba, cuando Kate se pasaba apostando, al principio todo iba genial, hasta la última jugada, ahí lo perdía todo. Los de seguridad intentaban alcanzarlos, pero Kate y yo corríamos demasiado como para que lo lograsen. Por suerte, era un casino al que no habíamos pisado nunca. Kate lo tenía planeado ya, sabía que esto iba a pasar. Sólo iba a los de siempre cuando tenía la mente clara, pero antes de ir se había tomado una pastilla de éxtasis por lo que estaba de lo más exaltada y quería apostar por todo lo grande. Cuando llevábamos un rato corriendo y los de seguridad dejaron de perseguirnos, se tiró al suelo, chillando.

- ¡Lo hemos conseguido Chris! ¡Estamos forradas! – decía sin parar de chillar. – Te lo he dicho, hoy tenía un buen presentimiento, toma, lo que me diste ayer.
- Dios mío Kate, cualquier día vas a hacer que nos maten. – dije con dificultad, después de correr tanto. - ¡Estás loca!
- Loca, si, ¡pero forrada!

Kate no paraba de reírse, y cuando se me pasó la preocupación me empecé a reír yo también. No podíamos dejar de hacerlo, entre la adrenalina de casi ser pilladas, de haber ganado un montón de dinero y las drogas, parecía como si estuviésemos en el cielo. Eso era genial. Ahora ya no me preocupaba lo mal que lo había pasado el día anterior, esa era la mejor sensación. Reír sin preocupaciones, como si el pasado se desvaneciese para siempre, aunque en el fondo tenía miedo. Tenía miedo porqué no sabía cuánto tiempo duraría, la droga hacía que mantuviese esas ganas, pero cada vez más necesitaba más dosis para sentirme igual. “No importa” me seguía repitiendo, intentar olvidar era la mejor opción.


“No sé cuantos días llevo aquí. Sin salir de casa, me da demasiado miedo salir de ella. Solamente tengo ganas de llorar, no quiero ver a nadie. Me da igual si me ven así o no, ya nada me importa. Los momentos en los que siento calma son los que más aprecio, por qué no sé cuánto tiempo durará. Ahora en mi cama escucho canciones depresivas una y otra vez. Tengo que encontrar de nueva, ya no me hacen sentir como me hacían sentir antes. Oh dios, cada vez es más difícil sentirme a gusto. Tengo miedo, mucho miedo. Solamente quiero desaparecer, pero siempre fracaso en el intento. No sé cómo me lo hago que siempre que trato de suicidarme acaban por pillarme, o no lo consigo. Me he cortado los brazos tantas veces que me da asco mirarlo. Pero no me desangro, no consigo desangrarme. Tal vez en el fondo me dé miedo morir. Es que no quiero morirme, sólo quiero que este dolor desaparezca. Mi incansable esperanza me dice una y otra vez que esto va a pasar, que llegará algo o alguien que me saque de este pozo sin fondo dónde llevo tantos años escondida, aunque no dejen de pasarme cosas malas. Sé que debo seguir adelante, pero, ¿hacía donde? Cada vez se me pasan las ganas de todo, no quiero luchar, no quiero hacer nada… Quedarme en la cama mientras escucho música, es lo único que quiero. El tiempo parece detenerse en mi interior, ni siquiera sé en qué día estamos. No me importa. No entiendo lo que me sucede…”
Estas son las cosas que escribo en mi libreta cada noche cuando no puedo dormir. Llena de escritos, de pensamientos míos, alivian este dolor un poco, es una forma de desahogarme. Nadie entiende mis palabras. Cuando soy capaz de enseñárselo a alguien me miran con cara de desaprobación, como diciendo que estoy loca, pero no es culpa mía. Sé que no es mi culpa, yo no quiero sentirme así. Pero en el fondo lo entiendo. Entiendo que la gente que me quiere no me quiera ver así, pero es imposible… Es imposible levantar cabeza cuando todo lo veo tan oscuro. Y odio, odio sentirme así. Ojalá hubiera algo que me hiciera ver las cosas de distinto modo… Esta noche tal vez llamaré a Susan. Sí, hace tiempo que no sé de ella. Tal vez tenga porros o algo de alcohol, eso siempre sienta bien.



- No deberías haberte ido ayer. – dijo Kate después de un rato mientras íbamos andando hacía ningún lugar.
- ¿Por?
- La chica de ayer, parecía maja. Cuando te fuiste se veía que tenía interés en ti. – explico entre risas.
- ¿Y por qué no le diste mi número de móvil?
- Pensé que como te fuiste no tenías ningún interés en ella Chris. Yo que sé, no te entiendo a veces.
- Bueno, seguro que sólo quería lio y ya está. Como siempre. Que importa, ya habrá otra. – contesté mientras sacaba un cigarrillo y lo encendía. – No importa.
- En el fondo te importa.
- ¿Y tú que sabes?
- Siempre haces lo mismo cuando te importa algo en el fondo. Sacas tu cigarro, y dices que no te importa.
- Bah, a veces odio que me conozcas tanto. – suspiré mientras sacudía la cabeza.
- No te creas, llevamos mucho tiempo conociéndonos. Sé lo que piensas con algunos de tus movimientos, eso es normal, pero hay veces que… No entiendo por qué haces algunas de las cosas que haces.
- Bueno. ¿Quieres que salgamos esta noche?
- Si no te vas, sí.
- Perfecto.

Me despedí de Kate para ir a mi casa a arreglarme. Esta noche si quería salir, quería pasármelo bien. El hecho de que nos hubiésemos forrado esa tarde había sido como un subidón de algo, y quería aprovecharlo.


Susan y yo íbamos andando sin rumbo, hablando de nuestras cosas. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos, y fue agradable ver a alguien conocido después de mucho tiempo sin salir de casa. Le conté todo lo que me había pasado en ese tiempo, ella me escuchaba, sin saber que decir.

- Entonces, ¿te va bien el psicólogo? – me preguntó mientras sacaba el paquete de tabaco y me ofrecía un cigarro.
- Si bueno, supongo. – contesté vacilando. – hace tiempo que no fumo.
- No te estoy obligando, si no quieres.
- Si que quiero. – cogí el cigarro sin pensármelo, Susan sacó su mechero y me lo encendió. – estoy cansada de hacer las cosas por lo bien, enserio. No sé, me lo pasaba mejor cuando iba contigo.
- Entonces, vuelve. Soy tu amiga, lo que necesites y pueda dártelo te lo doy.
- Gracias Susan.
- Mira, esto es para ti, regalo de bienvenida. – De otro bolsillo sacó una pieza envuelta en papel de plata. Era chocolate. Unos diez euros.
- ¿Estás segura? – pregunté con felicidad.
- Pues claro, necesitas animar un poco esa cara joder. Deja de encerrarte en casa y sal maldita sea.

Sonreí a Susan. Sabía que ella quería verme bien, y siempre lo conseguía.



- ¡Kate! – chillé corriendo hacía ella. – ¡Joder cuanto tiempo! Necesitaba verte ya.
- Hombre, por fin alegras esa cara joder. ¡Por fin vuelves a ser tú! – se me acercó y me abrazó fuertemente. – Vamos, hoy si que vamos a disfrutar.
- ¡Fiesta!

Rodeé los hombros de Kate mientras no dejaba de reírme y hablar con ella de todo tipo de cosas. Nos dirigíamos a la discoteca que solíamos ir, dispuestas a pasárnoslo en grande. Ahí estaba yo, sin saber dónde estaba exactamente, sabía la ubicación, pero no por dónde andaba. Algo extraño, pero genial. Así, así es como me gustaba sentirme, así es como disfrutaba de la vida. Ahí, junto mi mejor amiga, con un colocón que me había sentado de puta madre. Perfección. Si, la perfección era lo mejor, y aunque a veces costara de conseguirla, cuando lo hacía me sentía la mejor persona del mundo.
Entramos pagando la entrada, el lugar ya estaba repleto de gente. Borrachos, pastilleros, fumetas, y alguno que otro parecía estar bien, sano, sin tomar nada. Antes de ponerme a bailar me encendí un cigarro y empecé a observar la gente que me rodeaba. Ahora todo lo veía diferente como la anterior noche. Ahora veía las caras radiantes de felicidad, exaltación saliendo por los poros de todo el mundo. Y empecé a bailar. Cogí a Kate de la mano y bailábamos al ritmo de la música. Entonces sentí como alguien me daba golpecitos en el brazo.

- Hola Chris. – era ella. Eli. La chica que me había encontrado la noche pasada.
- Ah ostras, ¡hola! – me acerqué a ella, la cogí de un hombro y le di dos besos. – Siento haberme ido ayer. ¿Cómo te va?
- No pasa nada mujer, a veces este sitio carga un poco. -. Contestó ella. – Pues aquí, ya me ves, mis amigas me han convencido de salir otra vez.
Alcé la mirada para ver hacía dónde señalaba Eli. Parecía un grupo de chicas bastante inocentes, gente normal. Bebía cuando salía pero nada más, luego los veías tan tranquilos cada uno en sus casas, hablando de lo que ha sucedido durante el día, de la gente que han conocido, o criticando a alguien. Vaya, lo que se dice normalidad.
- Bien, bien. Yo también salgo con Kate. – la cogí y la acerqué a nosotras.
- ¡Buenas! – chilló Kate dándole también dos besos a Eli. - ¿Qué tal todo?
- Veo que hoy si os lo estáis pasando bien. – afirmó con una sonrisa. – Bueno, entonces os dejo aquí bailando chicas.
- No mujer, quédate si quieres. Quédate conmigo. – dejé de bailar un instante, la cogí de la cintura y le di un beso. - ¿Te hace?

Eli se quedó boquiabierta de mi reacción. Sonrió, y siguió a mi lado. Kate empezó a reírse, y se fue de un lado para otro en busca de más diversión. Yo me quedé junto a Eli, y nos quedamos mirando. Una frente a la otra. Sonreía. Le acariciaba el pelo. Le pasaba la mano por el cuello. Me acerqué a ella y empezamos a besarnos. Ahí estaba, yo, otra vez. No quería pensar en nada más que en eso, en pasármelo en grande, haciendo lo que me apetecía hacer sin pensármelo.
Pasé la noche junto a Eli. Kate se quedó ahí bailando, mientras me dijo que me fuese. Eli se dirigió a sus amigas y se despidió, mientras ellas le hacían una mirada coqueta. Salimos de la discoteca y empezamos a vagar por las calles, ella estaba callada, mientras yo hablaba por los codos. Corríamos por las calles, cruzando sin mirar, chillando a los coches que hacían sonar el claxon y riéndonos de todo. Nos detuvimos frente un portal, era su casa.

- ¿Quieres subir? – me preguntó tímidamente.
- No hace falta que me lo digas dos veces. – Me acerqué y volví a besarla.
Pasé la noche junto a ella. Ahí me sentía bien. No sabía si era efecto de las drogas o porqué estaba bien con ella. No quería dar vueltas ahora al tema, simplemente permanecer ahí.

1 comentario: